La fuga de una estrella

Imagen tomada de Twitter

Camina hacia el oeste por la orilla de un mar en calma que alcanza y baña sus pies, la fina arena, al tiempo que amanece, por un encuentro, hoy, en un lugar que solo ellos conocen, oculto por las rocas. Camina, sin apenas levantar la vista, por esa fina arena que reproduce lo efímero, lo inevitable de un paso que, ya dado, no admite vuelta atrás. Quiere ejercer su voluntad, volver a casa, pero lo impide una voz que reconoce, tan cerca de sí, que le obliga a parar, buscar y pronunciar, a voz en grito, su nombre, que el rumor del mar silencia. Se encuentra solo y aún no sabe si vendrá o ya le espera. La determinación llegó primero, después la duda, acabando al fin con el temor, o el arrepentimiento al llegar, encontrarse, a pocas decenas de metros, una casa cerrada, vacía, familiar. Busca una roca cercana donde se sentaba o tumbaba con la playa, tantas veces recorrida, tantos baños, recuerda con nostalgia, o su casa, a la vista; no era el momento de acercarse más, o de entrar, poseyendo, objeto protector, la llave de la entrada. Pero ¿y aquél lugar donde debían encontrarse? ¿Tanto me despisté? ¿Qué ocurrirá ahora? Se preguntaba mirando aquella deteriorada fachada retrasando su atrevido, o temerario, primer paso. Mojándose los pies por aliviar el calor, más tarde, pensaba que ya era hora de volver a la ciudad, pero antes, un vistazo, y entró en la casa. Llegaron las señales y recuerdos al mirar con atención por los pasillos, las carreras y los escondites; en despensas y trasteros los castigos, por sus travesuras; en el gran salón que daba al mar, acristalado, las reuniones familiares; por las noches, entre sábanas, las tormentas de verano y esas otras noches, a oscuras, esperando que una estrella se fugara. Así llegó a la puerta de la habitación donde se prometieron encontrar el día que los separasen. La recuerdo sobre el alféizar de aquella ventana, donde solía sentarse y contemplar el mar; donde me hablaba, a veces en susurros, obligándome a pedirle que lo repitiera cuando lo que ella deseaba era que me acercase, casi con cada frase suya, un poco más. Era como un adiós o un modo de saber cómo encontrarnos al otro lado de un tiempo que imaginábamos como algo físico; era una pista o carretera, decíamos, o indicación de cuándo, en qué lugar, sellado con un beso, un abrazo que no tuvo lugar, ni modo, porque el pudor o la torpeza quiso que cayéramos los dos con el castigo de su muerte y mi condena a caminar por esta playa y escuchar, oír su voz hasta volverla a ver en esta habitación.

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