Un trapo rojo

Eran las diez de la mañana, llamaban a la puerta, resoplé, me puse en pie y fui en silencio a ver quién era, no quise perder mi tiempo con nadie y casi prefería causar la impresión de ser este un piso vacío, aunque tal vez y sin darme cuenta hice el ruido suficiente para anunciar eso, que aquí hay un inquilino. En fin, ya no había remedio. Llegué a la puerta en silencio y presté atención, no oía nada al otro lado de la puerta, casi temía manipular la mirilla por si quien estuviera ahí fuera mantenía su atención fija en ese ojo de pez de la puerta y acertase en su suposición. Creo que me pudo la curiosidad y miré y vi que alguien, una mujer, se alejaba despacio por el largo pasillo hacia su piso, suspiré con alivio y volví a mis cosas que eran, esa mañana, la limpieza y un tanto a fondo, a pesar de mi desgana y mis otras cosas por hacer, pero pensé que solo sería un rato, al mediodía, las dos de la tarde a lo más tardar, habría acabado y estaría comiendo y con mi rutina habitual. Aún no terminé cuando volví a escuchar que llamaban a mi puerta, serían cerca de las dos y me encontró yendo a la cocina en busca de otra bolsa de basura para vaciar un par de pequeñas papeleras y tirar un trapo rojo que encontré en un hueco del armario, inservible ya por tanto uso. De tan cansado solo pude suspirar y esperé. Quien fuera insistió y resignado me acerqué a la puerta, abrí y escuché a una mujer joven saludarme, presentarse y preguntarme, no la entendí, por no sé qué de la comunidad, cuando yo solo atendía con mis ojos, toda mi atención se concentraba en ellos y ellos me iban contando una escena, como un delirio, de entre rocosas paredes negra una diminuta luz, y eterna, ¿sí?, hola, sin efusividad, ¿qué puedo hacer por ti?, no seas amable, me decía, di no, lo siento, a cuanto diga, y cierra la puerta, vas a tener complicaciones, pero la miraba a ella y miraba a lo lejos y era un sí es no es… la miraba, bueno, miraba casi a través de ella, hacia el fondo del pasillo, no sé si porque esperaba la presencia de alguien más, porque me imaginaba, lo pretendía, qué habría más allá de aquel umbral o porque no entendía cómo alguien busca cualquier pretexto para tender como un puente, establecer una, aunque sea mínima, relación con sus iguales, todo eso no iba conmigo, no acababa por comprenderlo, mi vida era otra cosa, quizá lo más opuesto a la vida de esta mujer que paraba quieta a las puertas de mi casa y me hablaba, mientras mi cabeza. Yo, lejos de ser amable como creo que se espera de un vecino, me limitaba a mirar todo aquello como con embeleso intentando reaccionar sin ser grosero. Cuando terminó de hablar sonreí, me disculpé con ella y le pedí que me volviera a contar pues me sentía bastante cansado esa mañana, y hambriento, y yo soy una persona de hábitos bastante rigurosos y me descuidé, lo siento, volví a decir, y le dije algo que no debía, le pedí, al final, no sé por qué, que si le apetecía podría invitarla a comer y, sorpresa, me dijo que sí, aunque, maticé, no en mi piso. Quedamos para dentro de media hora, me sentía muy sucio y una ducha rápida y vestirme con un poco de mi seguridad, que no es mucha. Bajé a la calle y vi una enorme mariposa revoloteando muy cerca de mí atrapando mi atención, la seguía en su errático vuelo y sonreía pensando en el caos y, y oí mi nombre, me giré, sonreí y caminé hacia ella. Cerca de donde vivíamos se encontraba un pequeño y acogedor restaurante, volví a sonreír, pensaba, qué tópico, y sentí su mirada, me pregunté qué imaginaría ella al verme sonreír, en fin, que daba igual. Caminamos unas decenas de metros y entramos en el local, aún no cerraron la cocina. Serían, no, eran cerca de las tres, nos miramos, asentimos y nos acomodamos, vimos la carta, pedimos de comer y unas cervezas. Yo no suelo beber alcohol si la situación no me lo facilita y creí que esta era una de esas situaciones, bien, pedimos y nos sirvieron las cervezas lo primero, bien frías, estarían los primeros en unos minutos, nos dijo la camarera, sin problema, dijimos, más o menos, y entre tanto bebí y escuché a mi vecina, a, ¿cómo me dijo que se llamaba?, y buscaba su nombre y escuchaba aunque sin mucha atención porque mientras me tomaba la cerveza la observaba, no quería perderme ni un detalle de su rostro, de sus manos, de sus gestos, de sus ojos, su manera de mirar y así muy poco me duró la cerveza. Ángela, eso es, de sopetón surgió su nombre y la nombré, me dijo ¿qué?, me recuerdas a una actriz, me miró sorprendida, quizá fue como responder a su interrogante mirada cuando me pillaba absorto en ella y con una expresión un tanto rara. Como no era importante seguimos con otras cosas. Ella, me decía, se trasladó a ese piso hace algunos meses y hasta hoy no sabía que el piso que yo ocupaba se hubiera alquilado. Antes de venir aquí tuvo ella la ocasión de ocuparlo, pero creyó, y ahora sabe que acertadamente, que por el que se decidió se encontraba mejor ubicado. Estuve de acuerdo con ella a pesar de no interesarme esa cuestión, que tanto me daba, por otro lado. Yo, lo que contaba de mí era bien poco. Alquilé ese piso hace dos meses y todo por una necesidad terrible por estar solo, mi vida, seguía diciéndole, me agobiaba a menudo y esto era como escapar, como irme de vacaciones, soledad, retiro según mi necesidad que podría oscilar entre una semana y seis meses, ahora. Era, todo lo que le contaba, como una nueva etapa, una experiencia que tenía que ver en parte con mis aficiones, pero no conté nada de esto así que creyéndose que necesitaba como una cura para mis nervios no fuimos más por esos caminos y seguimos disfrutamos un momento más de las cervezas, la comida y, para mi sorpresa, Thelonious Monk.

Salimos hacia las cuatro y media, pero no volvimos directamente a nuestros pisos, no, decidimos dar un pequeño paseo por no arrellanarnos en el sofá nada más terminar con la comida y la compañía. No se gestaba nada de todo aquello. Estaba claro que su tiempo y el mío no coincidían en absoluto y solo era eso, un momento que compartían dos solitarios, nada más, y uno de ellos, yo, además, por pura necesidad, con lo cual ella, que lo sabía, no me andaría molestando si no fuese necesario, ni por sus obligaciones que no se lo permitirían de ningún modo, así que, pude respirar con alivio. Seguimos caminando un poco más y hacia las seis nos encontramos en el portal y casi como si de una despedida fuera, calladamente, nos dirigimos al ascensor y subimos en silencio, los dos solos, hasta el octavo piso y al llegar cada uno se marchó, tras una simple despedida hacia cada uno de los extremos de aquel largo pasillo. Sin mirar atrás, sin encender una luz, abrí la puerta, la franqueé y cerré tras de mí. Fin, se acabó, suspiré aliviado y me apoyé contra la puerta, me sentía agotado, supuso un enorme esfuerzo para mí. Después de unos instantes, casi recuperado me fui a echar sobre el sofá, cogí una novela que llevaba a medias y no hubo más aquel día, ni en los días sucesivos. Después de un mes a eso de las diez de la mañana llamaban a la puerta, resoplé, me puse en pie y fui en silencio a ver quién era, no quise entretenerme y preferí que pensara que este era un piso vacío. Esperé un momento y antes de acercarme a la puerta o mirar por la mirilla escuché unos tacones que se alejaban. Suspiré y volví a mi tarea, una mañana de extenuante limpieza, pero cerca ya de las dos oí de nuevo que llamaban, creo que alguien me vio a través de los cristales del dormitorio, me descuidé, pensé, pero no importa, creo que iré a abrir la puerta y ver quién llama, pero antes debo vaciar un par de papeleras y tirar un trapo rojo que encontré en el hueco de un armario.

6 comentarios en “Un trapo rojo”

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