La última puerta

Al decirme insistentemente que sufro, sufría al escribir, porque ya no escribo, creo que elevaba, construía con cierta pasión, cuidado y empeño todos y cada uno de los obstáculos imaginables, posibles, para cualquier intento de creación literaria o de su comprensión o aprendizaje. Esto es lo que le sucedía, sucede a mi exigua, mediocre escritura y, por ende, a mí mismo, siendo todo, además, una absoluta mentira y excusa para no hacer nada.

Así es con todo, así es conmigo, con Sam, Samuel, con nadie, como suelo decir, nadie. Y sí, es un poco recurrente cuanto digo, porque es más de lo mismo, igual que no tener otro asunto del que hablar, del que poder hablar, igual que una obsesión, algo que purgar, algo que eliminar de alguna forma y sea esta la única y menos apropiada para hacerlo o porque no sé si es que no hay nada más en mí o tal vez es porque quiero ¿qué quiero y por qué razón? Termino descubriendo que ya no hay nada, ni razón, motivos, nada absolutamente.

            ¿Y por qué Sam?, de Samuel, y ¿por qué?, no sé por qué Sam, no sé por qué lo nombro, quizá porque, tal vez es por una equivocación o intento de definición a mis ojos, algo que ver, algo, alguien con ese nombre, alguien a quien coloco unas letras debe o debería ser, eso pretendo, una concreción, algo palpable, vivo, concreto, que decide por sí mismo, que actúa un poco ya por inercia, ya por que solo hay un sentido, una dirección, y camina de un lado a otro haciendo, buscando hasta que oye, escucha un molesto e insistente sonido y se acerca, algo cansado, y coge el teléfono matando esa molestia insistente que suena, ese Samuel, deseando oír y temiéndolo a la vez, su voz, de nuevo y escuchar que con timidez, con miedo, indecisión o por otras razones una voz, un hilo de voz que pregunta ¿qué tal estas?, como pide cumplir la corrección, ¿y tu salud, trabajo, ánimo, cosas, qué tal…?, y sonríes, tu cara dibuja, tu boca, esa línea odiosa, diabólica sonrisa, esa llena de rabia, odio, que puede acabar alguna vez en otra cosa que ella conoció y teme que vuelva a suceder, por eso esa voz, ese hilo, tanta formalidad, continúa diciendo que se va, que sus cosas, su vida, ese caos en el que vive, que la terminan, la destruyen, dispersa, ya no son nada, ya no lo soporta más y como ya nada de cuanto hay a su alrededor, hijos, médicos, amigos, pueden hacer por ella y como yo ya, lo sabe, lo siente, no me, no te soporto, te vas me dices, me voy, me voy a ir, adiós, solo te llamo por eso, porque, yo lo sé, querías un amigo y, tú lo sabías, jamás pude, ni podré ser tu amigo, te quise una vez, mucho, bien lo sabes y también lo que sucedió, todo lo que pasó entre nosotros, todo tan excesivo, tan confuso, tan sin nada que nada llegó al fin a suceder entre tú y yo, pero eso sí, yo te hice mucho daño, no pierdes tu tiempo en añadirlo, sí, lo asumo, te digo yo, también sabes, bueno no, quizá no lo sepas, no sabes, no importa lo que pasé yo, lo mal que lo pasé, pero no cuenta, eso no cuenta para nada, fui algo, no sé bien qué, para ti, algo como lo más cercano a un motivo para darle celos a tu marido, para castigarle, abrirle los ojos, para ¿para qué?, si no sirvió, no serví más que para tus asuntos, pues fui utilizado por ti, me utilizaste, sí, fueron tus palabras, unas palabras que, aún no sé cómo, pude conseguir que dijeras, que admitieras, unas palabras que salieron por tu boca, sí, sin dudarlo, te utilicé, me decías, porque sufrías mucho tanto desdén de tu marido, tanto abandono ¿abandono?, decía yo, y me daba cuenta del egoísmo que os separaba, tu egoísmo, y su ambición y razón no te faltaba, pasabas demasiado tiempo sola, demasiado tiempo para pensar, para amargarte porque no consentías esa relación que deseaste fuera de otra manera, algo ideal, algo que conseguirías porque eras, te sentías capaz, fuerte, como para llevar una relación que ya pudiste conocer cómo sería, pues fue escrita, largo tiempo atrás, de una manera muy distinta a cómo la soñabas, pero te negabas a admitirlo, a creerlo y no sé, no logro alcanzar hasta dónde hubieras llegado, sirviéndote de mí, pues, no sé por qué, llegaste a pretender que fuera un poco más allá ¿un poco?, ya me asustabas, ya no podía creer, ya, ya era mi quebranto, mi fin y terminé ahí, en ese instante, aunque dejar de vernos sucedió mucho más tarde, no pude, por tu manera de buscarme siempre que lo necesitabas, que si consuelo, que si sufrías, que tanto dolor y desesperación hasta que solo fueron tus llamadas, solo tu voz y no volver a verte, te pedía, no saber de ti porque te quise fuera de mi vista y de mi vida con el convencimiento de que era mejor así para ti, pues nadie como yo, que tanto daño te hizo, debiera jamás cruzarse en tu vida.

            Y mientras, mientras hablabas, mientras esto pasaba por mi mente, mientras esto sucedía te imaginaba llegar, te recordaba bajar del coche y acercarte a mí para saludarme y preguntarme alguna cosa intrascendente como vaya horas de llegar a casa, menudo tráfico, tenemos un tiempo estupendo, mientras me miras a través de tus gafas oscuras, me miras a mí mientras contesto de igual modo buscando a través de esa oscura superficie, nervioso, inquieto, molesto y sonriendo un tanto bobo porque mirar, no sabía dónde mirar, dónde encontrar tus ojos tras esos cristales pues me apetecía, lo que de verdad deseaba era mirar en tus ojos, sonreírte y escucharte, conversar, lo que fuera, contigo, sin ánimo de nada porque tan harto estaba ya, tan cansado de malos encuentros y agotadoras llamadas y ya, quizá, antes de decidirme por algo que casi no me era posible como aislarme por completo llega un mensaje tuyo, unas palabras sobre mis ojos, mi forma de mirar y terminar, tal vez, alguna tarde, sentados frente a frente y unas, quizá, últimas palabras mientras suena No problem y no nos tranquiliza Chet Baker cuando uno de los dos, cuando yo no quiero ya, no puedo, compartir ningún momento y cierro tras de mí la última puerta.

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