Ana, y alguien al otro lado

Ana cierra la puerta, ya está del otro lado, sola, bajo un cielo a punto de verter sus aguas, pero no cede, aunque dude, y se dirige a la cancela para sacar su coche mientras comienza el preludio, gota a gota, de una lluvia anunciada. A punto de marcharse ve a su izquierda, dentro ya de su coche, el rostro de alguien ocultándose en las sombras. Un escalofrío le recorre el cuerpo y duda, marcharse o avisar a Juan. Resuelve, con grave precipitación, la lluvia que deforma y desdibuja. Activa el limpiaparabrisas e inicia la marcha, ‘vuelvo enseguida, Juan’.

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Alguien, al otro lado

Alguien, al otro lado de la calle, lee en voz alta un viejo libro. No lee mucho, ni muy deprisa porque se distrae mucho y con cualquier cosa, ya sea un ruido, una voz, sus fantasmas, por eso lee, se obliga a leer. Alguien, al otro lado de la calle, se queda suspendido en el instante evocador de una palabra, el tic tac de su reloj, la lluvia que no cesa. Alguien, que ya perdió interés por la lectura, vio, al levantar la vista, una puerta que se abre.

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Juan y Ana

Sintió el abandono de Ana, su alejamiento abriendo, Juan, sus ojos en vano, pues nada distinguía, pero no se alarmó ya que supuso que no aguantaría acostada ni un minuto más. Buscó, a tientas, la manta que Ana rechazaba siempre (demasiado calor, decía), cerró sus ojos y se arrebujó en la cama, aún era pronto para él. Llueve y seguirá así durante todo el día le dijo Ana al verle vestirse más tarde. Un día de penumbras, pensó Juan. Ana, que estaba lista para salir, cogía sus llaves y se despedía con un beso.

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Ana y Juan

Persistía la oscuridad cuando despertó Ana. Quiso saber qué hora era. Temía que fuera insomnio, otra vez, pero aliviada vio que no fue su despertar desvelo, sino rutina. Eran las siete de la mañana. Salió despacio de entre sus sábanas y se dirigió al baño, a tientas. Dos horas más tarde entró Juan recién levantado, en la cocina, y sin decir una palabra. Ana, más llena de energía, viva y habladora, le dijo que saldría un momento de casa, mientras él desayunaba. Se despidieron con un beso.

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Felices sueños

Se despierta, Luis, muy cómodo en su cama, muy descansado, pero no se levanta porque todo sigue a oscuras. Vuelve a cerrar los ojos. Quiere rememorar el día de ayer, lo cotidiano del día y lo extraordinario; los encuentros habituales y los que tarda en olvidar; lo que hizo y lo que olvidó mientras llega el sopor, preludio de un nuevo sueño. Oye una tos y abre, asustado, los ojos. Le hace gracia y le sorprende confundirse en tal tiniebla que escudriña sin éxito aguantando la vista en algún punto del cuarto, pero cayendo de nuevo, pese a su voluntad, sus párpados abriéndose con las primeras luces del día y con un ir y venir de su mujer (¡pero…!, musita él) recogiendo lo necesario porque, dice a gritos dirigiéndose a la salida, ¡no lo aguanto más!, ¡me marcho!, (¡espera…!, se oye decir él, vistiéndose e ir tras ella) ¡no quiero volverte a ver!, cerrando con un portazo. No llega a tiempo de impedirle que se aleje con uno de los coches, pero sí de ver la dirección que toma y sigue en otro coche. Circulan deprisa, llueve. La mujer acelera y su marido intenta rebasarla… otra tos le devuelve del sueño, un murmullo. No puede levantarse, moverse o gritar, solo ver al grupo de personas que se acercan, le rodean, le lloran. Se acerca sonriendo su mujer que le susurra al oído ¡pronto te incineran, cariño!

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Pelea de gatos

A primera hora de la mañana, un hombre abre la puerta de una nave y entra dudando si esperar en su oficina. Se sorprende del tiempo que ha pasado contemplando, a través del enorme ventanal, el mar, al mirar sobresaltado detrás de sí por la ruidosa actividad de numerosos gatos, los actuales inquilinos, y su reloj. Es en el fondo igual, se dice, que en sus comienzos; mientras trata de localizar la zona, el barrio, la voz que oía, de quien es hoy su mujer, desde que al fondo de una oscuridad un puñetazo certero, y último, le enviara. Un verano menos caluroso, sí. Era una situación peor, nadie te echaba un guante; nadie daba un duro por nadie; nadie creía que podrías ganarte la vida de un modo honrado. No les faltó razón y esperó paciente el reclamo de antiguas deudas; pagaría hasta la última gota. Al llegar la noche, sentado en su antiguo sillón, oyó llegar los coches de quienes entrarían buscando un lugar, un control de aquel enorme espacio, dejando el centro de la nave libre para su jefe y sus hombres de confianza. Le llamaron cuando ya iba bajando silencioso, aún a oscuras, a su pasado.

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Una silla de mimbre

La imaginaba en casa, sola, tal vez sentada en una vieja silla de mimbre, fuera, porque fumar no se fumaba dentro mientras tomaba un poco el sol esperándole, o era el momento de faenar el en casa lavando los vasos y platos usados anoche; o de distraerse con cierta desgana adelantando las compras de la semana; o de leer esas novelas históricas que le resumía para animarle porque sus intereses, los de él, eran otros; o de tomar un baño en su piscina o de una ducha, aunque fuese pronto y no pensara en él o, tal vez por eso, sí. Solo podía imaginar su soledad, la de ella, soportada con paciencia porque, tal vez, solo era el eco de su propia y ya insoportable, la de él, soledad. Se daba cuenta de todo ello hasta que oyó el teléfono y su voz, aquella que jamás olvidaría y no escucharía más al terminar el día porque hoy, le decía ella después de algunas frases y silencios, hay espacio y tiempo para otro encuentro en su casa, todos se han ido, no volverán hasta la noche. Colgaron dejando palabras en el aire, pronunciadas y tal vez no escuchadas. Salió como todas las otras veces de su casa, algo nervioso, impaciente, para volver a encontrarse con ella, para conocerse un poco más, aunque ya no tuviera ningún sentido y, se decía, para terminar también con ella, y con todo, pues, con todo preparado, partía de madrugada.

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Un sitio vacío

Llegó a las once, once y unos minutos, de la mañana y, no es posible saberlo con certeza, buscó, eligió, o quedaba libre, una mesita con dos sillas justo al lado de una enorme cristalera desde donde podían verse la calle principal, ancha, concurrida, comercial, y otra no menos importante, restauradora, si puede decirse y entenderse así al lugar donde, cansados, con sed y hambre, paran, si hubiera lugar, piden un refrigerio y celebran, comen y ceden, al terminar, el sitio a otros, siguiendo camino hasta aquella calle principal, ancha, concurrida, comercial donde consumir, con medida, dineros y energías. Se llegó y sentó, como fue dicho, a media mañana, sumido en sus pensamientos, en sus cosas, como gustaba decir, que eso sí es posible saberlo pues alguien le oyó decirlo, y pidió un café, que le trajeron con prontitud, con un bollo y un vasito con agua. Se extrañó, solo quería un café, pero no dijo nada y buscó, sin más, en su bolso, un libro, un bolígrafo negro y su teléfono móvil que colocó hacia el centro de la mesa acercada su taza de café que ya removía el azúcar vertido instantes antes. Sorbió, quema; sopla y sorbe, aún quema; hierve y deja la taza, toma su libro y su móvil; ojea como para establecerse, igual que un recién llegado que conoce el lugar pero que lleva tiempo ausente, prólogo, índice, subrayados, notas, abriendo luego por donde el marcapáginas, y lee. Durante el transcurso un inapreciable rumor, murmullo, ruido se llega a enredar, atravesar, mezclar, con las palabras, frases, silencios de aquello que lee y se le va complicando, dispersando, el texto, su atención, obligándose a releer párrafos, páginas enteras. Detiene un momento toda actividad y mira a su izquierda, observa allá abajo, sin calcular los metros, desde su altura, desde donde les observa, sus idas y venidas, sus dudas, sus esperas, sus encuentros; observa a los que beben, los que comen, a todos, bajo un cielo que amenaza, recién encapotado, con mucho calor o con un respiro. Silencio, desde su altura, un solo un rumor que no le anima de inmediato a la lectura. Recuerda su café, estará frío, y el bollo, que corta con limpieza, sorbe de la taza y limpia sus labios; otro corte limpio, otro poco de café, calculando, ahora sí, cuántos pedazos para cuántos otros sorbos que termina y retira lo más lejos de sí tomando el vaso de agua y ese rumor que vuelve, al coger su libro, ese rumor que siente lejos pero que está detrás de él y no sintió al llegar, ese rumor se va aclarando, entendiendo, cuando, al girarse, conoce su origen, alguien de espaldas a él que habla con otro alguien ausente; alguien, la dueña de ese rumor, de esa voz, le habla y le cuenta a ese alguien, a él, que se adueña de esos fragmentos que, le dirá, sin remordimientos, cuando se vuelve y contempla un sitio vacío, cuando recuerde solo su voz, cuando la vuelva a ver y la reconozca, le dirá que aquello que le robó dará para un bonito cuento.

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Mi lío gordiano

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Desde que terminé con todas las razones cogidas al vuelo con que oportunamente retrasar la lectura de una de las tres o cuatro novelas empezadas; la entrada pendiente de mi diario iniciada con tan solo la fecha; el estudio de uno de los pocos, y de mi interés, temas programados; ver de una extensa lista la última película que un tráiler, comentario o recomendación, cautivara mi atención, con todo, me pregunto si aquello que digo que me gusta y que me obligo a hacer en realidad, porque, me digo, pasar sentado en una silla, en un sillón o tumbado en la cama todas mis horas libres, me hacen sentir que son todo un delito, una vergüenza además de una verdadera, esto lo reconozco, pérdida de tiempo, pero ¿qué tiempo?, y ¿por qué hacer nada?, ¿con qué objeto?, rumio vacío, tanto que no tardo en darme cuenta de mi abandono, cuyas consecuencias sentiré al abrir la boca al preguntar, contestar, mantener una conversación y oír cómo un sonido apagado, torpe, desordenado y sin sentido sale por entre mis labios que querré ocultar tras una mascarilla negra, a poder ser ¿y entonces?, llego a darme cuenta que todo esto son excusas con que retrasar lo que me obligo hacer, pero, vuelvo a decirme, ¿por qué?, ¿para qué? Es tanto el ruido que hay en mi cabeza. Cierro en ese momento, decidido, la puerta del cuarto; bebo un buen vaso de agua fría; preparo mi primer café y sin pensar cojo un libro, uno de varios con el que continuar la lectura, una novela que empecé hace tres semanas y de la que llevo leídos, busco el número de la página, veintiséis tan solo, soy de lectura lenta, avanzo muy despacio cuando no me distraigo; o elijo un libro de cocina con el que practico para cuando me echen, todo es posible, de esta casa; o me levanto porque hace calor y abro una puerta, una ventana, con mosquitera, o me descalzo; o enciendo el teléfono para buscar en el diccionario un término del que me olvido porque hay muchas notificaciones y leo mensajes, veo vídeos de youtube, termino algunos puzles. Y veo la hora, ¿cómo?, ¡qué tarde es!, me digo, sentado, con ganas de un café, ¿cuántos llevo ya?, será el segundo, mirando a mi derecha ese montón de objetos, esas figuras regulares, los libros sin saber ¿con qué me pongo ahora? Y es otra novela empezada al azar, lo que elijo, dos capítulos puedo leer porque debo estudiar, pienso abrumado, no sé qué hacer ahora, me asfixio al ver ensayos que no he comenzado aún. Me levanto y salgo a que me dé un poco el aire, camino por el pasillo, friego dos platos, un cazo de leche, tres cubiertos y vuelvo a sentarme y a leer en voz alta un libro de relatos. Me entretengo con los primeros textos y veo pasar, a mi izquierda, sobre la pared blanca de la cocina, una sombra que me asusta, pequeña, fugaz, que no consigo reconocer, en dirección descendente, como queriéndose ocultar debajo de la mesa, pero sigo leyendo y no me agacho porque un malestar, quizá el estómago revuelto o tal vez un mareo o simplemente hambre; anoche no cené y durante la merienda ingerí solo una rodaja de melón, después fui a caminar durante más de media hora y antes de acostarme, lo de costumbre, un vasito de agua y un puñadito de avellanas. Termino, cansado, tan exigua dosis de ficción y tardo en decidir con qué libro continuar salvándome de elegir esas mis necesidades fisiológicas de pasar un minuto más sentado a la mesa cruzando de un extremo a otro, sin dudar, el pasillo donde una ventana, justo al final, permite que vea o que imagine, según mis ánimos, yo ya veré al llegar, el viaje es largo, una porción de realidad o una pequeña historia que escribir en mi cuaderno.

La fuga de una estrella

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Camina hacia el oeste por la orilla de un mar en calma que alcanza y baña sus pies, la fina arena, al tiempo que amanece, por un encuentro, hoy, en un lugar que solo ellos conocen, oculto por las rocas. Camina, sin apenas levantar la vista, por esa fina arena que reproduce lo efímero, lo inevitable de un paso que, ya dado, no admite vuelta atrás. Quiere ejercer su voluntad, volver a casa, pero lo impide una voz que reconoce, tan cerca de sí, que le obliga a parar, buscar y pronunciar, a voz en grito, su nombre, que el rumor del mar silencia. Se encuentra solo y aún no sabe si vendrá o ya le espera. La determinación llegó primero, después la duda, acabando al fin con el temor, o el arrepentimiento al llegar, encontrarse, a pocas decenas de metros, una casa cerrada, vacía, familiar. Busca una roca cercana donde se sentaba o tumbaba con la playa, tantas veces recorrida, tantos baños, recuerda con nostalgia, o su casa, a la vista; no era el momento de acercarse más, o de entrar, poseyendo, objeto protector, la llave de la entrada. Pero ¿y aquél lugar donde debían encontrarse? ¿Tanto me despisté? ¿Qué ocurrirá ahora? Se preguntaba mirando aquella deteriorada fachada retrasando su atrevido, o temerario, primer paso. Mojándose los pies por aliviar el calor, más tarde, pensaba que ya era hora de volver a la ciudad, pero antes, un vistazo, y entró en la casa. Llegaron las señales y recuerdos al mirar con atención por los pasillos, las carreras y los escondites; en despensas y trasteros los castigos, por sus travesuras; en el gran salón que daba al mar, acristalado, las reuniones familiares; por las noches, entre sábanas, las tormentas de verano y esas otras noches, a oscuras, esperando que una estrella se fugara. Así llegó a la puerta de la habitación donde se prometieron encontrar el día que los separasen. La recuerdo sobre el alféizar de aquella ventana, donde solía sentarse y contemplar el mar; donde me hablaba, a veces en susurros, obligándome a pedirle que lo repitiera cuando lo que ella deseaba era que me acercase, casi con cada frase suya, un poco más. Era como un adiós o un modo de saber cómo encontrarnos al otro lado de un tiempo que imaginábamos como algo físico; era una pista o carretera, decíamos, o indicación de cuándo, en qué lugar, sellado con un beso, un abrazo que no tuvo lugar, ni modo, porque el pudor o la torpeza quiso que cayéramos los dos con el castigo de su muerte y mi condena a caminar por esta playa y escuchar, oír su voz hasta volverla a ver en esta habitación.