Mil palabras

Hablamos de mil palabras, recuerdo que dijo mientras termino de ducharme, vestirme y sentarme a escribir contando cosas de otro como si fuera sobre mí. ¿Cuánto tiempo necesito para contar qué y con cuántas palabras? En realidad, mil palabras son pocas, muy pocas palabras, pero conseguir una frase y elevarla a un párrafo, a una historia que funcione, eso es ya más complicado.

Anoto superíndices en mi cuaderno al cabo de unas pocas frases, y la hora en mi memoria, para ver qué puedo ser capaz de hacer y en cuánto tiempo, es solo un ejercicio y lo que cuenta son las palabras, que sean mil y que pueda leerse sin abochornarse. Pero avanzo lento, avanzo, aunque despacio, y cuando llego a entender mi propia letra porque la prisa, que lamento, vuelve ilegible mi escritura manuscrita y lenta, desquiciante, exigente, mi escritura mecanográfica.

Como cuando hablo de leer (me viene Murakami a la memoria) ¿de qué hablo cuando hablo de leer? Igual que no sé cuánto tiempo podría necesitar para escribir quién sabe qué o sobre qué cosa, tampoco sé, porque me surgen dudas a cada instante me atrevería a decir, sobre qué libro leer.

Ni mil palabras, ni el silencio, concluyo, mientras escucho una voz rota, que no entiendo.

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En tercera persona

Me he despertado igual que en los últimos días, sin oír apenas un ruido y con los dolores habituales de espalda.

Cuando hube revisado el correo, mandado mensajes esperados, todo, después del desayuno, y tomado ese café con el que inicio mi trabajo pienso, tercera persona, quizá funcione así, en tercera persona, y repaso mentalmente el texto que recuerdo, la historia, un tanto modificada. Pero al sentarme a escribir vuelvo a tener dificultades con el comienzo, con las primeras frases.

                Me quito las gafas y miro al frente. Hay, no muy lejos, una arboleda que vibra y oscila de un lado al otro por las fuerzas inconstantes del viento. Veo, algo borroso por la miopía, sobrevolarme un ave, que apenas distingo pero que reconozco por el sonido que sale por su pico, que se dirige, en un vuelo recto que, al llegar a las partes más altas de aquellos árboles, desvía en una curva ascendente hasta una rama que se me oculta entre otras tantas, o entre sus propias sombras, si cesa el viento.

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Es todo lo que sé

He cerrado el libro porque no entiendo lo que leo. Sé que soy incapaz de emocionarme con aquello con lo que el otro se emocione, aunque me lo explique, muestre o cuente a menos que pueda hacerlo, de algún modo, mío. Sé que estoy confuso, mucho, porque no reconozco este lugar, porque no puedo salir de aquí, porque estoy solo. Algo me dice que he debido escribir durante bastante tiempo en cuadernos de tapa negra, que no encuentro. Siento que he despertado de un largo sueño, que no he tenido vida hasta este instante, que lo han borrado todo por completo, tal vez, por esto, no entiendo lo que leo y haya cerrado el libro.

Hoy es jueves, esto también lo sé.

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