El rescate

Necesitaba expulsar el frío de mi cuerpo. No esperaba que una tarde que se prometía soleada, sin apenas transición, se tornara casi violenta, húmeda, gélida y no encontraba nada más a mano e inmediato que una cafetería y, quizá, pedirte mi rescate que hasta ese momento, el de mi duda por llamarte, he logrado evitar porque aún queriendo, ya no puedo ni quiero volver a verte. Pido un café y miro, mientras tanto, bombillas testigos de otras navidades parpadear en un lugar distinto cada vez quizá por mor de algún capricho técnico o tal vez por algún díscolo dios de los vientos. Nada tenía que hacer en esa tarde vencida ya por la nocturnidad y, maldije, quedé en suspenso al verte entrar ¿cómo supiste?, y dirigirte a mí que no llegué a llamarte.

Eres tan despistada

Te vi bajar hasta la orilla. El tiempo aquí es clemente y no necesitabas abrigarte mucho, tú, que eres tan friolera. Ya te avisé de mi llegada. No has querido esperarme, ni dejarme una nota, tampoco llevas encima tu teléfono para contarte que al fin estoy aquí. Qué cabeza la tuya, tan despistada, a veces. Yo aún no he deshecho la maleta. Después de tan largo viaje necesitaba descansar, sentarme un momento, entender por qué no estás, que me dijeras, si repetías una y otra vez que ansiabas verme. No sé qué ocurre, bueno, tal vez aún nada y me imagine, no sé, porque yo esperaba verte en casa y conversar antes de recorrer la orilla, como sé que te gusta, darnos después un baño, tomar un poco el sol, pero te pudo la impaciencia y me imaginaste aún en pleno viaje decidiendo que me verías al anochecer y entonces nos encontraríamos, cuando ya te hubieras despedido de él que vi cómo se te acercó cuando te vio bajar, tan seguro de mi ausencia, tan confiado de ti que no llegó a mirar a la ventana desde donde os veía besaros, me oculta la penumbra y el mar silencia mi partida.

No sé cómo volver

Abrí la puerta del salón. Vi el fuego de la chimenea y alguien sentado en una silla. No me asusté. Sabía que aún tenías la llave de mi casa y era posible verte alguna vez así, ahí, sin avisar, a oscuras, pasando tardes, y silencios, pues además tampoco hablabas nada, o casi nada solo te limitabas a observar las llamas arrebujándote con una gruesa manta. ¿Qué debía hacer yo?, ya no tenía nada claro, temía, más bien, tu reacción, ya no te conocía apenas, te distanciaste, pusiste tiempo, tierra, silencio entre los dos, pero aún volvías por el fuego. Todo muy extraño para mí que amo lo extraño, pero que a veces no sé por dónde ir para encontrarte. Anochece, me decidí a decirte. Ninguna respuesta. Cerré la puerta al entrar en un salón frío por esa oscuridad y por no haber ni un solo mueble, solo paredes, esa chimenea, unas cortinas, tú y yo. Me acerqué a las puertas del balcón. Llovía. Oí caer un leño. No sé cómo volver, dijiste, no encuentro el modo y me giré, no estabas, pero aún podíamos sentir el fuego.

Un taxi amarillo

Miro una cristalera, no sé durante cuanto tiempo, y solo veo pasar un taxi amarillo hacia donde me encuentro sentado, de espaldas a la carretera, tomando, en la terraza de un bar, una cerveza. No hay nada más cuando me doy cuenta, cuando ese momento hipnótico se desvanece por la débil luz del sol y empieza el vespertino peregrinaje, final de horario laboral al mismo tiempo que me levanto, pago y me decido caminar ahora que me cuesta tanto ver hasta que cae la noche y esa otra luz, la artificial, lo inunda todo. A veces busco un lugar más elevado, me siento, y dejo que mi vista vague entre la luz, la sombra, los objetos, mientras soporte el frío, el tiempo y el vacío. Aún no tengo hambre, pero quiero buscar un sitio acogedor donde cenar y no conozca a nadie. Ya anocheció. Vuelvo a caminar por calles poco transitadas hasta que algo de hambre me lleva a decidir franquear la enorme puerta acristalada de un local donde una vez casi en el centro del lugar me paro, miro para reconocer el sitio y veo a mi derecha que hay bancos y tableros a modo de mesa donde poder acomodarte frente a unas enormes ventanas donde algunas personas sentadas allí conversan, comen, leen o simplemente observan a través de los cristales. Después me tomaré un café y te preguntaré por carta postal por qué tampoco hoy decides visitarme.

Sombras

Hay en el salón una enorme mesa llena de libros colocados de pie y al borde y otro montón de libros, en pilas, a izquierda y derecha y libre el centro de la mesa, donde suele poner su teclado inalámbrico y teclear, mientras consigue ver la imagen siguiente a la que describió en un intento de narrar, frases y frases que va releyendo hasta llegar a un punto en el que se siente satisfecho y decide que es el fin, como le pasa cuando dibuja, jamás pinta, y traza sobre el papel líneas y sombras y no sabe nunca cuándo parar, nunca cuándo ha terminado y todos sus dibujos, como sus textos, muestran sus fallos, muestran lo inacabado, la imperfección, pero le importa poco porque aquello que escribió, aquél dibujo, entre montones de libros, de papeles, son lo que le queda por decirte.

Mis torpes ojos

La verdad es que estoy bloqueado. No me atrevo a empezar de nuevo y borro, borro o tiro a la papelera folios, textos de mi ordenador, notas, todo. Me levanto de la silla y camino por mi casa de una a otra habitación como buscando y termino de pie frente a una ventana mirando con ojos miopes el césped recién cortado y unas nerviosas y oscuras manchas moviéndose de un lado a otro. Paso minutos así, en silencio, con la ventana cerrada por el viento y el frío y trato de ver, sin forzar la vista, como dejándose llevar, la línea que separa el cielo de la montaña, ahora de blanco, sonrío, como yo, y de imaginarme allá en algún refugio, al calor de una chimenea, oyendo a mi espalda murmullos de otras personas que se decidieron por ese lugar, ese tiempo y esa compañía. Paso minutos mirando con mis torpes ojos y viendo en mi mente instantes, oyendo algún sonido, alguna voz o recordando alguna melodía y nada de esto me desbloquea, nada de esto me prepara para enfrentarme con un nuevo texto a un folio, a la pantalla del ordenador, pero me da una cosa que suelo perder y que no encuentro en otra parte y así decido terminar el día.

La cámara de fotos

Aún no era mediodía cuando me decidí por un descanso, no sé si merecido, siempre me digo que no trabajo lo suficiente quizá por excesiva exigencia, aunque sí por una mínima necesidad de imaginarme definitivamente instalado ya, en mi nueva casa, con una taza de café calentando mis manos a comienzos ya de diciembre y mirando a través de la ventana de la cocina que da a mi pequeño jardín y a la calle principal de un tranquilo barrio residencial situado muy cerca de la ciudad. Como digo, me imaginaba y no oí, la primera vez, el sonido del timbre de la puerta. No esperaba a nadie por eso no prestaba atención y quizá me relajé en exceso hasta que el timbre ya me molestó y quise poner cara y fin a esa intrusión antes de sentarme a comer. Llegué a la puerta y sin ver a través de la minúscula mirilla abrí y se me presentó un hombre con una cámara colgada de su cuello con una llamativa y gruesa correa roja y sus manos en los bolsillos ¡sus manos!, y pensé en voz alta ¿puedo ver como sujeta la cámara con sus ganchos cromados?

En los próximos días

Me dio una caja pequeña, precintada, unas llaves y le oí decir adiós cuando cerró la puerta sin esperar que yo le contestara dejándome sentir, en ese momento, estúpido, no sé si por imaginar desdén o por esa fragilidad que nace de mi decisión de abandonarlo todo y el miedo y el error quizá por alejarme, huir dirían algunos, a ese lugar que nadie esperaría aunque, pensando de este modo, acabé por encogerme de hombros y sonreír y sentir algo de alivio que se me esfumó al poner mi atención en la caja que me entregó aquel hombre, su peso, la nota que lo acompañaba ¿de quién vendrá el paquete?, y por recordar en ese instante, que me hizo volverme de espaldas a la puerta, todos los otros enormes paquetes desperdigados por las habitaciones aún sin amueblar. Casi me vi vencido por el peso de todo lo que me esperaba en los próximos días, y excitado, pasaba los minutos de uno a otro estado de ánimo según me iba imaginando cómo resolvería tal caos hasta que mi estómago hizo uso de su singular modo de expresión y, dejando lo que mis manos desempaquetaban, salí de casa, de mi nueva casa, en busca de un lugar donde aprovisionarme de alimentos para los próximos días porque esperaba muebles y ninguna visita.

El humo de tus cigarrillos

Miro el reloj, las cinco y media. Llueve y seguirá lloviendo y tal vez haga frío y pronto llegará la noche y aún no sé qué hacer hasta que den las diez y pueda verte, quizá la última vez, y hablarte aunque sé que no podré acertar con una explicación porque no habrá tiempo, porque estarás sola hasta las once, hora en la que llegará la tropa a casa, a tu casa, tu tropa, tu marido, tus hijos, y mis palabras, urgentes, inconexas, ajenas aún a ti serán parte del humo de tus cigarrillos. Camino, me apetece caminar porque me ayuda a pensar y he de poner algo de orden entre tanto ruido. Un argumento, eso es, algo que puedas entender si alcanzo un poco de silencio, serás mi último reducto, el borde de mi precipicio, mi costa, mi fin, el fin porque después de ti ya no me quedará nada a qué aferrarme aunque debo seguir, pero será empezar de nuevo y lejos de aquí, ya no podré, no volveré a insistir más.

La cama sin hacer

Me sonrío y solo te veo cuando preguntas por qué, de qué me viene esta sonrisa boba, qué pasa por mi mente pues aún no he dicho nada apenas desde que llegué a tu casa y permanece intacto un plato con queso y jamón y una cerveza fría, muy fría, al lado, tu último libro, la cama sin hacer aún y la lluvia, que no me falte la lluvia, que no cesa y que acompaña al pensamiento. Te veo, me llevo una mano a la barbilla y pienso qué puedo decirte porque no sabía que esto pudiera ser así, ¿esto?, dices, yo, es decir, mi vida, lo que recuerdo de mí, lo que fui y cómo fui hasta este instante, esto, yo, que no me reconozco, que no me siento, que no sé si soy ya una prolongación de algún objeto, o consecuencia de cualquier acto, o si soy, simplemente, porque a fuerza de rechazar, de romper, de apartarlo todo y buscar mis límites, elevar un mar alrededor y declararme náufrago y señor de aquella frágil isla que yo soy me he de ver así como te cuento, como me siento ¿de qué me hablas?, no entiendo una palabra tuya ¿estás bien?, ¿te ha ocurrido algo? Y lejos de explicarte nada me siento a la mesa y me llevo a boca un pedazo de queso y pan que riego con esa cerveza fría.