Hablándome al oído

Llevo dos líneas escritas, dos insufribles, vanas líneas de un aún peor, frenético e ilegible bosquejo de relato escrito ayer durante una tarde calurosa, en exceso para mi gusto. Un buen ensayo, entiéndase la ironía, sobre algo que no entiendo y no me sirve hoy. Así llevo toda la mañana.

Me dormía, a mi pesar, porque me abandonaban mis ganas e interés. Cedí a un sopor que me redujo al sueño. Así pasó, dijiste, te rendiste. Qué extraño, pensé al oírme fuera de mí, turbado ¿quién dijo…?, ¿quién habla?, ¿así es como suena mi voz? Un sueño, creí. Unas palabras pronunciadas desde el otro extremo de la enorme mesa donde trabajaba, con mis libros y cuadernos y otros objetos campando a sus anchas, que ya no entendí. Todo se oscureció.

Abrí los ojos y sentí que alguien me miraba. Sentado en una butaca, frente a mí, un individuo que, se me parecía o era yo mismo, me observaba preguntándose ¿se puede saber qué estás haciendo?, o alguna otra cosa similar y que no dijo. Imposible, pensé, mas pudo ser parte del sueño ya olvidado. Ese individuo, o sea, yo, sin apartar la vista de mis libros, dudando en su elección, decidió preguntarme por mi trabajo, cómo y por qué me lamentaba yo, con mis primeras palabras, por tan pésimo y paupérrimo comienzo y me contesté que así era, cuanto construí, con el esbozo de una historia, fue en vano, solo dos líneas, un lamentable esfuerzo el de ayer y… ¿y qué?, me dijo, y sin permitirme continuar, con una breve andanada preguntó ¿qué es eso tan breve y tan malo que no pueda contarse?, ¿qué, cuánto, llevas escrito?, ¿qué esbozaste ayer?, ¿qué relato es ese?, ¿puedes adelantarme algo? Paró de pronto de preguntar, algo debió ver en mi rostro que no sé si era ya el mío. Me preguntaba, sí, pero ¿quién me preguntaba entonces?, ¿sigo dormido aún?, ¿quién era yo, si me sabía a este lado, pero, igualmente, si yo me veía al otro lado, si soy el que está frente a mí?, ¿me debo responder?, ¿qué me respondo si ya me he contestado a esas preguntas?, si yo ya no soy yo ¿qué respondo a aquel que fui?, ¿es una broma grotesca? Creo que enloquecía, desvariaba y sin saber qué hacer cerré mis ojos reclamando algo de calma y de silencio, no se me ocurrió en ningún momento mirarme en un espejo, tampoco, pensé después, quise levantarme, cierta curiosidad morbosa me retenía en aquella butaca.

Un tiempo después oí y reconocí una voz, unas palabras, alguien leía en voz alta el comienzo de una novela de Alejo Carpentier que estaba entre los libros de aquella enorme mesa. No sé si creyó que yo dormía y quiso despertarme o, simplemente, se aburría y decidió entretenerse con esa lectura del mismo modo que yo lo hacía alguna vez.

Con suma discreción me puse a repasar el texto que ya debí concluir para su entrega. Aquél siguió leyendo al verme regresar a mi escritura, pensé, pero en silencio, ahora, cosa que agradecí, sin pensar, sin recordar, aquel mal comienzo, sin levantar la vista apenas, sin escuchar aquella voz, sin prestarle atención a la voz de mí yo sentado al otro lado de la mesa, pues no quería distraerme y seguí, bolígrafo en mano, garabateando porque, aunque fue por un momento, vi, para mi sorpresa, en un tiempo y lugar indistinguibles, una sombra definirse en una habitación cogiendo una maleta del suelo que deja encima de una cama; oí, igual que aquella sombra, el timbre de un teléfono; sentí, como esa sombra, de aspecto ya reconocible, un peso insoportable. Yo, o quien quiera que fuese, continuaba emborronando folios. Aquella sombra, aquel hombre, podía observarle, caminaba lento por su habitación quedándose parado frente a una ventana contemplando, pensando, esa mañana de primeros de septiembre, callada, fresca, luminosa y última, cómo, con una necesidad urgente, disponer su marcha y decidiendo con qué tono se despediría de aquella con la que había hablado por teléfono hace tan solo unos instantes.

Quedaron cerca, en un café, y ya era la hora. Se sentía tenso, necesitaba caminar, distraerse y dio un rodeo calculando, mal, llegar puntualmente a su cita con Lara y se encontró, para su sorpresa, frente a la cafetería. Entró y pidió un café solo que se llevó a una mesa. Esperó removiendo el azúcar y contemplando el ir y venir de los que, suponía, acudían habitualmente a ese lugar. Lara, quien le llamó, se retrasaría unos minutos. No le importó esperar porque disfrutaba de esa soledad, o aislamiento, en la que se instalaba siempre y observaba sus rostros, sus gestos, sus idas y venidas, sus conversaciones, sus tratos familiares.

Igual que un naturalista, anotaba en su cuaderno, o dibujaba, lo que llamaba su atención. Se distrajo un momento en que miró hacia la calle a través de la enorme cristalera que tenía frente a sí. Un pensamiento tal vez, algún sonido, el reconocimiento de una persona en aquella otra desconocida que pasaba en ese momento, fuera lo que fuese no percibió la atención con la que uno de los clientes del lugar, acodado en la barra del bar desde, quizá, antes de que llegara a su cita con Lara, y que no vio, le miraba. Lara llegó y se acercó a la barra, pidió su café con leche en la barra y esperó, al lado de aquel que le observaba, sin imaginarse nada fuera de lo normal. Acercándose con su taza a la mesa, se sentó, saludó y disculpó por su tardanza, sonrieron, no importaba, realmente, pero, dime ¿qué te sucede?, ¿por qué la urgencia?, cuando me llamaste te noté angustiada y ahora, al verte, no sé, es como si fueras otra persona, como si no te pasara nada, cuéntame ¿te ha ocurrido algo? Lara bajó su vista, nerviosa, hasta que decidió hablar. La escuchaba y sintió, al mismo tiempo, la insistencia de algo, una molestia, una presencia que le obligaba a buscar, a su alrededor, sin éxito. Ignoraba si Lara lo notaba pues nada mencionó, puede que quizá no se diera cuenta, como él, que fuesen observados. Miró hacia aquel individuo solitario, que le iba resultando extrañamente familiar, vestido con unos vaqueros desgastados, una camisa beige, unos zapatos de color marrón y con un descuidado pelo castaño, de su misma edad que, de vez en cuando volvía su rostro hacia nuestra mesa buscando, no sabía muy bien si otra pequeña distracción cansado, tal vez, de las que ya disponía al ser la única mesa ocupada a aquellas horas; si miraba porque quizá los conociera; o si fuera otra razón desconocida. Tardó en encontrar el origen, la causa, la molestia que todo aquello suponía para él y buscó el modo de forzar cruzar sus miradas, necesitaba conocer tanta insistencia de aquel individuo. Lara miró la hora y le preguntó si ya se iría. Supo que ya era el momento de decir adiós y antes de levantarse cogió su mano y le pidió un momento más, unos minutos. Accedió, no volverían a verse y ella no lo sabía, aún, era preciso decirlo y terminar. Se distrajo un segundo y miró hacia la barra del bar, le inquietó no ver a nadie.

En ese momento dejé de escribir y levanté la vista para ver si ese rostro impostor seguía sentado al otro lado de la mesa y era el desconocido del bar. Me reí. Mi imaginación, a veces, me pone en estas situaciones, me oí decir al oído mientras seguía buscándote…

Todas estas tardes

Es sábado y come en casa. Se encierra en su, como lo embroma, laboratorio culinario atreviéndose con algo inesperado, el hurto de una receta que unos días antes alguien olvidó encima de la mesa de un despacho donde esperaba encontrarse con un gestor financiero que, al final, después de casi hora y media, y sin avisarle, no se presentó. Horas más tarde recibió un correo del gestor donde le pidió disculpas y una nueva cita para la semana que viene en el día y la hora que le fuera posible, con esas palabras que, la verdad, no le importaron demasiado porque la sustracción de aquel pedazo de papel, una adecuada compensación, se decía, era como una pequeña aventura, una cita a ciegas, una novela, y paliaba, de alguna manera, aquella pérdida de tiempo, aquella espera.

En su cocina, después de colocar la compra recupera, del fondo de una de las bolsas, la receta. Se sirve un syrah, queso de cabra y se sienta a la mesa. Coge el mando de la televisión que no enciende porque ya le distraen, y lo prefiere, sus pensamientos. Con un pedazo de queso entre sus dedos puede verse, se ve en su recuerdo, ahí mismo, no muy lejos desde donde se halla, corriendo descalzo, oculto siempre, muy excitado, con unos pantaloncitos cortos y un pedazo de queso viejo entre sus ropas, primer e inocente hurto, con impaciencia y hambre por comerlo sentado a la sombra de un árbol desconocido, frondoso, lleno de pequeñas, minúsculas vidas. Quiere llegar a la orilla, sentarse y esperar, sin ser descubierto, esperaba verla regresar, solo eso, que hoy llegue por fin su barco.

Se preguntaba por qué nadie le dijo que ya no volvería. Llegan a puerto y vio por fin a quienes, en su ida, marcharon con ella. Se acercó anhelante, quería saber. Parándose a su lado miraba nervioso por todos lados. No habló, no pudo, solo buscó en aquellos rostros la respuesta a su pregunta, solo una mirada, y no encontró más que una mano en su hombro, y el silencio, un silencio que le hirió y que ya no sanaría en esas tierras de las que se alejaría un día para siempre. Fue su primera vez. No hubo más.

Sorbió de su copa y al dejarla sobre la mesa mira, con curiosidad, ese fragmento de papel sobre el que alguien se esmeró anotando con el pulso y precisión de un pendolista una receta a la que ahora resta originalidad pues solo fueron la escritura y un papel nada corrientes lo que excitó tanta curiosidad y se agenció en justo desagravio. Un papel, una escritura, un olor, el de aquel pequeño objeto que le evocan recuerdos, tan vagos, tan lejanos, tan sin sentido quizá que cede, a su paso por su mente, sin preguntas, salvo aquella que les llegara de quien no esperaban encontrar y que les fuera suficiente, y basta, contestar con el silencio. Un golpe le devuelve a su cocina, un golpe que le llega desde el otro lado del tabique, un golpe, otro más, seguido del silencio, pero esta vez no hay en su hombro una mano.

Puesto en pie repasa el texto recordando una vez más su rostro, pero se siente cansado, desganado y aún sin hambre. Prepara lo que necesita, mira el reloj y se pregunta cuándo comerá.

Se asoma al balcón. Afuera hace demasiado calor y vuelve dentro. Enciende la televisión que enseguida apaga, no le apetece tanto ruido en su cabeza. Piensa en la música, pero no tiene radio, aunque sí un tocadiscos donde escuchar algo de Coltrane o de Miles o Bach, tal vez, o quizá se decida por ver una película, tal vez sea lo mejor, una película, pero duda porque lleva mucho retraso con sus lecturas pendientes. Coge uno de ellos, lo abre y ya no sabe, no recuerda, no le suena nada de lo que leyó. Es normal, se justifica otra vez, lo empezó el lunes con muchas ganas y mucho cansancio y quiso continuar el martes, pero solo leyó tres páginas porque la falta de sueño, su jaqueca, la horrible discusión frente a su puerta con detención policial, ingreso clínico de urgencias, nadie podía ponerse a leer como si nada, o a ver una película, o escuchar a Coltrane, a Miles, a Bach, con tanto ir y venir de policías, sanitarios, y tan tarde hoy quizá solo tenga cabida una cena ligera y por ser tarde para la lectura o quizá no le apetece o quizá terminará con una película, no sabe aún que será lo que prepare hoy sábado que no le espera nadie, que nadie llamará a su puerta, una tarde de sábado que pasará en casa solo como otras tardes todos los días, y todos los días la soledad de siempre.

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Antes de abandonar

Llegué arriba y me paré en el último escalón. Era temprano. Eran las siete de la tarde. Pensé que, mientras subía, sería suficiente, me bastaría hasta el anochecer para acabar alguno de mis textos. No lo sabía, pero me equivocaba, nada puede pasar como lo esperas o, no sé, quizá sí lo supiera y algo me dijese que, por eso que supimos un momento antes de comer, ya no sería posible recobrar aquella tarde. Pasaría demasiado tiempo. Y la oscuridad.

            Me vi arriba y me detuve y me quedé mirando absorto un trozo de papel olvidado ayer por recoger del suelo y tirarlo a la basura antes de abandonar a medias, y sin corregir, algunos textos pendientes aún por entregar en una fecha próxima. Papeles por toda la mesa, papeles llenos de palabras, con correcciones, marcas, subrayados y, en mi ordenador, documentos aún abiertos pendientes de una revisión, textos y más textos por todas partes, muchas palabras y todo tan vacío, tan sin sentido. Borradores, esbozos, pedazos, partes sin definir aún de no sé bien qué historia. Sabía mucho antes de subir que para abandonar y regresar abajo al dar las diez cuando ya no pudiera soportar más tiempo, en la penumbra, la luminosidad de la pantalla debía concluir, debía cerrar al menos un capítulo, y recoger aquel trozo de papel.

            Pero no, me quedé quieto allí, en el último escalón, absorto en un pedazo de papel, sin nada que decir, sin nada que escuchar, sin nada que pensar. Y un momento después, que no sabría cuándo, ni por qué, noté un calambre que me liberó de esa parálisis y entonces recogí, y arrugué, aquel descuido e hice, con mis dedos, una minúscula bolita de papel que miré mientras giraba entre mis dedos buscando una bolsa negra que tardé en localizar entre tantos objetos porque, tal vez, no le gustó a la bolsa aquella luz que entraba a través de la ventana y eligió ocultarse o porque, tal vez, miraba yo donde creyó mi recuerdo que dejé la bolsa y susurrando, mi recuerdo, me guio donde solía dejarla, acumulando polvo, a la espera de engullir cualquier objeto u otra bolita de papel, pues son, estas enormes bolsas negras, las únicas que guardan celosamente mis secretos y mi olvido. Y ocupó al final esa bolita, aquella que naciera entre mis dedos, cuando hallé la bolsa, con paciencia y sin nada que objetar, su sitio. Dejé la bolsa en el mismo lugar y abierta, como la encontré. Aún no estaba llena.

            Volví a quedarme en blanco, con la mirada perdida en el abismo negro del vientre de esa bolsa inmensa. En silencio me preguntaba ¿qué vine a hacer aquí arriba? No me podía contestar. No podía mientras miraba, solo miraba, aunque fuera otra la impresión que diera, esa impresión de algo intencionado, meditado, esa impresión de estar buscando, a un lado de ese cuarto enorme y tan pobre de luz, y al otro, un poco más iluminada, una respuesta, yo no podría saberla, esa respuesta que me hizo subir, esa respuesta que me trajo a este lugar donde tantas veces encontraba cierta tranquilidad, o quizá no, ahora no, no en este momento que pensar no puedo, pensar, me decía, yendo de un lado para otro, perdido, desorientado, volviendo lenta, pero inexorablemente aquella oscuridad que me ocultó a las diez, ayer, aquel pedazo de papel y todas las palabras.

Inside the Spirals
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Aquellos tonos grises

Pensaba, muy lejos de su escritorio y en el único y pequeño balcón donde, mirando con frecuencia a un cielo tantas veces, aquel año, cargado de humedad, como enfrentado a un sol que le niega o que le impide que asome, que alumbre con algo de luz al mundo, pensaba, apreciando aquellas tonalidades grises, se lamentaba de lo que ya le era una certeza, una seguridad considerar a su escritura de patética. Pensaba, y no otra cosa, que era cierto, que era incapaz de pertrechar, así se oía en su cabeza, incapaz de, ¿de qué?, de no sabía qué cosa a la que daba vueltas, pero qué, no daba con ello, no daba con la imagen, con el verbo, con cuanto deseaba describir reduciéndose a lo mismo, pues ya solo era un fracaso, un fraude, no le quedaba nada dentro o al menos es lo que sentía.

Pero insistía y, bueno, puedo hacerlo, se decía, y se engañaba tal vez o, tal vez es lo que deseaba, ¿puedo escribir algo que merezca la pena, que me deje satisfecho, que convenza?, no por cierto, y siendo honesto, porque creía conocer el talento, la excelencia, el buen hacer, pero de ahí a ser capaz de, no, capaz ya de nada, ya no, de alcanzar nada, imposible, ya no llegaba. Carecía de imaginación, de creatividad, de ambición. Sentarse todas las tardes a la mesa para ponerse a escribir después de levantarse agotado porque por las noches ya no hay luz que le ilumine, ni descanso, ni horas que le rehabiliten, levantarse casi al mediodía, regresando aún no sabía por qué, ni cómo, a otro nuevo comienzo, una rutina como es la suya, esa que se impuso sin la fuerza, carácter, voluntad que necesitaba y que sin ella acababa, casi siempre, al borde de un ataque porque una tiránica exigencia no le permite encontrar el modo de finalizar un texto, sin apenas tiempo ya para su entrega. No le quedaban fuerzas, ningún resto ¿Qué hacer, entonces?, se decía una y otra, y otra vez, ya solo queda renunciar y sé que lo voy a sentir, sí, pero he de acabar definitivamente, es necesario y aún estoy a tiempo, seguía pensando casi en voz alta sentado hacia la mitad y el centro de una gran escalinata, espacio que encontró vacío, soleado y apetecido para un momento de meditación y descanso. No dejaba de repetirse que deseaba un cambio, quería acabar con tanto vano esfuerzo y, por qué no decirlo, tanto tedio, se decía algo sorprendido por la honesta confesión que nunca, cualquiera que le conociese, le hubiera oído pronunciar de sus labios no hace, aún, o sí, demasiado tiempo.

Y demasiada gente, creyó, iba y venía ahora, fluctuaba igual que las mareas, que los valores de la bolsa, pensó esbozando una sonrisa cuando le distrajo de sus pensamientos una voz que no entendió, la voz de una mujer gesticulante, inquisitiva casi, mirando en esa dirección en la que se encontraba él, sentado, algo inquieto y en sus cosas, y de la que ya no fue posible, no supo o no pudo, ni consiguió quitarse ni un instante de observarla con todo el disimulo, eso sí, de que fue capaz, llamando a otra persona de un grupo sin soltarse del brazo de su acompañante, otra mujer de más edad con la evidente intención de alejarse de la escalinata o regresar quién sabe a qué lugar, dando a la vez una impresión de hartazgo o de impaciencia. En el ejercicio de sus fuerzas ganó la madurez y se alejaron, tal vez debiera regresar a casa él también, se decía, y antes de ponerse en pie buscó en su bolso su cuaderno de tapas negras y un bolígrafo para anotar aquellas frases que pensara antes de la distracción que fue con la mujer. Solo pudo anotar la fecha y una forzada frase mirando de hito en hito como alcanzaba en poco tiempo, el cielo, aquellos tonos grises. Lo había olvidado todo.

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Adónde ir

Caminaba por las calles a pesar del frío, de no saber adónde ir ni de la certeza de la inutilidad de sus esfuerzos por volver atrás y propiciar la reparación de ciertos errores que, estaba convencido, no eran solo culpa suya. Por eso la buscaba desde que acabaron separándose, con tanta violencia, un momento antes, tan solo, de la llegada de sus amigos.

                Recordaba, sin dejar de caminar, cómo ella se puso en pie y oía salir de su boca, con un tono y una fuerza que le sorprendió de tan menudo cuerpo, toda clase de insultos y reproches que pudiera imaginar o recordar. Cayó casi inmediatamente, con brusquedad, llevándose las manos a su rostro cubriendo el súbito torrente que aquellas diminutas compuertas de sus ojos no pudieron contener y al acercarme yo, con una mezcla ambivalente de sentimientos, y sin saber muy bien qué hacer, me puso una barrera inmensa, infranqueable, con su pequeña mano, recogió después algunas cosas, no sé si lo que estuvo a su alcance o lo que necesitaba, abrió la puerta y la cerró al salir.

                Él se quedó paralizado, no supo reaccionar hasta que oyó sonar el timbre de su casa y aun así no contestó inmediatamente, no, seguía como aturdido, necesitó de unos instantes para darse cuenta de en medio de qué circunstancias se hallaba.

                Seguían llamando, fue a contestar, pero ni oyó ni habló ni pudo recordar si les abrió la puerta a sus amigos. Venían a cenar esta noche de Reyes.

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Si tú supieras

No eligieron cómo, ni dónde, ni a través de qué o cuál medio, conocerse. Solo propusieron decidir, entre ellos, sinceridad, respeto, honestidad, si ello fuera posible bajo un singular y mutuo acuerdo que fueron construyendo como era mostrarse, todo ello públicamente, detrás de una imagen y un nombre falso que no les descubriera ni relacionara y recurrir a otros medios para contactar, pero ya de manera privada entre ellos, donde pudieran conversar por mensaje o llamadas telefónicas y todo, armados de paciencia, para concertar una cita, un día, cuando la ocasión y cierta confianza y conocimiento entre ambos, fuera propicia. Hasta entonces dejarían, en último lugar, conocer el aspecto físico de cada uno pues antes deseaban aprenderse, disfrutarse, entristecerse o sorprenderse con cuanto se contasen.

        La distancia que mediaba entre ellos, que era enorme, menguaría un día para su primer encuentro y, quién sabe, tal vez se decidieran por partir juntos en vez de volver, a sus respectivos hogares, solos.

         Alguna vez, en medio de una conversación, alguno de los dos, Laura o Luis, pensaba qué extraño pudiera parecerle todo esto a sus amigos si supieran de esta relación. Dos que reconocen, por vagos indicios, haberse conocido o coincidido de un modo singular, en uno de sus muchos viajes, visitando toda clase de lugares; descubriendo, con el tiempo, que han podido encontrarse muy próximos, cuando recuerdan, casi al alcance de sus manos, pero sin saberse siquiera, tan absortos caminando por salas largo tiempo abandonadas, aunque tal vez recordaran una mirada, el timbre de una voz o algún gesto singular, quién sabe si no era, si no es tan solo uno de esos extraños, incomprensibles deseos que se les atribuye siempre a los demás. Y es que, quizá por cierto desencanto en el amor, quizá por alguna muy personal intención de no volverse a complicar la vida, pues con la edad y la experiencia valoraban notablemente su espacio y soledad y no es momento de volver a comenzar, de volver a estar en compañía. Todo esto ya no era algo buscado. Todo esto fue una sorpresa que aún no saben si la quieren para sí, quizá todo se acabe en nada al encontrarse un día.

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Foto tomada de Pexels

Vuelve el pasado

No sabía qué hacer a pesar de tener aún muchas cosas pendientes, tampoco adónde ir, así que salí a la calle a practicar uno de mis placeres predilectos, caminar sin rumbo.

            Al cabo de no mucho de mi caminata oí una voz que me llamaba, una voz familiar que llegó a estremecerme, al reconocerla, una voz perteneciente al pasado. Miré y, con sorpresa, supe que eras tú, Alberto que, con una cerveza en la mano y acodado en la puerta de un bar, me saludabas desde el otro lado de la calle. Sonreí, quizá porque soy propenso a ello, procurando no dejar traslucir mi sorpresa, y una cierta violencia, y me dirigí sin demasiada prisa, casi con desgana o incomodo hacia él sin pretender en ningún momento quedarme a tomar una copa o pasar por el mal trago de, posiblemente, las muy previsibles presentaciones de sus conocidos a las que me sometía disfrutando con ello de mi sufrimiento por mi conocida misantropía, pero, muy a mi pesar, Alberto junto con una conocida de ambos, Claudia, me sujetaron por las manos con firmeza nada más hallarme a su alcance y me vi arrastrado al fondo del local donde un grupo de personas conversaban animadamente, algo debían celebrar aparentemente o, tal vez, todo era puro teatro, un falso encuentro donde actuaban como si hubiera hecho demasiado tiempo desde la última vez que se encontraran y yo fuera su principal objetivo.

            No sabía si soltarme con brusquedad o dejarme llevar obedientemente. Accedí al fin y llegamos Alberto, Claudia y yo, su rehén, al final de la barra donde dio comienzo mi sufrimiento, la ronda de las presentaciones. No conocía a nadie, pero a ellos no parecía importarles o, de tanto oír de mí, no bien ni mal, quizá se hicieran ya una idea. Tras tan larga y algo confusa presentación me pidieron algo de beber, aún no sabía si todo esto tenía algún propósito. Alberto no sabía que, hacía ya demasiado tiempo, no probaba una gota de alcohol y mucho menos el porqué lo dejé. Mientras negaba su ofrecimiento y pedía yo otra cosa le oí nombrar a Alberto a alguien para que viniera a conocerme. Me sobrecogí, no podía, ni quería imaginarme, por lo que oí, a su interlocutor, evidentemente no estuvo en la lista de los presentados y al llegar a nosotros, de qué sé yo qué lugar de aquel local enorme, me llamó Alberto, me giré y me presentó a Javier. No pude evitar un torpe mohín de sorpresa y malestar. Alberto no sabía que conocí hace años a Javier y resultaba evidente que jamás le habló a nadie de nuestra ya defenestrada amistad que, debido a mi torpeza, acabé destrozando, pero aquellos eran otros tiempos y, en estos, yo, tan ignorante de todas las cosas, procuré seguir las más elementales norma y corrección que el temor más absurdo me dictaba.

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Fotografía tomada de Pinterest

Secretos

Una mañana de tantas, fría y sin horarios fijos, sobre la mesa, testigo de breves encuentros, desavenencias, silencios, la misma que hoy, igual que ayer, donde aún permanecen restos, sin recoger, de una probable y frugal cena cubiertos, como consecuencia quizá, de algún indicio vehemente, que otros restos, pedazos de historias, fotografías, palpable delación en blanco y negro, y en sepia, son secretos hoy a voces y, también, catástrofes humildes esparcidas por el suelo en mil pedazos afilados fruto de la siempre ciega ira que no escucha, que no ve, ni para, siquiera sea por descubrir, un enigma, ese que me llevó a encontrar, de nuevo, tus enormes, y glaucos, ojos, ahora ya sin vida, una mañana, digo, te vuelvo a visitar y nadie me recibe.

Imagen ojos verdes, texto Una mañana.
Imagen tomada de Pinterest

Recito de memoria

Creo que no me ha oído pues suele recibirme con bromas al llegar a casa o se acerca ruidosamente por el pasillo cuando franqueo la puerta de la entrada, con una deliciosa sonrisa a esperar que la bese, o asoma con una densa vaharada por la puerta del baño y me provoca y me frena y me pide, a la vez, cena para dos lista en diez minutos que es el tiempo que calcula hasta salir y conquistarme encaramándose sobre mí, por eso, por esta ausencia, pongo todo mi cuidado en mi sigilo y voy de un lado a otro de la casa en su busca hasta que alcanzo a ver su torso encamisado, su pelo recogido en un precipitado moño y una luz algo amarilla y poco intensa iluminando un libro que sujeta abierto ante sus ojos elegido de entre tantos otros de esa nuestra pequeña biblioteca. La observo quieto, silencioso, preguntándome dónde se halla en este instante. Pasa las páginas del libro buscando algún fragmento, un subrayado, algún apunte en uno de sus márgenes, el índice, el prólogo, vuelve a mirar el lomo del volumen y lo devuelve a su lugar y toma el que hay al lado y lo abre de igual forma, en alto, frente a sus ojos, buscando que la luz llene la página y ahí, en ese instante lo cierra y recito de memoria, mientras cierra muy despacio el libro, unas palabras de perdón.

Todo lo que quiero contarte

Hablar, quise tanto hablar, tantas eran mis ganas y mi necesidad, tanto buscarte, tanto llamarte, reclamarte tiempo, ser tan egoísta, solo yo, no es otra cosa, escúchame, es un momento que deseo prolongar al que me aferro y que reduces bruscamente, tanto, que me duele, y me preguntas y no sé qué decirte. Y ahora, ahora quisiera hablarte si te viera alguna vez, pero ya ves, he consumido mi necesidad o no existió jamás y si me cruzara contigo por la calle y no dijéramos adiós aún, me alegraría de verte y te sonreiría, respondería tus preguntas, siempre fuiste muy curiosa, sin apartar de tu mirada, la mía, pensando todo lo que quiero contarte y preguntarte con mis labios cerrados.