Una contradicción

Nombra un lugar famoso o una ciudad que esté cerca de tu casa y que todavía no hayas visitado.

Soy una contradicción, pero no sé si me invalido. Soy un sí ahora mismo y un no, poco después. Quiero comer, no tengo hambre; dormir, cuando mejor está una serie; perder el tiempo, ahora, que no tengo. Soy una contradicción adrede, unas veces, y otras circunstancial de tiempo, modo y de actitud ¿o es por contradecirte? Como viajar. No viajo nunca porque miento diciendo que ando justo de peculio, o solo un poco; pero esa mentira oculta otra verdad, que es la pereza aquello que me adhiere al sofá ¡qué cosas, por ello, llego a perderme! ¿Y cuando me obligan a viajar?, porque me obligan, todo sea dicho, reniego, blasfemo y vitupero hasta agarrar esa circunferencia y escuchar el ronroneo del motor. Y entonces solo pienso en viajar más a menudo, hasta que vuelvo a recordar el tono deplorable de mi cuenta y pienso que estaría muy bien aquello de viajar y conocer lo que jamás he visitado, sentado en mi sofá.

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Si no me sale al paso

No me funciona así, no suele funcionarme, no. Escribir directamente y como conociendo el tiempo, la gente, las circunstancias; lo que imagine o sienta; aquello que voy a decir; lo que me pase por la cabeza y decida que es dueño de sí, que toma mi control, como me ocurre a veces, o no, con cuanto escribo de lo que pasa y quienes pasan por el texto; de aquellos que se apropian y actúan por sí mismos. No me funciona, lo sé, no suele funcionarme cuando me equivoco y escribo directamente, me bloqueo y borro, tacho, rompo hasta que, si algo no me sale al paso, abandono.

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Conversaciones

Hace ya mucho que no suelo hablar con nadie como solía hacerlo a los dieciocho o veinte años; paseando hasta las cuatro de la madrugada; escuchando y sintiendo que me escuchaban, sin saber que esos momentos ya no volverían, no como entonces, no, ya no serían lo mismo. ¿Y ahora?, ahora suelo escuchar, sonrío, soy amable. Siempre estoy bien, si me preguntan o, si logran entrar porque les permita, ni bien ni mal y callo un segundo, y soy yo entonces quien pregunta, comenta, distrae hasta que ya no existe un interés por mí porque hace ya mucho que no suelo hablar con nadie como solía hacerlo y lo echo de menos, aunque ahora no quiera hablar con nadie y hable mucho, sin embargo, y a pesar mío; pero conversaciones de esas que llaman de ascensor, donde las bromas, donde me cuentan, donde se desahogan porque no todo es bromear aunque solo a veces sí son risas y otras veces sí son tristezas. Se me da bien escuchar y algo de consuelo sí doy, o apoyo; pero de mí no sale nada más, apenas. Y cuando alguna vez me siento con la obligación de abrirme, porque presionan, porque reprochan, porque quizá me importe quien de algún modo me acorrala con todo el derecho, o el temor, sucede que, sin querer y cuando me abro, me descubro más tarde y me callan sin saber que lo hacen, me callan cuando quiero contar algo personal de mí y vuelvo a callar, enmudezco, porque no importa, ya no me importa, y no duele porque hace ya mucho que no suelo hablar con nadie como solía hacerlo, hasta las cuatro, escuchando, solo escuchando y sin saber…

Divago

Enumera cinco cosas que haces para divertirte.

Pienso en ello constantemente, o quizá no tanto y es solo alguna vez, de vez en cuando y por eso no recuerdo con qué me divertía yo, si es que alguna vez me divertí, aunque sí sé con qué no, cuando niño, porque después se iba haciendo confuso todo, un infierno, a veces (dicen que exagero mucho). Sí, lo decían, cuántos problemas los míos, y yo sin recordar con qué me divertía, si es que fui niño, acordes cuerpo y alma, y no el alma de un infame gruñón (que cara de ello tengo ahora) en algo diminuto. Me río porque me imagino mi alma, de un Benjamín Burton, en un pequeño y frágil cuerpo de niño. Mi alma rejuveneciendo mientras envejece mi cuerpo, quizá sea así y no recuerde, no sepa, que es divertirse, o con qué, aunque me ría hasta llorar y grite y hable solo…

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Pasto de las llamas

Hoy no he dejado nada escrito para mañana, ni una palabra, ni un esbozo, nada, y es casi medianoche, y llega el sueño poco a poco, esa marea que cierra mis ojos y nubla mi mente mientras sigo sentado aún en una habitación a oscuras donde un lámpara minúscula mantiene a salvo un folio en blanco, de las sombras, también de mis palabras. Hoy no he dejado nada escrito y, sin embargo, escribo en ese folio en blanco hambriento de palabras hoy, y mañana, pasto de las llamas.

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Las letras de tu nombre

Escribe sobre tu nombre: su significado, importancia, etimología, etc.

Pendiente de las cosas a su alrededor que apenas si le importan, escucha atento y sin querer unas explicaciones que alguien da en un grupo de personas, sentadas a su derecha, sobre el significado, origen y no sabe qué posibles cosas más, de sus nombres, de forma gratuita. Al terminar con uno de ellos, quien busca la atención calla y espera la primera reacción. Se miran los demás sin saber qué hacer hasta que uno suelta una exclamación; otro unas risas; aquel que no para de moverse, burlas, porque no toma en serio nada y menos si se creen que pueda ejercer el nombre alguna influencia en alguien. Quién los escucha sonríe pensando en el suyo, y reconoce absurdo el reproche a sus padres en la elección de su nombre. Se levantó y dirigió hacia ellos presentándose con una pregunta muy simple, si soy resplandeciente, dorado ¿quién soy? Tuve que huir de allí, literalmente…

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Juegos de mesa

Nadie de los de aquella casa, un numeroso grupo de amigos, imaginó tan inesperado y violento cambio del tiempo, pocos minutos antes de salir al campo. Que se truncase esa escapada, acordada desde hacía ya dos semanas, no fue aceptada hasta pasado un tiempo y su sorpresa, y con resignación mal contenida por casi todos, mostrando su fastidio. Solo unos pocos, con caras de póker, se alegraron, no era posible tanta solidaridad. Uno de esos aliviados falsos jugadores era el dueño de esa enorme, antigua y con dos plantas, casa, con recursos conocidos, y suficientes, por sus más cercanos confidentes como para alojarlos en sus habitaciones, entretenerlos, o pecar según sus debilidades. Una de estas personas, Eva, quiso evitar que la tormenta les llegase dentro pidiendo ayuda para la cocina, el día podría ser largo y vendría bien que alguien preparase la comida, juntándose al fin, alguno con idea de tomarse un aperitivo con una cerveza, cinco personas. Les observó y al ver lo bien que se desenvolvían regresó a la sala principal a rescatar a alguno más del tedio y fue al oírle decir juegos de mesa cuando al instante, de pie y dispuestos, otro pequeño grupo se dirigió tras Eva hacia una sala donde hasta una mesa de billar se disputaron. Satisfecha por unas dificultades derrotadas no le quedaba más que un grupo reducido que seguían ya al dueño de la casa a su refugio, una pequeña sala de cine donde solo les costó unos minutos elegir qué ver. Todos estaban ocupados, todos absortos en algo hasta que el hambre, la curiosidad o lo prohibido obligan movimientos.

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Mezquino

Bebió tres chatos, a él no le pusieron copa, de un Mezquino tinto con unas carnes flojas y escasa guarnición. Permaneció callado y atento mientras servían los platos. Esperó no ser de los primeros en atacar la carne, evitando esa impresión glotona o ansiosa a quienes no le importaban un ardite, cosa muy cierta, sin embargo, la de comer con tal desorden y agitación. Después de unos bocados y unos sorbos un tanto apresurados se relaja, sonríe y retrepa en su silla. Mira con cierto brillo a su alrededor. Desanudando su lengua con torpeza, comienza a bromear. En su mesa, sus vecinos le observan atentos, sorprendidos y alguno un poco cómplice. Pero el, al principio, callado y atento comensal no pierde la atención y escucha ojo avizor, aunque con una lucidez no en exceso menguada, una conversación en la que no duda en intervenir sin olvidar su diversión. Escucha unas palabras que dice ser equivocadas y corrige sin que le pidieran su esforzada e inútil opinión. Opta por claudicar porque se siente felizmente derrotado ante un no lo entiendes o un gesto repetido de fastidio. Vuelve a sus bromas, su plato y su Mezquino.

Preferiría no hacerlo

Leyó unas páginas de uno de sus libros amontonados en un extremo de la mesa hasta sentir lo que esperaba como una necesidad de decir algo, de añadir de sí una palabra o una imagen o, también, una sensación que le rondaba. Comenzó a escribir en un folio con orden, cuidado y acostumbrada precaución de no olvidarse del momento anotando, en esa esquina superior izquierda preferida, la fecha, lo primero, y unas frases después hasta frenar en seco. Ya no podía seguir. Era un folio, un simple, valioso, necesario folio, una inmaculada superficie hollada con un garabato suyo, un menosprecio abandonado más tarde en una caja de cartón con otros muchos folios mancillados, engullidos, olvidados. Debía escribir en su cuaderno, mucho más importante, valioso y, sobre todo, presente. Apartó aquel folio pensando en él más adelante como un apoyo, tal vez, o ya vería de qué otro modo, buscando al mismo tiempo su cuaderno negro en el extremo de la mesa donde el montón de libros abandonados que encuentra, abre y anota, sin pensar, al comienzo de una línea, la fecha y escribe de nuevo y sin parar porque un relato se adelanta a esa necesidad suya de decir algo o de añadir de sí una palabra o una imagen o una, quién sabe qué o cuál sensación que le rondara, aunque con el mismo cierto orden y cuidado y precaución contra el olvido. Enfebrecido, siente de la mano al tiempo y su escritura. Cayó la voz en su cabeza y el sonido del reloj, paró de un modo abrupto, doloroso. Leyó su texto sin llegar al fin. Volvió a leerlo, aterrado. Ante sus ojos palabras o garabatos sin sentido, sin orden, merecedor de una muy dura enmienda o destrucción que, sin embargo, sería incapaz a su cuaderno negro. Creyó que era un obstáculo, el abismo, sus miedos. No pudo continuar y suspiró pensando en su relato.