Símil geométrico

Quiero escribir pero, de momento, no se me ocurre nada. Bien es verdad que le he dejado el peso de esta actividad a la ventura, la inspiración, los hados o lo que sea que carguen, o les demos esa carga. Una tarea en la que yo debo ocuparme con, a saber, lecturas suficientes, búsqueda, meditación, esas virtuales sustancias nutricias para el alma, quizá, que, aunque de nada sirvan, o nada en absoluto, puedan ponerte en una imagen, un verbo, un estado propicio al acto de escribir. Otra cosa es que uno acabe satisfecho como cuando se sacia el apetito; mitigue, con reposo, el sueño o el cansancio; o con la conclusión de toda obra llegue la oportuna gratificación.

Escribir, ese acto tan sencillo, y dificultoso. Se puede escribir, por supuesto, porque escribo, y sobre cualquier cosa, pero no cualquiera sirve en absoluto. Una palabra, y ya he escrito; una frase y he dicho algo congruente, tal vez; palabras sobre una superficie, eso es ya explayarme. Qué cosas, pensar en la escritura como si le encontrara alguna similitud, o parecido geométrico, con el punto y una palabra; la frase y una línea; un largo, extenso, párrafo y una superficie. Y todo esto ¿para qué?, ¿para decir qué?, ¿para contar qué? Aquello escrito, si algo hubiera ¿es para ti?, ¿lo es para mí? Vanidad, reconocimiento, desahogo, placer, conquista, quién sabe qué, aunque se diga que sean mil razones, o no tantas, para tanto intento de verterse o deshacerse en unos signos que nos signifiquen.

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Y en silencio

Paró un vehículo frente a las puertas de un pequeño bar donde trabaja un camarero de mediana edad que, a esas horas, está solo y aprovecha tan mudable soledad para recobrar el orden y limpieza del local antes del próximo oleaje (sonreía por su ocurrencia) que le llene, ensucie y desordene, hallándose a salvo, entonces, al otro lado de la barra para volverse a quedar de nuevo solo más tarde y deba, nuevamente, restaurar el orden de su plaza. Se encontraba en esto cuando levantó la vista y vio, entre curioso y distendido y parapetado al fin tras las defensas, que avanza, abre la puerta y entra en el local una joven mujer que se dirige a él con un saludo y una petición, pide, del tiempo, una botella de agua para llevar. El camarero atento a su clienta responde, asiente y ausenta en busca del preciado elemento que le entrega, cobra y todo se detiene, en ese momento, en ese intercambio (un instante tan solo), cuando se miran a los ojos.

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Ya nadie mata al mensajero

Hay quien lo tiene claro y sabe por qué escribe. Hay quien lo tiene claro y goza, o sufre, en proporción dispar. Yo era uno de aquellos, de los primeros, de los que lo tenían claro, qué tiempos, gozase o no de la escritura. Gozaba escribiendo porque sufría de amor, o por su culpa, y escribía, escribía sin parar, sin pensar, sin saber quién era yo, lo que escribía, ni para qué, solo el dolor hablaba, ese dolor, el mío, que no era tal en realidad. Eran la soledad, la desazón por mis carencias afectivas, la indiferencia de los otros. Entonces era la escritura porque era más fácil y cobarde escribir y mandar tus palabras con un mensajero, al que ya nadie mata, que dar la cara y hablar sin tapujos, desnudar tu alma, despojarte de caretas, fortalezas, mostrarte, saberte vulnerable. Pero hoy, ahora, estoy cansado, muy cansado, y sigo envidiando a los que tienen claro y saben por qué escriben y gozan, además, de la escritura.

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Corre, corre

Cuando el observador lo vio se llevó una mano a la boca para contener un grito, una exclamación o contener las energías necesarias para recorrer una distancia impuesta y comunicar que lo ha vuelto a hacer, que lo ha hecho, lo sigue haciendo y corre, corre precipitadamente, golpeando, golpeándose, doliéndose con los impactos, con los insultos, con un final, tal vez, con un principio o con la duda y el extravío, con no saber, el observado, si ha de continuarse o si ya debe ponerse el fin.

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Ana, y alguien al otro lado

Ana cierra la puerta, ya está del otro lado, sola, bajo un cielo a punto de verter sus aguas, pero no cede, aunque dude, y se dirige a la cancela para sacar su coche mientras comienza el preludio, gota a gota, de una lluvia anunciada. A punto de marcharse ve a su izquierda, dentro ya de su coche, el rostro de alguien ocultándose en las sombras. Un escalofrío le recorre el cuerpo y duda, marcharse o avisar a Juan. Resuelve, con grave precipitación, la lluvia que deforma y desdibuja. Activa el limpiaparabrisas e inicia la marcha, ‘vuelvo enseguida, Juan’.

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Alguien, al otro lado

Alguien, al otro lado de la calle, lee en voz alta un viejo libro. No lee mucho, ni muy deprisa porque se distrae mucho y con cualquier cosa, ya sea un ruido, una voz, sus fantasmas, por eso lee, se obliga a leer. Alguien, al otro lado de la calle, se queda suspendido en el instante evocador de una palabra, el tic tac de su reloj, la lluvia que no cesa. Alguien, que ya perdió interés por la lectura, vio, al levantar la vista, una puerta que se abre.

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Juan y Ana

Sintió el abandono de Ana, su alejamiento abriendo, Juan, sus ojos en vano, pues nada distinguía, pero no se alarmó ya que supuso que no aguantaría acostada ni un minuto más. Buscó, a tientas, la manta que Ana rechazaba siempre (demasiado calor, decía), cerró sus ojos y se arrebujó en la cama, aún era pronto para él. Llueve y seguirá así durante todo el día le dijo Ana al verle vestirse más tarde. Un día de penumbras, pensó Juan. Ana, que estaba lista para salir, cogía sus llaves y se despedía con un beso.

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Ana y Juan

Persistía la oscuridad cuando despertó Ana. Quiso saber qué hora era. Temía que fuera insomnio, otra vez, pero aliviada vio que no fue su despertar desvelo, sino rutina. Eran las siete de la mañana. Salió despacio de entre sus sábanas y se dirigió al baño, a tientas. Dos horas más tarde entró Juan recién levantado, en la cocina, y sin decir una palabra. Ana, más llena de energía, viva y habladora, le dijo que saldría un momento de casa, mientras él desayunaba. Se despidieron con un beso.

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