Pelea de gatos

A primera hora de la mañana, un hombre abre la puerta de una nave y entra dudando si esperar en su oficina. Se sorprende del tiempo que ha pasado contemplando, a través del enorme ventanal, el mar, al mirar sobresaltado detrás de sí por la ruidosa actividad de numerosos gatos, los actuales inquilinos, y su reloj. Es en el fondo igual, se dice, que en sus comienzos; mientras trata de localizar la zona, el barrio, la voz que oía, de quien es hoy su mujer, desde que al fondo de una oscuridad un puñetazo certero, y último, le enviara. Un verano menos caluroso, sí. Era una situación peor, nadie te echaba un guante; nadie daba un duro por nadie; nadie creía que podrías ganarte la vida de un modo honrado. No les faltó razón y esperó paciente el reclamo de antiguas deudas; pagaría hasta la última gota. Al llegar la noche, sentado en su antiguo sillón, oyó llegar los coches de quienes entrarían buscando un lugar, un control de aquel enorme espacio, dejando el centro de la nave libre para su jefe y sus hombres de confianza. Le llamaron cuando ya iba bajando silencioso, aún a oscuras, a su pasado.

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En tercera persona

Me he despertado igual que en los últimos días, sin oír apenas un ruido y con los dolores habituales de espalda.

Cuando hube revisado el correo, mandado mensajes esperados, todo, después del desayuno, y tomado ese café con el que inicio mi trabajo pienso, tercera persona, quizá funcione así, en tercera persona, y repaso mentalmente el texto que recuerdo, la historia, un tanto modificada. Pero al sentarme a escribir vuelvo a tener dificultades con el comienzo, con las primeras frases.

                Me quito las gafas y miro al frente. Hay, no muy lejos, una arboleda que vibra y oscila de un lado al otro por las fuerzas inconstantes del viento. Veo, algo borroso por la miopía, sobrevolarme un ave, que apenas distingo pero que reconozco por el sonido que sale por su pico, que se dirige, en un vuelo recto que, al llegar a las partes más altas de aquellos árboles, desvía en una curva ascendente hasta una rama que se me oculta entre otras tantas, o entre sus propias sombras, si cesa el viento.

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