Mi lío gordiano

Imagen tomada de Pinterest

Desde que terminé con todas las razones cogidas al vuelo con que oportunamente retrasar la lectura de una de las tres o cuatro novelas empezadas; la entrada pendiente de mi diario iniciada con tan solo la fecha; el estudio de uno de los pocos, y de mi interés, temas programados; ver de una extensa lista la última película que un tráiler, comentario o recomendación, cautivara mi atención, con todo, me pregunto si aquello que digo que me gusta y que me obligo a hacer en realidad, porque, me digo, pasar sentado en una silla, en un sillón o tumbado en la cama todas mis horas libres, me hacen sentir que son todo un delito, una vergüenza además de una verdadera, esto lo reconozco, pérdida de tiempo, pero ¿qué tiempo?, y ¿por qué hacer nada?, ¿con qué objeto?, rumio vacío, tanto que no tardo en darme cuenta de mi abandono, cuyas consecuencias sentiré al abrir la boca al preguntar, contestar, mantener una conversación y oír cómo un sonido apagado, torpe, desordenado y sin sentido sale por entre mis labios que querré ocultar tras una mascarilla negra, a poder ser ¿y entonces?, llego a darme cuenta que todo esto son excusas con que retrasar lo que me obligo hacer, pero, vuelvo a decirme, ¿por qué?, ¿para qué? Es tanto el ruido que hay en mi cabeza. Cierro en ese momento, decidido, la puerta del cuarto; bebo un buen vaso de agua fría; preparo mi primer café y sin pensar cojo un libro, uno de varios con el que continuar la lectura, una novela que empecé hace tres semanas y de la que llevo leídos, busco el número de la página, veintiséis tan solo, soy de lectura lenta, avanzo muy despacio cuando no me distraigo; o elijo un libro de cocina con el que practico para cuando me echen, todo es posible, de esta casa; o me levanto porque hace calor y abro una puerta, una ventana, con mosquitera, o me descalzo; o enciendo el teléfono para buscar en el diccionario un término del que me olvido porque hay muchas notificaciones y leo mensajes, veo vídeos de youtube, termino algunos puzles. Y veo la hora, ¿cómo?, ¡qué tarde es!, me digo, sentado, con ganas de un café, ¿cuántos llevo ya?, será el segundo, mirando a mi derecha ese montón de objetos, esas figuras regulares, los libros sin saber ¿con qué me pongo ahora? Y es otra novela empezada al azar, lo que elijo, dos capítulos puedo leer porque debo estudiar, pienso abrumado, no sé qué hacer ahora, me asfixio al ver ensayos que no he comenzado aún. Me levanto y salgo a que me dé un poco el aire, camino por el pasillo, friego dos platos, un cazo de leche, tres cubiertos y vuelvo a sentarme y a leer en voz alta un libro de relatos. Me entretengo con los primeros textos y veo pasar, a mi izquierda, sobre la pared blanca de la cocina, una sombra que me asusta, pequeña, fugaz, que no consigo reconocer, en dirección descendente, como queriéndose ocultar debajo de la mesa, pero sigo leyendo y no me agacho porque un malestar, quizá el estómago revuelto o tal vez un mareo o simplemente hambre; anoche no cené y durante la merienda ingerí solo una rodaja de melón, después fui a caminar durante más de media hora y antes de acostarme, lo de costumbre, un vasito de agua y un puñadito de avellanas. Termino, cansado, tan exigua dosis de ficción y tardo en decidir con qué libro continuar salvándome de elegir esas mis necesidades fisiológicas de pasar un minuto más sentado a la mesa cruzando de un extremo a otro, sin dudar, el pasillo donde una ventana, justo al final, permite que vea o que imagine, según mis ánimos, yo ya veré al llegar, el viaje es largo, una porción de realidad o una pequeña historia que escribir en mi cuaderno.

5 comentarios sobre “Mi lío gordiano

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