Se tiró al suelo y esperó unos instantes, quieto, atento, aguzando el oído. Nada. Había dejado de llover hace un momento. El aire en calma, ningún sonido salvo el canto de mirlos y gorriones y algunas voces lejos de aquel lugar donde se encontraba sentado, leyendo otra novela, con su café, a la espera de aún no le dijeron qué, y aquel sonido. Reaccionó tarde, asustado, un arma con silenciador, se dijo, mientras se ponía en pie, recogía su libro y volvía a sentarse, inquieto, en el sillón en el que pasaba largas horas, si el tiempo lo permite, leyendo en su jardín. Se preguntaba, qué fue aquello y se giró buscando el origen, el destino, algo. Búsqueda inútil, quizá creyó, no lo sabía, que algún otro ruido, pero, ¿qué suena igual que pueda oírlo aquí, en mi casa?, se preguntaba. Arrecia el viento de poniente, comienza a lloviznar y recoge, para evitar que se estropeen, su libro, cuadernos y un portátil con que consulta, investiga y podía recibir llamadas o mensajes. Bajó la guardia, se lamentó, tras un largo periodo, le costó admitir, en paro. Aún se reponía de sus heridas.

Deja una respuesta