El maquinista

Sale a la calle. Acusa el frío intenso, tose, se abrocha hasta el cuello, su abrigo. Mira hacia arriba. Ve las mismas motas titilando, algunas nubes. Camina. Tampoco hoy le apetece acompañar a nadie y pasa de largo, sin mirar, sin escuchar. Algo les une, como si fuera un fuego en medio de la oscuridad. No quiere reprochar, ya no. Defiende sus fronteras que miran con recelo, o respetan, no sabe y no le importa, él sigue caminando. Un poco más tarde, igual que sucede en otras ocasiones, algo le sobreviene o surge o cruza a través de él o, quizá, es él el que traspasa no sabe qué que asusta, a veces, y ve, o quiere ver lo que desea o teme o sueña o desconcierta. Hay gente por las calles, aún no es demasiado tarde, gente con la que se cruza sin mirarle, extrañarse o asustarse. No está loco, ni enfermo, ni es peligroso. Mientras camina recuerda sus primeros viajes en tren. Algo de aquellos tiempos regresa. Ve, delante de él, a unas decenas de metros, una columna blanca, de humo. Los sentidos alertas. No piensa en regresar a casa, aunque hacia allí se dirija. Busca en el cielo infructuosamente, hay demasiada luz aquí, en la tierra. Entonces le ve, al maquinista. Casi tropieza. Vuelve a mirar y no ve a nadie. Su imaginación juega con él y compone, con fragmentos, sus recuerdos. Y llega a casa un tanto cansado y defraudado. Se cambia de ropa y se echa en la cama. No duerme. Da un par de vueltas en la cama, enciende la luz, se incorpora, calza y se dirige a la cocina. Bebe un poco de agua. La luz de la cocina parpadea, precede a un apagón que llega y que, quizá, no dure. No hay que preocuparse, pero es mejor estar seguros y aguardar. Su curiosidad le lleva hasta acercarse a una de las ventanas para observar la oscuridad de la calle. Apagón general, una avería, cree. Vuelve a la habitación y se abriga, quiere abrir la ventana, sentir el frío. Con una o dos intermitencias vuelve la luz. En medio de aquella oscuridad destellan, parpadean casi todas las ventanas. En una de ellas, como al cruzar con otro tren, fumaba el viejo maquinista.

Maszynista Grot, Piotr Jablonski

Mar en calma

Contempla esa mañana el mar en calma, desde la terraza de su habitación de hotel en la tercera planta, los barcos amarrados y a quienes, no sin cierta envidia, corren o caminan o se sientan en cualquier lugar de aquel paseo marítimo interminable como interminable es su espera, ya va para dos días en esa habitación, sin instrucciones, sin nada que hacer, sin autorización para salir porque un error, un paso en falso o la impaciencia puede arruinarlo todo, aunque espera, se aloja y aferra a esas triviales cosas que suceden como el sonido de un motor que oye y le distrae y busca entre las nubes su origen y reconocimiento, la forma diminuta que se aleja y sigue con la mirada, contempla, como hiciera con el mar en calma.

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De puntillas

Se quitó las gafas, cerró sus cansados ojos y doloridos que, con la palma de sus manos, masajeó. Necesitaba estirarse, ponerse en pie. Dio tres pasos a su izquierda y alzó los brazos alcanzando de puntillas la fría barra de hierro pintada de gris oscuro de una pérgola de la que se quedó suspenso. Enormes eran las nubes atravesadas, entre sus rasgaduras, por rayos de un sol intenso que apenas si mitigaba el frío que sentía con las fuertes rachas de viento que le obligaba a abrigarse si aún quería aguantar hasta el ocaso. Al cabo de no mucho tiempo soltó sus manos enrojecidas. Observaba la fuerza del viento sobre unos distantes y viejos álamos blancos, presión, se dijo, y preguntó ¿haría falta llamar o bastaría con un mensaje por el asunto de las fotografías?

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Con los ojos cerrados

Desorientado, busca un pitillo que no encuentra. Ya no fumo, recuerda, y camina lento y torpe hasta la ventana. Se da un respiro, aunque le cansa estar de pie. Se apoya en el cristal. Mira sin ver. Su respiración se ralentiza, calma, como el latido de su corazón que, se acerca y aleja y vuelve a acercarse, movimiento pendular u oleadas, siente en su oído derecho, por donde sangra porque un golpe, pensamientos que se disipan, que son otra cosa o ya no son nada mientras la desorientación perdura y de pie, ya demasiadas horas, la frente en el cristal, mirando qué, no sé, no sabe si el vacío y la calma cuando se aleja el corazón, silencia sus latidos y respira intensamente como si hubiera aguantado el aire en sus pulmones demasiado tiempo. Despierta de su trance y busca un pitillo. Se ríe, se burla de sí. Ya no fumas, se impreca, serio, vuelve a reírse y torpe y lento camina evitando objetos, muebles, cuerpos, un poco a oscuras y otro en penumbras, sin caer, sin golpearse. Da con un interruptor. Libera un cono enorme, truncado, de luz que le deslumbra y entorna sus ojos y coge un vaso que llena, bebe y mira el reloj, no acierta con la hora, vuelve a mirar y se sorprende. Se ha detenido el tiempo, se dice, agotado. Busca una silla, enderezar su espalda, cerrar los ojos y esperar. No cree que tarden mucho. Un café le vendría bien, ahora, y no se mueve aún porque ha llegado algo de alivio. Un café, sí, y aguarda un momento. Mantiene su respiración pausada y los latidos llegan despacio y un poco más intensos cada vez y, de igual modo, se retiran hasta casi el silencio. Y llega la primera imagen, o recuerdo. Se deja llevar. Contempla cada escena y escucha, si hay una voz. No abre aún los ojos, no quiere, ni teme abrirlos, solo espera, así, con los párpados cerrados, tanto hay que ver. Ya no recuerda su reloj, pero le siente, ha conseguido entrar el tic tac en su cabeza y esa cadencia rige el transcurso de sus pensamientos hasta que, sin advertirlo, llega el sueño y alguien entra en su casa y no lo oye, aunque le llaman, avanzan y susurra para otro u otros, pequeño grupo anónimo que toman la vivienda porque una voz quebrada, a medianoche, llena de angustia y agotada necesitaba ayuda y llegan. Es demasiado tarde. Un cuerpo de mujer, sentada, en el salón. No encuentran signos de violencia, tal vez el corazón. Dicen que el hombre sigue aún ahí. Avanzan cautos por toda la casa hasta llegar a la cocina. Allí le ven, inmóvil, apartado de la luz. Le llaman. Nada. Se acercan despacio, precavidos, por si un arma. Nada. Uno del grupo alza su brazo y con su mano busca el contacto con el hombre. Convulsiona, cae sin vida. No sentirá otra vez el corazón, en oleadas, en su oído derecho ensangrentado.

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Ámbar

No empieza de noche, una de esas negras y, en apariencia, limpias noches donde distingues con nitidez esa constelación artificial en pugna con las sombras. Es la calma precedente. La vanidad y la soberbia humanas, el miedo, por su debilidad. Y ahí vivo mis días porque durmiendo con el sol alejo, por las noches, mis temores. Porque volvieron otra vez, las sombras. Volvieron con pudor, pensé, con timidez, curiosidad, las sombras, solo eso, sombras. Podía verlas de soslayo, en cualquier parte, aunque no siempre. Quizás buscaban un acercamiento, un aceptarme poco a poco para perder el miedo, pensé, pero no supe que aguardaban, solo esperaban el mío. Yo me sorprendía, ingenuo, me sonreía por mis delirios imaginando, no sé, cosas absurdas que buscaba entre los muebles. Tan diminutas eran entonces, las sombras. Pero crecieron y llegaron los sonidos. Ya no eran solo las sombras, ni eran ya pequeñas, insignificantes. Crecieron y no en una noche, con crujidos imposibles que yo reconocía y era incapaz de ver su origen, de localizar qué, o cómo, se produjeron. Con los murmullos fue todo distinto. Una voz, un susto y, después, la justificación que, por la imposibilidad de darle explicación, inventaba. Me reía, nervioso, de todo aquello, sin perder la calma pues pronto llega el olvido con tantas obligaciones o ruidos dentro de la cabeza o culpas o la impotencia. Me puse en pie una de esas noches que decidí velar, una de esas noches limpias en apariencia, y caminé por la casa. Me sentía cansado, débil. Busqué un vaso limpio y me serví y bebí, de un trago, un líquido ambarino de una botella sin etiqueta que me quemó la garganta. Me coloqué la camisa y acerqué a la ventana. Me preguntaba por qué sentía pegajosas mis manos. Esperé. Comenzó, sin estridencias, a llover. Veía con atención cómo transformaba, la lluvia, mi percepción de aquello que solía contemplar todas las noches a través de los cristales, era confuso, oscuro impresionismo, hasta que un relámpago iluminó un instante. Alguien aterrado me miraba. Desaparecieron sombras y sonidos.

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Me vi caer

No era normal, en aquella época del año, que lloviera gente del cielo tras el trueno de una voz que entendí como un aviso, una advertencia, un grito de socorro. Me giro mirando hacia lo alto y desde un quinto, sexto piso, sorprendido, como yo, asustado, vi un instante un cuerpo que, tras reaccionar, desaparece de mi vista. Nervioso y tan rápido como puedo miro a mi alrededor y, no sé muy bien por qué, corro hacia el portal del edificio pidiendo que llamaran a la policía. La caída no fue accidental, ni se trataba de un suicidio, supongo. Abro la puerta de la calle y me dirijo hacia los ascensores, uno de ellos fuera de servicio y el otro, vacío. No me encuentro en forma, no voy armado, pero a pesar de ello me decido a subir después de haber dejado abierta la puerta del ascensor que funcionaba evitando, creí, una posible fuga. Cerca ya del descansillo del sexto piso quiero coger aliento. Unos segundos, solo. Todo está oscuro, en silencio, quieto. Algo más entero avanzo hasta la puerta abierta, la abro, cruzo el umbral y doy dos pasos hacia mi derecha y me agacho parapetándome tras una estrecha pared desde donde puedo ver sin riesgo al frente y hacia mi izquierda, continuando el plano de mi protección, un largo pasillo. No oigo nada, no se mueve nada y no sé, entonces, qué hago en semejante lío. Conocía la distribución de aquellos pisos. Sabía de una cocina al otro lado de donde me encuentro, de un salón enorme hacia la izquierda y de un pasillo por el que se accedía a los baños, habitaciones y al pequeño balcón desde donde cayó el cuerpo aquel que casi me aplasta y del que, supongo, se estaban ocupando. Ya habría llegado la policía acordonando la zona y evitando que los curiosos interfirieran en aquel asunto. Me extraña no estar paralizado, ni oír nada, sirenas, gritos, nada, solo mi respiración y el bombeo en mis sienes de mi corazón, empiezo a asustarme. Camino por el pasillo, despacio, atento, dos pasos, tres y veo, desde la entrada de la habitación, una sombra reflejada en el cabecero de una cama de matrimonio. Me vuelvo a agachar. Temo ser descubierto y retrocedo. En aquella habitación hay un enorme espejo en la pared de la izquierda donde, pienso, puedo ser visto por quien está en ese momento ahí. No sé qué hacer. Espero un momento y busco un ángulo propicio. La luz del exterior me impide ver con nitidez de quién se trata y sabiéndome en desventaja aguardo el momento adecuado para abordarle, reducirle. Unos segundos pesados, lentos, angustiosos, después oigo gritar, cae un jarrón al suelo y, al asomarme, veo que abre la puerta del balcón. Me levanto y corro hacia él para reducirle, para impedirle y al forcejear caigo, gritando, al vacío. Recuerdo verme en medio de la calle mirando hacia el balcón.

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Viento de poniente

Se tiró al suelo y esperó unos instantes, quieto, atento, aguzando el oído. Nada. Había dejado de llover hace un momento. El aire en calma, ningún sonido salvo el canto de mirlos y gorriones y algunas voces lejos de aquel lugar donde se encontraba sentado, leyendo otra novela, con su café, a la espera de aún no le dijeron qué, y aquel sonido. Reaccionó tarde, asustado, un arma con silenciador, se dijo, mientras se ponía en pie, recogía su libro y volvía a sentarse, inquieto, en el sillón en el que pasaba largas horas, si el tiempo lo permite, leyendo en su jardín. Se preguntaba, qué fue aquello y se giró buscando el origen, el destino, algo. Búsqueda inútil, quizá creyó, no lo sabía, que algún otro ruido, pero, ¿qué suena igual que pueda oírlo aquí, en mi casa?, se preguntaba. Arrecia el viento de poniente, comienza a lloviznar y recoge, para evitar que se estropeen, su libro, cuadernos y un portátil con que consulta, investiga y podía recibir llamadas o mensajes. Bajó la guardia, se lamentó, tras un largo periodo, le costó admitir, en paro. Aún se reponía de sus heridas.

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