El prisionero

Qué áspera esta sábana, pensó, buscándola a sus pies. Amanecía y sintió frío y fastidio. Un rato más, se dijo, y permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, hecho un ovillo. Volvió a dormirse. López, oyó, ¡López! Un forcejeo, una mano, voces y un portazo con el que se incorporó y abrió, como ventanas sus, aún soñolientos, ojos. Sentado en su cama, solo, se despereza. Un sueño, se dijo. La lucidez llega sin prisa, y cómo no, si comenzó ayer su descanso temporal. Su entrega al sueño, a la pereza, pero solo al principio, se decía, solo un par de días, continuando aún con los ojos cerrados, porque mañana comienza, mañana, y su cabeza, con el sopor elaboraba, establecía, complicados e imposibles horarios, rutinas, planes, pequeños proyectos, algún viaje quizá, obligaciones que no cumpliría en absoluto porque era inherente a él, era su naturaleza, y otras cosas, circunstancias a él ajenas, se lo impedirían o sabotearían, aunque fuera impuesto por él mismo para alejar la falta de sentido de su vida. Oyó y giró su cabeza, asustado, pero ¿qué son esas voces, esos ruidos metálicos que oía al otro lado de la puerta? Y abrió los ojos, más espabilado, pero ¿qué es esto?, ¿qué sucede?, ¿dónde me encuentro?, alarmado al no reconocer aquella habitación, saltó, cayó de bruces, enredadas sábanas y piernas desde aquel catre, se incorpora con precipitación y sin ver con qué tropieza da, con todo el cuerpo, en la dura puerta que pretende, intenta, abrir, pero no puede y la golpea y grita y vuelve a golpear hasta dolerle manos y pies. Alguien, al otro lado de la puerta ¡silencio!, a voz en cuello ¡Oiga! ¿Qué es esto? ¡Abran la puerta! ¡Es imposible! ¡Es un error! Silencio absoluto, nadie al otro lado. Cae cansado, dolorido, al pie de la puerta. Piensa, piensa, López ¿qué fue de ayer? Recapitula, recuerda, ayer ¿ayer?, dudaba, ¿estuvo en casa?, estuvo, y leía en su salón ¡sí!, y por la tarde. Recuerda haber llegado a casa cansado, comió. Recuerda haber hablado con su mujer, sí, hablamos y después, decía, después me fui al salón, quise leer, eso es, leía una novela de, rascándose la barba, ¿cómo es su nombre?, ¿quién lo escribió?, ¡qué lata!, ¡qué sueño!, ya no escuchaba el ruido de cadenas al leer, porque dormía.

Imagen tomada de Pinterest

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