No sabía por cuánto tiempo, pero debía viajar una o dos veces por semana, leyó en un breve mensaje. No tienen el valor de decírmelo a la cara, pensó. Un segundo mensaje añadía que le sería entregado, por mensajería, un paquete con instrucciones y ya no habría más contacto. Era una molestia de la que se creyó a salvo, una vida, o aspectos de una vida a los que renunció de modo, dejaban claro, unilateral, porque no admitieron, nadie aceptó, confirmó, su renuncia, manteniéndole en nómina, sin cobro, como esas células durmientes, pensó aprensivo. Quiso negarse ¿con qué excusa? No podría y su actitud fue clara, debía hacerlo, lo haría, aunque a su modo. Pocos días después llamaron a su puerta y un repartidor le entregó un paquete y una nota dentro de un sobre cerrado, sin remite, donde leyó que disponía, aún, de una semana para organizarse y arreglar sus asuntos, al día desde hacía ya tiempo. La organización era otra cosa. Y dejó, sobre una mesa, el paquete sin abrir, su curiosidad y tiempo para el séptimo día, y último, antes de recobrar su vida.
