Ahora tú (III)

Eva sale de casa. Atrás deja las sombras por la luz. Deambula. Es el comienzo, piensa, uno de tantos. Recuerda a sus amigos, a Lu, con quienes conversó en el café al que regresa esta mañana, extrañada, como por una casualidad. Se acerca a la entrada ¿por qué no un café ya que estoy aquí?, piensa, y hay tiempo, aunque empiece a estropearse. Franquea la puerta y ya en la barra pide un café que le preparan, y lleva ella a una mesa apartada, mientras observa a su alrededor, sin interés. No espera ver a nadie conocido a esas horas allí y es grande su sorpresa al descubrir a Lu en la barra, de espaldas a ella, escribiendo, en ese lugar donde un momento antes no había nadie o no se fijó o tal vez ya estaba, antes de que llegara ella, y no le vio porque es posible que estuviese en el cuarto de baño o quizá saludando algún parroquiano del café. Quiso levantarse de su mesa, por saludarle, quedando en un amago, tan solo, cuando vio llegar y entrar a Marga que parecía saber que Lu ya se encontraba allí porque, quizá, la esperaba, o quedaron, o le vio y acercándose a él, con fingido sigilo, le saludó, conversaron, pagó lo consumido y salieron, tomándole del brazo, en silencio. Le surgían, a Eva, preguntas que no podría responderse porque después de tanta ausencia volvieron a serle desconocidos todos ellos, Marga, Lucas, cuando le conoció, y los demás y por ello se sentía desconcertada, desubicada, tensa, incómoda. Aguardó unos minutos antes de levantarse y regresar, como esperando a sentirse a salvo aún no sabía muy bien de qué, sentada a la mesa. Mientras oscurecía afuera, quizá fuese a llover. Los transeúntes, ya con prisas, aceleraban aún más sus pasos, unos, concluían otros, desistiendo continuar y refugiarse al tiempo que, sin violencia, comenzaba una fina lluvia que le hizo desear, a Eva, estar en ese momento en casa. Cansada, recoge sus cosas, se levanta y acerca a la barra. Quiere pagar el café y marcharse y llama al camarero que trae y entrega, al llegar a su altura, sin cobrarle el café, un papel doblado junto a su taza vacía que coge, guarda y sale sin preguntar, sin despedirse. Lu debió entender, al verla llegar y apartarse de todo, que deseaba estar sola y no se acercó dejando esta nota y el café pagado porque vendrían a buscarle. Quizá en otra ocasión, firmó

Imagen tomada de Pinterest

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