La tarjeta

Subió en el ascensor hasta el penúltimo piso mirando la tarjeta que le había traído hasta aquí sin prestarle atención a la música de fondo, ni al individuo que subió con él. ¡Curioso!, aludió a la invitación, y se abrieron las puertas. En el ascensor ya se encontraba solo y dudaba salir, asomándose para mirar a un lado y a otro creyendo que le facilitaría avanzar el encontrar, sonreírle y saludar a otra persona, con naturalidad fingida y preguntar, sacando la tarjeta que le había traído hasta aquí, qué pasillo debía tomar para llegar a su destino. Decidió tomar el pasillo con un enorme ventanal al fondo. Le gustaba otear el horizonte e imaginarse en terrazas o azoteas llenas de plantas, ropa tendida, cuerpos dorándose al sol y se abrieron, a su derecha, las puertas del piso que buscaba ¡Hombre, López, adelante, adelante!, le dijo el anfitrión que, siguió, abrí al oír el timbre. López abrió su boca, para contestar, pero alguien le puso un cigarrillo que tomó en seguida con su mano evitando invitar que lo prendieran y ya se ahogaba en medio de un casi oceánico rumor de voces y tintinear de copas. De algún modo, arrastrado, empujado o con titánicas brazadas, consiguió alcanzar un hueco libre al lado de una puerta abierta que miraba igual que un preso. Esperó ser olvidado de las mareas, aunque aprovechó para coger una copita llena y salir con disimulo, primordial guardar la compostura y naturalidad. Sin volverse, avanzó por un largo pasillo con numerosas puertas a ambos lados, todas cerradas, hasta llegar a otro salón, algo menor que el principal, donde encontró pequeños grupos de hombres y mujeres conversando a media voz evitando molestar a quienes elegían apartarse para leer. Dedujo que era una especie de salón de lectura, o tertulias. Se preguntaba, a esas alturas del día dónde vino a parar pensando que, tal vez, alguien, desocupado como él, podría ayudarle, pero al coger aliento para inquirir, le interrumpían, distraían, empujaban hasta el aburrimiento y cansancio que le alcanzaba cerca de algún asiento con una copita llena sacando para leer, de nuevo, la tarjeta que le había traído hasta aquí y dejó, distraído, encima de una pequeña mesa que encontró en el pasillo. Pasaban delante de él de uno a otro salón y le miraban sonriendo ¡hola, López!, oía de alguien, ¡cómo tú por aquí, López!, decía otro, con fingida prisa. Solo acertó a preguntar, López, por el baño que vio justo enfrente al levantar la vista. Se levantó y cruzó, como pudo, aquel agotador manantial humano, y la puerta, creyéndose solo y a salvo hasta que oyó preguntar a su mujer, a voz en cuello, ¡si ya terminó con el baño, el señor! No pudo contestar, levantó la vista y vio que estaba en casa.

Imagen tomada de Pinterest

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