La visita

Hoy encontró por fin el sueño, el profundo, el que le fusionaba con la cama, hoy, que parecía más amante él, que una pesada carga que con ayuda de sus contracturas y preocupaciones le obligaba, su cama, casi a diario, a levantarse lleno de dolores, lleno de frustración, irritado. Hoy, sorprendido y satisfecho y descansado, levantó su cuerpo liviano y se llevó a sí mismo y con indolencia, y llevó también un libro y un café cargado, solo, muy dulce (no soportaba escuchar de sí que no era cafetero, menos aún soportaba que viniese, el recordado comentario, de su hermana) y muy caliente, aunque no hiciese, precisamente hoy, frío, casi a las once de una mañana de agosto, pero tuviese, sin embargo, que buscar con qué arroparse durante una madrugada fresca y silenciosa y de agitados sueños.

Salió por una puerta que se abría a un jardín recién cortado y húmedo, del riego, gozando a cada paso con la brisa, el silencio, los… no aguantaba más y se reía y se burlaba imaginándose por fin cumplido un sueño sonando de aquel modo insoportable que es como se sentía él en ese instante, y tan lleno de resentimientos y fracasada su vida, sentado a la mesa de su cocina escuchando todos los días voces atravesando las paredes de su pequeño y oscuro y viejo piso en esa calle asfixiante y ruidosa, anhelando abandonarla un día.

Pero hoy descansó, hoy pudo conciliar, aunque algo tarde, el sueño y dudaba si por la visita de su hermana que no ve desde hace meses quizá por la distancia o el trabajo, o porque allí su vida, en el norte o, quizá, ya no hay razón para volver (y deba, tal vez, temer tan esperado encuentro), aunque la sangre, o las desavenencias, o los recuerdos, o disputas, cosas todas ellas que por sí o por no, unas para olvidar y, otras, a retomar con su visita, su hermana, que llega, sí, en una breve carta como viene sucediendo desde hace meses.

Imagen tomada de Pinterest

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