Delirio

Salgo de un edificio, es lo normal en este momento, en esta hora, y me dirijo sin titubeos hacia un vehículo que me llevará a mi casa, todo normal hasta aquí solo que, lo normal hoy, para mí, es que nada me lo parezca, quiero decir, que me cuestione, que ponga en duda todo, quiero decir, que todo lo niegue, quiero decir, que pierda la cabeza y sea, por un lado, y para los que no me conozcan, para aquellos que pasan de largo en un sentido, para aquellos que, desde el otro lado de la calle, sentados en un banco a la sombra de un palisandro puedan individualizarme un instante y lucubrar según su ánimo o la influencia que del clima reciba, yo solo salgo de un edificio, o yo sea solo aquel que habitualmente sale de un vulgar edificio, al que se me vincula a esta hora, y se dirige hacia su coche para ir quién sabe a qué lugar, o yo sea tan solo un simple funcionario, o un representante comercial, o un individuo en ejercicio de su función paterna, lo normal, supongo, según contexto y sonrían y piensen que aciertan, en buena medida, porque de donde salgo con tanta determinación, porque esa sonora, articulada, murmurante bruma que atravieso, porque atravesar aquella turba que tanto me incomoda sean indicios, todos quizá, de que mi labor allí, en tan simple edificio, concluyó tan solo unos minutos antes de ese instante.
No he parado hasta llegar al coche que me llevará a casa ¿me llevará? Me serviré de él cuando le invada, llene de mí, me engulla y sienta como si fuera parte de su sustancia nutricia, o su estimulante, o su cerebro que le impele, a mi sencilla orden, poner el motor en marcha y trasladarme, llevarme, de ese lugar, de los alrededores o cercanías de un edificio del que salí hace un momento, hasta otro lugar que es, suele ser así, mi casa, pero que, a veces, es otro distinto por puro divertimento, por travesura, por necesidad.
Un momento antes de salir quise escuchar, pues disponía de algo más de media hora, el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Deseaba transmutar ahora, aún a tiempo, mi incipiente delirio en otra cosa y me dejé llevar, me entregué, cedí al sueño que la música y aquello que, aunque conocido, veía por primera vez cuando dejé en algún momento la ciudad.

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