El reloj de pared

Llegué temprano a casa y te llamé al cerrar la puerta. Silencio. Te imaginé en el dormitorio, tosí, volví a llamarte. Silencio. No me has oído llegar ¿dónde te encuentras? Quizá no ha llegado, pensaba, mientras seguía con lo que era normal a esa hora que es buscarte, o buscarme si alguna vez me retrasaba yo, por todas las habitaciones de la casa, o salir fuera, si no te encuentro y comprobar que todo es normal, estés o no con tus plantas, y cambiarme de ropa, después, y de calzado, sentarme a la mesa, en la cocina, esperar, esperarte sin comenzar nada y ver la hora en el reloj de pared memorizándola como para aferrarme a un punto y establecer así una referencia que poder usar, tomar, si he de emprender alguna acción del tipo preparar el horno, descongelar pescado, carne, o esperar tan solo, esperarte mientras observo el reloj, oigo su tictac, acompasado con el ritmo de mi corazón, con la mirada siempre en cualquier lugar o pensamiento. Pensaba, quizá se le complicaron las cosas en su trabajo, quizá un atasco, quizá me dijo que hoy no vendría a casa, quizá pasó por casa de sus padres, quizá se haya despistado con la hora y esté con sus compañeros tomándose unas cañas y busque con quien subir a casa que no haya tomado alcohol, quizá olvidó su móvil, quizá, bueno, no es tarde aún, tictac, miré la hora, no hay que preocuparse.

Sabía, recordaba, la hora en la que aparqué mi coche, pero ignoraba, desde ese momento, cuántos tictacs habría de escuchar desde entonces y quise volver la vista hacia el reloj de pared y calcular, despejar, la incógnita. Aún no eran las cuatro, me dije, y tú aún al otro lado. Comenzaba como un hormigueo, una inquietud a removerme y apenas aguantaba quieto en mi silla. Pasaron más minutos y ya no pude más. Busqué mi teléfono y pensé si llamarte era acertado ¿y si conduce en este momento?, quería evitarte cualquier imprudencia, cualquier riesgo, y esperé un poco más. Pasados unos instantes me decidí a escribirte unos mensajes, tres, nada menos, y todo por esa manía mía de creer, de pensar, que quizá no oyeras el primero, con el segundo despertaría tu atención y ya con el tercero cogerías el móvil y contestarías o llamarías a mi teléfono, todo fue en vano y esperé otros infinitos instantes, ya todo era suspenso, tensión y miedo y llamé, insistí después. Silencio. Me preocupé, ya no podía más, seguía mirando fuera, no sabía qué hacer y seguí, sin conocer el límite, con la espera, unos minutos más, un poco más, solo un momento, volví a ver el reloj, y daban… no podía tranquilizarme y algo pasado, oculto adrede, afloraba. Caminaba inquieto de un lado a otro por la cocina mirando, de vez en vez, hacia la calle. No puede ser, ya lo hablamos, por eso no, quizá nos excedimos, quizá dijimos algo, pero, pero ¿qué?, ya no recuerdo y quise llamarte ¿y mi móvil?, ¿qué nos pasó?, volví a mirar fuera, te llamé a voz en grito, silencio, iba de un lado a otro de la casa, me golpeé la pierna, seguí, me volví a golpear y abrí los ojos. Te oí decirme, roncas demasiado. Sonreí. Eran las cuatro aún, de madrugada, cuando soñé que te marchabas.

Esto no es…

Como diría Magritte, si hubiera sido yo alguien merecedor de la lectura de entendidos y de público y la suya, de Magritte, al que el azar le hubiera puesto, una primera vez, ante sus ojos, y a diferencia de él, un texto como el mío que no dice, como sí se le ocurrió a él antes que a mí en otro medio, con otro tema, esto no es autocompasión.

Efectivamente porque lo cierto es que no sé escribir, me temo, una verdad, tan solo. Creo, sin embargo, que sí sé qué lecturas me gustan, van con mi manera de ¿de qué?, no sabría decir, tanta es la dificultad por definirme, por encontrarme unas palabras, solo hay pasión y gusto y juego y todo esto enrevesado, con algo de inquietante, con calma y repentina tempestad, que no sé dirigirlo. Trato de emular, sin éxito, autores y escribir una historia no, eso tampoco sé. Me sucede que las prisas me llevan a tropezar, a confundir, en situaciones, suele sucederme, de falsa necesidad donde se me pide algo que no he previamente pensado, verbalizado, y no sé comunicarlo, volverlo inteligible hasta que consigo darme cuenta, respiro y pienso un orden que después cuento lento y con todo detalle, en calma. Creo que sufro de impaciencia, de prisa, de un profundo desacuerdo entre mi cabeza y mi boca, entre pensamiento y palabra o, mejor aún, entre imagen y palabra porque no soy capaz de narrar todas las imágenes que me suceden, y a esa velocidad.

Leo cosas, no mucho, insuficiente, diría yo que son mis lecturas, eso diría, pero leo cosas y veo de pronto una imagen y me supongo cientos de palabras que después no encuentro, tras el soberbio relato de un instante llega la carestía, el vacío, el silencio, el olvido. Es frustrante, desolador las más de las veces. ¿Ya dije que esto no es autocompasión?

Delirio

Salgo de un edificio, es lo normal en este momento, en esta hora, y me dirijo sin titubeos hacia un vehículo que me llevará a mi casa, todo normal hasta aquí solo que, lo normal hoy, para mí, es que nada me lo parezca, quiero decir, que me cuestione, que ponga en duda todo, quiero decir, que todo lo niegue, quiero decir, que pierda la cabeza y sea, por un lado, y para los que no me conozcan, para aquellos que pasan de largo en un sentido, para aquellos que, desde el otro lado de la calle, sentados en un banco a la sombra de un palisandro puedan individualizarme un instante y lucubrar según su ánimo o la influencia que del clima reciba, yo solo salgo de un edificio, o yo sea solo aquel que habitualmente sale de un vulgar edificio, al que se me vincula a esta hora, y se dirige hacia su coche para ir quién sabe a qué lugar, o yo sea tan solo un simple funcionario, o un representante comercial, o un individuo en ejercicio de su función paterna, lo normal, supongo, según contexto y sonrían y piensen que aciertan, en buena medida, porque de donde salgo con tanta determinación, porque esa sonora, articulada, murmurante bruma que atravieso, porque atravesar aquella turba que tanto me incomoda sean indicios, todos quizá, de que mi labor allí, en tan simple edificio, concluyó tan solo unos minutos antes de ese instante.
No he parado hasta llegar al coche que me llevará a casa ¿me llevará? Me serviré de él cuando le invada, llene de mí, me engulla y sienta como si fuera parte de su sustancia nutricia, o su estimulante, o su cerebro que le impele, a mi sencilla orden, poner el motor en marcha y trasladarme, llevarme, de ese lugar, de los alrededores o cercanías de un edificio del que salí hace un momento, hasta otro lugar que es, suele ser así, mi casa, pero que, a veces, es otro distinto por puro divertimento, por travesura, por necesidad.
Un momento antes de salir quise escuchar, pues disponía de algo más de media hora, el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Deseaba transmutar ahora, aún a tiempo, mi incipiente delirio en otra cosa y me dejé llevar, me entregué, cedí al sueño que la música y aquello que, aunque conocido, veía por primera vez cuando dejé en algún momento la ciudad.

Insomnio

Pasar la noche en vela en la cama, rodando hasta cansarme de ser roca y, retirando el embozo, sentarme después al borde como en una interrupción, un entreacto, de no sabría decirte qué, o para qué, parado en una escultórica, augusta forma y un breve tiempo, o pictórico, sin demasiada luz y con tanta soledad como consiguen soportar mis hombros mirando sin ver, pues en la oscuridad no, como tampoco en ese momento transitorio de espera o de otra cosa, ese momento en suspenso, ese momento detenido solo para buscar una respuesta, para tomar aliento o decidir si he de continuar hacia delante o renunciar al fin a todo, estas cosas, todas estas son las que no puedo contarte, no ayuda en absoluto mi silencio y tu ignorancia en mis dudas entre el estar aún aquí, o ya no, o quizá por eso, por volver, por la incesante y con incierta fecha de caducidad, de nuevo al insomnio, o tal vez sea tan solo un desarreglo, un desacuerdo entre mis horas de sueño y mis vigilias el que decida si ese es buen momento de abrir y cerrar embotados, en medio de la noche, ojos y mente y dar vueltas en la cama dudando si aguantar hasta el amanecer o levantarme y, abrigado, salir de casa y caminar esperando que algo llegue a suceder, cualquier cosa, o ¿por qué no?, un vaso de leche caliente con miel sentado en un sofá pensándome, mientras calienta mis fríos dedos, allí abajo, en la calle, caminando porque el sueño me es ajeno y pienso que agotarme adaptando mi ritmo al ritmo que busco para combatir el frío deseando, buscando, y sin pensar, que algo suceda, pero no ahora, después, cuando me integre, cuando ya sea con el paso, el frío, la calle, entonces, en cualquier momento, de cualquier modo, algo acontece y me tropiezo con y me avasalla, o tal vez una llamada o un gesto allá lejos, algo familiar, una figura conocida que entra ahora en un café, tal vez ahora, cuando alejé completamente al sueño y solo una excusa del pasado que imagino aquí sentado acogido a sagrado y guarecido, protegido del pretérito momento en mi sofá pensando, recordando que, con mis dedos aún tan fríos, camino una y la misma noche entre tanto frío, tanta desolación ya, para acercarme a ti sin delatarme, dudando del camino, eligiéndome objetivo de tus ojos y ver si por aquí quizá, o en otro bar, esa cafetería de un conocido barrio, tu barrio, allí en tu manzana, fruta prohibida para mí ahora, presente en que me pienso, me imagino con mi vaso de leche, con mi insomnio, donde te sé porque es aún tu fruta, tu manzana, tu refugio, allí te sé ir y venir hacia tu casa, tiempo y lugar donde pasamos en vela tantas noches como pudimos mantener mientras quedara una palabra, un vino, algo de jazz consumido hasta el silencio, el frío y mantas por el suelo.

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Volveré pronto

Antes de apagar la última luz y salir del piso me aseguro, casi con obsesión, que todo quede como es debido pues no sé, no lo he pensado aún, cuándo volveré y no quiero dejar a nadie al cargo, ni preocupado, ni pendiente de mí, del piso, de mi viaje, un viaje breve, necesario porque yo te lo debía, porque hace demasiado tiempo, porque es ahora cuando solías dejarlo todo abierto y caminar por un sendero que te pertenecía, un solo paseo, el único posible y el que creaste cuando conversábamos sobre esa luz de una mañana, el bullicio de un atardecer tan solo a unos escasos metros de la casa, de ese lugar donde solías colocar la silla que elegiste porque solo ahí podías trazar, emborronar, cuadernos que dejabas como por descuido en cualquier parte, solo por eso, antes de salir, vuelvo a ese penúltimo vistazo, o quizá por esa distracción mía de la que tanto, y entre bromas, te burlabas; solo por eso tal vez o porque, pensaba yo ahora, lejos ya tu recuerdo, y tan inevitablemente cerca, decía, solo es salir, un viaje breve, resolver, cerrarlo todo, cerrar heridas, cerrar los ojos, cerrarle a tanta luz entrando en casa y tú afuera, caminando, esperando, solo es cerrar, insisto, y de una vez, de un modo temporal, igual que cerrabas tus ojos cualquier noche y los abrías al amanecer o en medio de la noche porque una necesidad, alguna indigestión, un mal sueño, a lo que yo te preguntaba te divertías inventando esa respuesta, o igual que si de unas vacaciones se tratara y de las que es muy probable mi regreso pronto por cansancio, aburrimiento, porque encontrarme en otra parte, porque sin ti ya no, a todo ya no, no a viajar, no volver a huecos de cualquier otro lugar, otras personas, no, ya no sentirme siempre tan extraño, tan ajeno y me regrese, tú lo sabrías, antes de lo esperado, es quizá, no dejo de decirme que por estas inseguridades me obceque y no comparta con nadie esto que ya no sé si es el viaje, el último porque tu ausencia, porque si tardo en revisar, el piso, no sé muy bien si ya lo he comprobado, fueron un par de veces, quizá, tan solo…

Mapas

No, nada de despertarme esta vez dolorido, aturdido, después de un día como cualquier otro en el que vuelvo a sentarme a la mesa y extiendo mapas, recortes, algún cuaderno con extensas notas ilegibles, pedazos de papel con notas breves y claras, guías de viajes con los que proyecto, estudio, planifico, trayectos locos unas veces, injustificados siempre salvo por la fementida, lo sé, busca de aventuras, o meticulosos y elaborados hasta el más mínimo detalle previendo absurdos, contingencias, peligros, viajes que, me digo al fin y con cierta pesadumbre mientras alzo la vista hasta alcanzar el horizonte, jamás realizaré quedando todo en un intento vano de escapar de aquí, de huir ¿adónde?, ¿hacia qué lugar?, vivir ¿vivir, dije?, tal vez, pues no otra cosa me queda, siempre es eso, siempre otra cosa, o no, vivir o huir o escapar de qué, de quién, si quien sabe que no hay otra salida, una salida en todo momento, todo lo demás es imposible y que aferrarme a este particular, propio, íntimo, único a mis sentidos y singular modo de viaje, más adecuado a mí, seguro, estático, descansado, siempre a mi alcance, claro, y que incluyeron junto con lo que fue parte velada de su proyecto, esas cláusulas con que contaban contenerme de algún modo demostrando lo que conocían de mí, lo que me sabían, lo que yo les pertenecía, cuánto dar por tanto, por tan poco sacrificio, imposibilitándome conocer su valoración de mí, sobre mí, pero sí concediéndose que no obtendré más hasta que la aceptación, consecución, conclusión de sus impuestas condiciones añadidas tras cada una de las fases, siempre con varia extensión, solo después, y como el premio prometido darán, no he averiguado aún cómo, con esos papeles sobre mi mesa.

Pero debía contrarrestar, debía luchar, oponerme y no podía, ninguna otra cosa más que imaginarme aquello que tan excitante me resulta, y tan imposible, que es recrearme en pensar mi cama llena hasta volverse evanescente, diluida o confundida con otra cosa, para esa otra cosa distinta de aquello que fue y que ahora adquiere una nueva función, logística quizá, rediseñada bajo adminículos, mapas, guías, cuadernos de notas, para otra cosa, algo más acorde, algo como un improvisado campamento de operaciones, todo esto y yo, todo en otra parte con ropas adecuadas a las posibles inclemencias climáticas, dispuesto para todo si no fuera porque no, ya lo acepté, asumí, ya soy consciente de lo que soy, de lo que hago aquí, de a qué pertenezco, soy parte, aunque me quede despertarme de nuevo, cualquier otro día, solo, dolorido o no, y volver de nuevo a mi mesa, a mis papeles, mapas, proyectos, imposibles y acabar el día, la noche, en cualquier momento, encerrado y libre a la vez en tan pequeño espacio, o inmensa cárcel, imposible salir, imposible volver, imaginarme fuera, imaginarme nada más aquello a lo que vine aquí, en vano ya, evitando la locura.