Amigo de domingo

Solíais llegar de improviso, cualquier día, en horas aceptables, razonables, o casi, botella de un vino elegido al azar en mano porque si yo entendía, poco, ya sabes, tan diletante, y con tanta broma, con apetito y ganas de charlar, muchas, y desahogaros, tú sobre todo, que eras la voz cantante, directora, firme, cargada de razón que yo no compartía a veces pero callaba, guardaba silencio porque era eso lo que necesitabas y venías con ella, tu mujer, los dos, a nuestra casa, porque pasabais por aquí, porque hacía ya tanto tiempo u os encontrabais de paso y, claro, cómo no saludar, cómo dejar para otro día, cómo no compartir ese regalo que fue un vino del que te hablaron bien, y bien, también, de precio, y en la conversación hablar, contarnos que si una injusticia o circunstancia o un algo intolerable que, sabías, podías compartir y porque al hacerlo te aliviaba aunque no se pudiera hacer nada, aunque tuvieras que soportar y soportabas compartiéndolo con tus amigos, tantos en ese momento, con tantos amigos que solo pensabas por dónde empezarías, con quién pasar un rato, una tarde de charlas, bromas y tal vez algún paseo, y todo para sentirte, sentiros algo menos solos y compartir un peso que no creías que debías cargar. Tantos amigos, tantos te conocían, aunque no sé si como yo te conocía y que no supe cuánto y no sabré si, quizá, llegara a conocerte bien, o fuera quizá muy poco, o nada apenas, porque tan escasos los encuentros, siempre rodeados de las mismas circunstancias y yo era, decíamos alguna vez y en broma, tu amigo de domingo y reías diciéndonos que alguna vez lo oíste, o lo leíste, y te hizo gracia, y esa precariedad en los encuentros que tuvimos te llevó a pensar en una regularidad y concreción reglada, periódica, fija, tal vez, que no acabábamos de cumplir jamás, esos encuentros que eran tan espaciados y tan escasos porque con tantos amigos, tantos con quien compartirte y tanto que desahogarte que no pensabas en la soledad que tú y ella, a veces, necesitabais, escapándoos los dos, sedientos de amistad y plenos y solos, necesitados el uno del otro lejos, muy lejos, en otra soledad, ahora sí, elegida, no impuesta, y siendo un solo ser, uno solo en dos personas que viven de lo mismo, para lo mismo, compartiéndose, dándose a sí mismos, entregándose y sí, te conocía, aunque quizá no fuera suficiente o muy poco y solo por esto te envidiaba, solo por compartiros, por participaros la vida de ese modo, en todo, solo por esto, por esto te envidiaba pero no lo supe hasta después, hasta que todo terminó, hasta que ya no se pudo hacer nada y, nos dejó, ella, y todo cambió, todo, bueno no, tú sigues siendo el mismo porque te conocía, o eso pensaba, aunque fuera muy poco. Ya no solíais llegar, porque ella ya no estaba, de improviso, cualquier día a casa, ahora venías, sí, igual que entonces, aunque en menos ocasiones, aunque más solo, viudo, sí, porque ahora te era violento llamar porque pasabas por aquella nuestra puerta, pero igual a como cuando llamabas a la puerta y tu entereza, tu sonrisa, tus ganas de hablar de festejar, pero sin una botella entonces para compartir porque nadie, en ese momento, ni en otro, te habló de un vino, ni estabas tan entero. Pasaron ya unos meses desde que ella se fue y desde hace unos meses peleabas con demasiada, para ti y entonces, burocracia. Nadie, decías, nadie, ni un momento, un café, un encuentro, una llamada, nada, nadie y guardabas silencio, extrañado, pensando ¿por qué?, y lo entendías, sin embargo, sabías que cada uno de aquellos con los que compartíais aficiones tenían sus vidas, así era, te decías, pero, ¿ni una llamada? Y ahí, en tanta indiferencia o despego, sin menosprecio, me incluía yo al escucharte, al conocer tu soledad insoportable, que ahora, tan solo tú que necesitas alguien a tu lado, que no sabes estar solo, ahora, a la fuerza no sé si quieres, puedes, aceptar lo insoportable que es, para ti, la soledad. Me incluía porque ya no recuerdo la última vez que te mandé un mensaje, o te llamé, porque hace tiempo, bien lo sabes, yo vivo recogido, retirado del trato y de la comunicación de las gentes, aunque, y que sirva de atenuante, siempre os abrimos, te abrí, de muy buen grado, las puertas de mi casa y saludarnos y charlar y escucharte, porque es algo que has necesitado siempre y que yo perdí por la inutilidad, la posibilidad de ser herido o erradicar lo que ya era en mí casi puro egotismo mientras repartimos por la mesa aperitivos, cerveza para ti, un refresco para mi mujer y una copita de merlot que nadie quiso, para mí. Visitas cada vez más espaciadas, mensajes que mi mujer, me cuenta, te manda y le contestas, tan solidaria siempre o tan sociable o tan como tú, que teme la soledad, lo sé, y también sabe ella que yo ya no soporto ver a nadie, que yo y mis libros, que yo y mi soledad no sé si, ya que tanto busco estar tan solo, al fin comprenda, y tema, esa otra soledad que no se elige.

Imagen tomada de Pinterest

4 comentarios sobre “Amigo de domingo

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  1. Uff, qué triste y amargo. La soledad no es igual para todos, ni por cómo se sobrelleva ni por cómo se llega a ella. Y a veces hay quien intenta rehuirla, otros la buscan porque sólo en ella se sienten en equilibrio.

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