Una palabra

Llega el momento de parar, ponerme en pie y darme, por qué no, un respiro, un paseo, tomarme un bocado y una cerveza quizá, o solo un café solo y un bollo, solo también porque no hay que abusar, o todo esto, ya vería después de un orden que me era necesario y que reclamaría al regresar después de mi periplo sin ruta establecida y al capricho de los vientos, y abrigado también, prevenido, por si el frío o las corrientes, y salir al fin sin ninguna prisa y sin pausa y en silencio porque hoy, como ayer, todo es igual donde trabajo, ninguna diferencia, nada nuevo, la réplica de ayer, lo que será mañana, por eso ¿qué decir qué a quién?, salvo un saludo, tan solo y por supuesto, por sola educación. Ya salgo, me voy, adiós.

Cruzado ya el umbral, y liberado al fin, necesario era quedarse quieto y paro a un lado, sin estorbar, y todo porque un pensamiento, una inquietud me retenía, me llevaba a preguntarme, por qué era todo así, por qué me lo planteo de este modo, casi como un juego, mi juego, tantas dudas, tanto pensarlo todo y este modo de contarme, reinventarme, este o cualquier otro, que yo consideraba, pasatiempo en el que iba imaginando reglas, unas tras otras según, y cómo, llegaba a una encrucijada incumpliendo después, chico rebelde, tal vez por puro placer, o distracción, o aburrimiento, qué más me daba, y que más tarde deseaba recordar lo que olvidaba como olvidaba desear algún recuerdo o mis maneras de inventarme a cada instante porque creía que así, de este modo, era y no era capaz, siempre intentado, seguir con mi camino, pero, siempre al acecho, pero si andaba acompañado, callaba pues, solo observaba, siempre al margen, siempre desde fuera o lejos o desde cualquier otro yo que yo no fuera, inventado solo para comprenderles, a ellos, los que no huían y no temían porque su fortaleza era el grupo, nacía del grupo, de la manada y… y un empujón me devolvió al umbral, al lugar real donde oteaba, muy quieto, en torno, y muy discretamente, en busca del lugar idóneo, adecuado, y no muy retirado, por donde escabullirme y caminar en busca del aislamiento que preciso, el bullicio soportable y la conquista temporal de una pequeña isla que hacer mía, mínima, provista de recursos ­­─yo siempre imaginándome otro y en cualquier otra parte─, donde caer cálida y blandamente después de adelantarse mi mano a otra mano que quiso atrapar al verme, en necesaria pugna informativa, la prensa y pedirme, ahora sí, un café, un croissant, una cerveza y un pincho de tortilla, en orden de importancia, sí, aunque servido, si no es molestia, por favor, ninguna, dijo sonriendo y ya supuso, del fin hacia el principio, pues diana fui de miradas, sonrisas y, alguna oí, carcajada, al oírseme gruñir dentro de mí y así pasaba yo mis días, mis horas, mis momentos, de uno en otro tan iguales, tan distintos, tan sin una sola intromisión hasta que tú, que yo, en tal inconveniente instante y tus palabras, tan oportunamente inoportunas que sabía que olvidaría en cuanto fueras fuera del alcance de mi vista, insoportable ruido que te acercas sin presentaciones, ya nos conocemos, dices y cuentas, intencionada pretensión, hasta colmar de dudas, de miedos, mi pequeña mise en scene que, seguro y con descuido me asaltarán y harán temer.

Horas después, creyéndome a salvo, me encontraba en casa, tarde o temprano, según, y concluidos ya esos momentos necesarios, convenientes, y gozosos que contiene la existencia, después, y en este orden, para mí, como llegar a casa, cerrar detrás de mí la puerta, cambiarme, lavarme, servirme, por fin, la comida y dejarme, como colofón, vencer por un ligero sueño, entonces, de improviso y abandonado yo a un descanso cierto, sentí violento tu paso, un huracán que pone del revés mi reducido mundo. Quizá te pueda parecer exagerado despertar, tensos mis músculos, pensando por qué nada recuerdo, nada de nada, ni de ti, ni de mí, ni mi vida, nada y ahora, por qué tú, y ahora, por qué, debí, quizá, enfadarme o preocuparme al otro lado, allí donde aparece todo cuando la luz aquí se apaga, allí donde todo aquello, cuanto escuchas, ves y tocas, a veces, y transforma y te preguntas ¿por qué?, en algo que no esperas, que no entiendes y que temes o preocupa y quizá, por esto, vuelves atrás en tu memoria con esfuerzo y recuperas, mal, esas palabras que dijiste mientras me encontraba en buena lid con un infame, del que no tuve piedad, pedazo de tortilla, lo recuerdo, que ahogué con un tercio frío de cerveza, esto también lo puedo recordar, pero tú, a ti ¿quién eras?, ¿qué hiciste de mí? ¿Mucha atención te tuve?, apenas, pues no te esperaba, yo no esperaba a nadie, no imaginaba encontrarme quien dijera serme conocido alguno en tan lejanas tierras ─allá donde no alcanza la memoria, esas tierras, entendí después─, como deseaba tanto olvido, que tuvieran la ocasión de fastidiar mi almuerzo. Fui un necio al no asegurar la plaza y eliminar toda contingencia ─seguía en esa historia aún, mi propia y verdadera historia─. Tu llegada por sorpresa, invasiva y también cordial redujo mis barreras a escombros, anuló toda defensa incapacitando cualquier maniobra evasiva, cualquier excusa, mi huida. Me hablaste todo el tiempo, me hablaste sin quitarme la vista de encima, me hablaste sin saber, como si tú, o alguna instancia hubiera decidido si yo quería saber o compartir o recordar y recordé, vaya si recordé. No me alegré de verte pues no llegué a reconocerte y unido esto a tus palabras, al despertar de mi siesta, un pensamiento, una palabra, que ya campaba a sus anchas por mi mente, de la que no era capaz de liberarme, y que me ahogaba en forma de pregunta, intervino ¿existo?

Imagen tomada de Pinterest

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