Algo tan sencillo, eso tan sencillo como es contarte una historia, eso que sabiendo lo que sucedió y que de nuevo vuelve a suceder y así, sin recordar aunque sabiéndolo, eso, solamente eso y así de simple, aunque en el fondo no lo sea, eso, la historia que no soy capaz de contarte pero que necesito sacar fuera de mí y entregártela, explicártela y aliviarme, arrancándomela y que no puedo, no soy capaz, y no es solo por lo que cuenta la historia o por encontrar cómo contártela, qué palabras, qué tono, qué lugar y momento emplear mis energías para guardar silencio, mirarte y comenzar, sí, y en qué momento hacerlo, contarte una historia, algo tan sencillo que casi parece una locura y es por eso por lo que te burlas de mí, y porque no entiendes qué es querer evitar volverme loco por lo que callo, por lo que, al no poderte contar siento que si me vuelvo a replegar en mí mismo, a volverme hacia mí, a invertir el sentido de esa dispersión que soy y en la que vivo para buscar otra vez aquella historia, la que iba a contarte, la que quiero, necesito contarte, tal vez, así, pueda volver. Y volveré, y encontraré el modo, volveré otra vez para contarte, encontrar el principio de todo, si es que existe un principio de algo que jamás acaba y luego, dirás, que no es posible, no habrá un comienzo porque, tú siempre lo dices, nada comienza, solo se da que llegas a un lugar y a un tiempo donde transcurre y sucede todo, o quizá no haya suceso, quizá solo alguna consecuencia, ni sabrás, tampoco, qué sucederá, porque es posible que sea como creo, continuarás diciendo, crea que yo esté del todo equivocado y nada es como imagino, por eso avanzo pensando que ahí fue donde todo dio comienzo, en ese punto de la historia, en ese en el que tu elección, la mía, me dirás, decide como inicio, comienzo y avanza, porque algo lo impulsa, lo mueve, con un sentido, una dirección que, sigues creyendo, te llevará a algún lugar, a algún punto de la historia, sin sospechar siquiera que vuelves, otra vez, al principio.

                Así, de ese modo, fui yo, desde esa tarde que languidecía, recorriendo calles en silencio, bajo la nieve gris que caía, aquel momento en el que caminaba hasta el anochecer y el agotamiento, tiempo ya para parar y un estado casi lamentable en que necesité descanso y recorrí con poco aliento hasta cualquier lugar tan apartado y poco concurrido que al llegar no me senté, caí, perdiendo, no sé muy bien qué, ni cuánta noción de tiempo y de lugar. En cuanto me recuperé supe que me hallaba solo, aunque oyera voces cerca, y lejos, y voces en movimiento, acercándose, alejándose, voces lejanas tan llenas de energía que me alcanzaban, voces de muy distintos colores, con todo, yo sabía que estaba solo, que me sentía solo porque dejaron, su voz y su mirada, de perseguirme, dejé de verme en el fondo de sus ojos, tus ojos, donde dejé de verme, donde dejé de oírme al concluir tú con sus reproches, dejé de proferir lamentos que ignoraba, reconocer, obligado, culpas no tan del todo mías, y todo sometido por aquella presencia, por ti, aquella voz, aquella mirada, tu voz y tu mirada, con un poder del que no fui capaz de huir hasta que desapareció una noche en la que ya no vi, no oí, ya no sentí tu predominio.

                Sentado en lo que vi que era, uno de aquellos viejos y escasos bancos de madera que no reconocí al principio, ni supe bien, sabiendo en el fondo, donde me hallaba, sintiendo, reconociendo o recordando cada lugar que pude ver bajo la pobre luz de unas farolas descuidadas, espacios de un parque que, al recobrarme, al volver en mí yo conocía bien pues suelo, solía venir a caminar, a menudo, para encontrar algo de soledad, de paz y de sosiego, y de silencio cuando ese intenso ruido ya era insoportable. Un sitio como este, encontrándose tan cerca de mi casa, era perfecto para venir a pasear a solas o sentarme en cualquier banco viejo de madera bajo la luz de una farola cualquiera de esas noches de verano en que refresca, aislado, para no encontrar apenas otra voz que la mía leyendo sin empañárseme la voz, y sin curiosos que me escuchen, algunas obras ligeras, o cómicas, o de viajes que jamás podré vivir porque aquellos que son de mi gusto se escribieron ya y fueron de otros tiempos, lejanos, de aquellos en los que la aventura era quizá colarse como polizón a la espera de que cobraran protagonismo, justo y oportuno, aquellos elementos y personas a las que entregaba su destino, o que un descuido mío propiciara toda una suerte de calamidades que, contadas con ingenio dieran, por respuesta única y apropiada, risas, con todas sus bondades.

                Me recobré, por fin y del todo, de aquel malestar y, poniéndome en pie, reanudé mi paseo. Quise entretenerme yendo y viniendo por aquel lugar, lamentando no tener en ese instante algo para leer, hasta llegar a una apartada y cuidada vieja iglesia, y jardín, adyacente, todo muy cerca de un mirador desde el que se podía contemplar el muy oscuro y moteado cielo y su multiplicado reflejo aquí en la tierra. Así pasaron los minutos, en una agradable calma, y paz, que agradecí y quise llevar conmigo hasta que oí, sentí levantarse el viento y algo que con ello vino y que me sacudió de un modo que todo lo transformó y llegaste tú, volviste, y trajiste contigo el caos y el viento y el recuerdo de todo, aquel dolor, aquellas horas, la pérdida… pero este viento, grité, no sopla nunca en esta dirección, el viento se equivoca, el viento, y tú reías, me replicabas que ni para el viento ni para cosas tales como esa o como amar existen reglas.

                Todo iba bien, todo, grité, hace tan solo un momento llegué a este lugar sin saber que regresaba, sin darme cuenta entonces, sin ser consciente hasta recuperar mi aliento, hasta el momento en que el alivio y cierta paz llenaron con viejos recuerdos que llegué a vivir aquí y ahora, ahora, ¿por qué ahora, y por qué tú de nuevo?, ¿por qué en este lugar y el viento agitando los arbustos?, ¿por qué al llegar aquí, todo está mal, todo vuelve a estar mal, todo está equivocado aunque lo niegues preguntándome qué, cómo, de qué modo pueden equivocarse las cosas? Y fue en ese instante cuando vi a tus pies la pala con la que removiste la tierra mientras llamabas con tu teléfono y todo se redujo al fin a un terrible y gris y frío espacio donde no encontraba una respuesta y en ese lugar yo daba vueltas y más vueltas sobre una cama, pensando, buscando cambiar de lugar creyendo que así todo volvería a estar como al principio, que encontraría el modo de llegar de vuelta, en el comienzo, recordando cómo, en qué lugar y en qué momento todo estaría de esa manera, del modo que no encuentro ahora, que no consigo ahora al mover todo de sitio, al cambiarlo todo, al limpiarlo todo y dejarlo como sabía que habrían de estar en ese instante, aquel que fue el comienzo, aquel del que me dices una y otra vez que no, que no hay, que no existen los comienzos aunque tal vez hubiera habido alguna vez, pero ahora.

                Ahora quedamos para pasear y recorrimos calles, aquella tarde, sin saber muy bien qué hacer, porque ya estaba todo terminado y no había necesidad de huir, ni de esconderse, y ni siquiera pensaste complacerme cuando aquel cartel que vi, aquel nuevo cartel que el cine colocó a la vista, aquel del que te hablé y que no te interesó en ningún momento hasta que viste aquellas fotos, aquella tarde, y entradas para dos y a oscuras buscamos los asientos en un cine que abrió sus puertas con un gran estreno, aquella tarde en la que declarabas que no hay comienzos, fue la misma tarde en la que descubrimos que jamás nos conocimos, la tarde que al salir supimos que el sol se puso hacía ya tiempo y aún seguía a tus pies la pala con la que removí la tierra.

Sobre el Autor Aurelio Cañizares D.

¿Sobre mí, dice?, no encuentro nada que decir. Prefiero saber de mí por los otros, por sus gestos, expresiones, comentarios...

2 comentarios

    1. Fascinante… no lo esperaba y, por ello, la grata impresión que tus palabras me producen es, qué duda cabe, bastante más intensa. Soy un lento aprendiz, y más a mis años, que va y viene en busca de un estilo que darle a mis palabras.

      Gracias, Ana.

      Quiero decirte que es la filosofía, de la que nada sé, lo que me salva, así como la novela y la poesía, en este orden riguroso.

      Gracias, de nuevo. Vuelvo a mis letras. Adiós.

      Me gusta

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