Hablándome al oído

Llevo dos líneas escritas, dos insufribles, vanas líneas de un aún peor, frenético e ilegible bosquejo de relato escrito ayer durante una tarde calurosa, en exceso para mi gusto. Un buen ensayo, entiéndase la ironía, sobre algo que no entiendo y no me sirve hoy. Así llevo toda la mañana.

Me dormía, a mi pesar, porque me abandonaban mis ganas e interés. Cedí a un sopor que me redujo al sueño. Así pasó, dijiste, te rendiste. Qué extraño, pensé al oírme fuera de mí, turbado ¿quién dijo…?, ¿quién habla?, ¿así es como suena mi voz? Un sueño, creí. Unas palabras pronunciadas desde el otro extremo de la enorme mesa donde trabajaba, con mis libros y cuadernos y otros objetos campando a sus anchas, que ya no entendí. Todo se oscureció.

Abrí los ojos y sentí que alguien me miraba. Sentado en una butaca, frente a mí, un individuo que, se me parecía o era yo mismo, me observaba preguntándose ¿se puede saber qué estás haciendo?, o alguna otra cosa similar y que no dijo. Imposible, pensé, mas pudo ser parte del sueño ya olvidado. Ese individuo, o sea, yo, sin apartar la vista de mis libros, dudando en su elección, decidió preguntarme por mi trabajo, cómo y por qué me lamentaba yo, con mis primeras palabras, por tan pésimo y paupérrimo comienzo y me contesté que así era, cuanto construí, con el esbozo de una historia, fue en vano, solo dos líneas, un lamentable esfuerzo el de ayer y… ¿y qué?, me dijo, y sin permitirme continuar, con una breve andanada preguntó ¿qué es eso tan breve y tan malo que no pueda contarse?, ¿qué, cuánto, llevas escrito?, ¿qué esbozaste ayer?, ¿qué relato es ese?, ¿puedes adelantarme algo? Paró de pronto de preguntar, algo debió ver en mi rostro que no sé si era ya el mío. Me preguntaba, sí, pero ¿quién me preguntaba entonces?, ¿sigo dormido aún?, ¿quién era yo, si me sabía a este lado, pero, igualmente, si yo me veía al otro lado, si soy el que está frente a mí?, ¿me debo responder?, ¿qué me respondo si ya me he contestado a esas preguntas?, si yo ya no soy yo ¿qué respondo a aquel que fui?, ¿es una broma grotesca? Creo que enloquecía, desvariaba y sin saber qué hacer cerré mis ojos reclamando algo de calma y de silencio, no se me ocurrió en ningún momento mirarme en un espejo, tampoco, pensé después, quise levantarme, cierta curiosidad morbosa me retenía en aquella butaca.

Un tiempo después oí y reconocí una voz, unas palabras, alguien leía en voz alta el comienzo de una novela de Alejo Carpentier que estaba entre los libros de aquella enorme mesa. No sé si creyó que yo dormía y quiso despertarme o, simplemente, se aburría y decidió entretenerse con esa lectura del mismo modo que yo lo hacía alguna vez.

Con suma discreción me puse a repasar el texto que ya debí concluir para su entrega. Aquél siguió leyendo al verme regresar a mi escritura, pensé, pero en silencio, ahora, cosa que agradecí, sin pensar, sin recordar, aquel mal comienzo, sin levantar la vista apenas, sin escuchar aquella voz, sin prestarle atención a la voz de mí yo sentado al otro lado de la mesa, pues no quería distraerme y seguí, bolígrafo en mano, garabateando porque, aunque fue por un momento, vi, para mi sorpresa, en un tiempo y lugar indistinguibles, una sombra definirse en una habitación cogiendo una maleta del suelo que deja encima de una cama; oí, igual que aquella sombra, el timbre de un teléfono; sentí, como esa sombra, de aspecto ya reconocible, un peso insoportable. Yo, o quien quiera que fuese, continuaba emborronando folios. Aquella sombra, aquel hombre, podía observarle, caminaba lento por su habitación quedándose parado frente a una ventana contemplando, pensando, esa mañana de primeros de septiembre, callada, fresca, luminosa y última, cómo, con una necesidad urgente, disponer su marcha y decidiendo con qué tono se despediría de aquella con la que había hablado por teléfono hace tan solo unos instantes.

Quedaron cerca, en un café, y ya era la hora. Se sentía tenso, necesitaba caminar, distraerse y dio un rodeo calculando, mal, llegar puntualmente a su cita con Lara y se encontró, para su sorpresa, frente a la cafetería. Entró y pidió un café solo que se llevó a una mesa. Esperó removiendo el azúcar y contemplando el ir y venir de los que, suponía, acudían habitualmente a ese lugar. Lara, quien le llamó, se retrasaría unos minutos. No le importó esperar porque disfrutaba de esa soledad, o aislamiento, en la que se instalaba siempre y observaba sus rostros, sus gestos, sus idas y venidas, sus conversaciones, sus tratos familiares.

Igual que un naturalista, anotaba en su cuaderno, o dibujaba, lo que llamaba su atención. Se distrajo un momento en que miró hacia la calle a través de la enorme cristalera que tenía frente a sí. Un pensamiento tal vez, algún sonido, el reconocimiento de una persona en aquella otra desconocida que pasaba en ese momento, fuera lo que fuese no percibió la atención con la que uno de los clientes del lugar, acodado en la barra del bar desde, quizá, antes de que llegara a su cita con Lara, y que no vio, le miraba. Lara llegó y se acercó a la barra, pidió su café con leche en la barra y esperó, al lado de aquel que le observaba, sin imaginarse nada fuera de lo normal. Acercándose con su taza a la mesa, se sentó, saludó y disculpó por su tardanza, sonrieron, no importaba, realmente, pero, dime ¿qué te sucede?, ¿por qué la urgencia?, cuando me llamaste te noté angustiada y ahora, al verte, no sé, es como si fueras otra persona, como si no te pasara nada, cuéntame ¿te ha ocurrido algo? Lara bajó su vista, nerviosa, hasta que decidió hablar. La escuchaba y sintió, al mismo tiempo, la insistencia de algo, una molestia, una presencia que le obligaba a buscar, a su alrededor, sin éxito. Ignoraba si Lara lo notaba pues nada mencionó, puede que quizá no se diera cuenta, como él, que fuesen observados. Miró hacia aquel individuo solitario, que le iba resultando extrañamente familiar, vestido con unos vaqueros desgastados, una camisa beige, unos zapatos de color marrón y con un descuidado pelo castaño, de su misma edad que, de vez en cuando volvía su rostro hacia nuestra mesa buscando, no sabía muy bien si otra pequeña distracción cansado, tal vez, de las que ya disponía al ser la única mesa ocupada a aquellas horas; si miraba porque quizá los conociera; o si fuera otra razón desconocida. Tardó en encontrar el origen, la causa, la molestia que todo aquello suponía para él y buscó el modo de forzar cruzar sus miradas, necesitaba conocer tanta insistencia de aquel individuo. Lara miró la hora y le preguntó si ya se iría. Supo que ya era el momento de decir adiós y antes de levantarse cogió su mano y le pidió un momento más, unos minutos. Accedió, no volverían a verse y ella no lo sabía, aún, era preciso decirlo y terminar. Se distrajo un segundo y miró hacia la barra del bar, le inquietó no ver a nadie.

En ese momento dejé de escribir y levanté la vista para ver si ese rostro impostor seguía sentado al otro lado de la mesa y era el desconocido del bar. Me reí. Mi imaginación, a veces, me pone en estas situaciones, me oí decir al oído mientras seguía buscándote…