Todas estas tardes

Es sábado y come en casa. Se encierra en su, como lo embroma, laboratorio culinario atreviéndose con algo inesperado, el hurto de una receta que unos días antes alguien olvidó encima de la mesa de un despacho donde esperaba encontrarse con un gestor financiero que, al final, después de casi hora y media, y sin avisarle, no se presentó. Horas más tarde recibió un correo del gestor donde le pidió disculpas y una nueva cita para la semana que viene en el día y la hora que le fuera posible, con esas palabras que, la verdad, no le importaron demasiado porque la sustracción de aquel pedazo de papel, una adecuada compensación, se decía, era como una pequeña aventura, una cita a ciegas, una novela, y paliaba, de alguna manera, aquella pérdida de tiempo, aquella espera.

En su cocina, después de colocar la compra recupera, del fondo de una de las bolsas, la receta. Se sirve un syrah, queso de cabra y se sienta a la mesa. Coge el mando de la televisión que no enciende porque ya le distraen, y lo prefiere, sus pensamientos. Con un pedazo de queso entre sus dedos puede verse, se ve en su recuerdo, ahí mismo, no muy lejos desde donde se halla, corriendo descalzo, oculto siempre, muy excitado, con unos pantaloncitos cortos y un pedazo de queso viejo entre sus ropas, primer e inocente hurto, con impaciencia y hambre por comerlo sentado a la sombra de un árbol desconocido, frondoso, lleno de pequeñas, minúsculas vidas. Quiere llegar a la orilla, sentarse y esperar, sin ser descubierto, esperaba verla regresar, solo eso, que hoy llegue por fin su barco.

Se preguntaba por qué nadie le dijo que ya no volvería. Llegan a puerto y vio por fin a quienes, en su ida, marcharon con ella. Se acercó anhelante, quería saber. Parándose a su lado miraba nervioso por todos lados. No habló, no pudo, solo buscó en aquellos rostros la respuesta a su pregunta, solo una mirada, y no encontró más que una mano en su hombro, y el silencio, un silencio que le hirió y que ya no sanaría en esas tierras de las que se alejaría un día para siempre. Fue su primera vez. No hubo más.

Sorbió de su copa y al dejarla sobre la mesa mira, con curiosidad, ese fragmento de papel sobre el que alguien se esmeró anotando con el pulso y precisión de un pendolista una receta a la que ahora resta originalidad pues solo fueron la escritura y un papel nada corrientes lo que excitó tanta curiosidad y se agenció en justo desagravio. Un papel, una escritura, un olor, el de aquel pequeño objeto que le evocan recuerdos, tan vagos, tan lejanos, tan sin sentido quizá que cede, a su paso por su mente, sin preguntas, salvo aquella que les llegara de quien no esperaban encontrar y que les fuera suficiente, y basta, contestar con el silencio. Un golpe le devuelve a su cocina, un golpe que le llega desde el otro lado del tabique, un golpe, otro más, seguido del silencio, pero esta vez no hay en su hombro una mano.

Puesto en pie repasa el texto recordando una vez más su rostro, pero se siente cansado, desganado y aún sin hambre. Prepara lo que necesita, mira el reloj y se pregunta cuándo comerá.

Se asoma al balcón. Afuera hace demasiado calor y vuelve dentro. Enciende la televisión que enseguida apaga, no le apetece tanto ruido en su cabeza. Piensa en la música, pero no tiene radio, aunque sí un tocadiscos donde escuchar algo de Coltrane o de Miles o Bach, tal vez, o quizá se decida por ver una película, tal vez sea lo mejor, una película, pero duda porque lleva mucho retraso con sus lecturas pendientes. Coge uno de ellos, lo abre y ya no sabe, no recuerda, no le suena nada de lo que leyó. Es normal, se justifica otra vez, lo empezó el lunes con muchas ganas y mucho cansancio y quiso continuar el martes, pero solo leyó tres páginas porque la falta de sueño, su jaqueca, la horrible discusión frente a su puerta con detención policial, ingreso clínico de urgencias, nadie podía ponerse a leer como si nada, o a ver una película, o escuchar a Coltrane, a Miles, a Bach, con tanto ir y venir de policías, sanitarios, y tan tarde hoy quizá solo tenga cabida una cena ligera y por ser tarde para la lectura o quizá no le apetece o quizá terminará con una película, no sabe aún que será lo que prepare hoy sábado que no le espera nadie, que nadie llamará a su puerta, una tarde de sábado que pasará en casa solo como otras tardes todos los días, y todos los días la soledad de siempre.

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