Adónde ir

Caminaba por las calles a pesar del frío, de no saber adónde ir ni de la certeza de la inutilidad de sus esfuerzos por volver atrás y propiciar la reparación de ciertos errores que, estaba convencido, no eran solo culpa suya. Por eso la buscaba desde que acabaron separándose, con tanta violencia, un momento antes, tan solo, de la llegada de sus amigos.

                Recordaba, sin dejar de caminar, cómo ella se puso en pie y oía salir de su boca, con un tono y una fuerza que le sorprendió de tan menudo cuerpo, toda clase de insultos y reproches que pudiera imaginar o recordar. Cayó casi inmediatamente, con brusquedad, llevándose las manos a su rostro cubriendo el súbito torrente que aquellas diminutas compuertas de sus ojos no pudieron contener y al acercarme yo, con una mezcla ambivalente de sentimientos, y sin saber muy bien qué hacer, me puso una barrera inmensa, infranqueable, con su pequeña mano, recogió después algunas cosas, no sé si lo que estuvo a su alcance o lo que necesitaba, abrió la puerta y la cerró al salir.

                Él se quedó paralizado, no supo reaccionar hasta que oyó sonar el timbre de su casa y aun así no contestó inmediatamente, no, seguía como aturdido, necesitó de unos instantes para darse cuenta de en medio de qué circunstancias se hallaba.

                Seguían llamando, fue a contestar, pero ni oyó ni habló ni pudo recordar si les abrió la puerta a sus amigos. Venían a cenar esta noche de Reyes.

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