Antes de abandonar

Llegué arriba y me paré en el último escalón. Era temprano. Eran las siete de la tarde. Pensé que, mientras subía, sería suficiente, me bastaría hasta el anochecer para acabar alguno de mis textos. No lo sabía, pero me equivocaba, nada puede pasar como lo esperas o, no sé, quizá sí lo supiera y algo me dijese que, por eso que supimos un momento antes de comer, ya no sería posible recobrar aquella tarde. Pasaría demasiado tiempo. Y la oscuridad.

            Me vi arriba y me detuve y me quedé mirando absorto un trozo de papel olvidado ayer por recoger del suelo y tirarlo a la basura antes de abandonar a medias, y sin corregir, algunos textos pendientes aún por entregar en una fecha próxima. Papeles por toda la mesa, papeles llenos de palabras, con correcciones, marcas, subrayados y, en mi ordenador, documentos aún abiertos pendientes de una revisión, textos y más textos por todas partes, muchas palabras y todo tan vacío, tan sin sentido. Borradores, esbozos, pedazos, partes sin definir aún de no sé bien qué historia. Sabía mucho antes de subir que para abandonar y regresar abajo al dar las diez cuando ya no pudiera soportar más tiempo, en la penumbra, la luminosidad de la pantalla debía concluir, debía cerrar al menos un capítulo, y recoger aquel trozo de papel.

            Pero no, me quedé quieto allí, en el último escalón, absorto en un pedazo de papel, sin nada que decir, sin nada que escuchar, sin nada que pensar. Y un momento después, que no sabría cuándo, ni por qué, noté un calambre que me liberó de esa parálisis y entonces recogí, y arrugué, aquel descuido e hice, con mis dedos, una minúscula bolita de papel que miré mientras giraba entre mis dedos buscando una bolsa negra que tardé en localizar entre tantos objetos porque, tal vez, no le gustó a la bolsa aquella luz que entraba a través de la ventana y eligió ocultarse o porque, tal vez, miraba yo donde creyó mi recuerdo que dejé la bolsa y susurrando, mi recuerdo, me guio donde solía dejarla, acumulando polvo, a la espera de engullir cualquier objeto u otra bolita de papel, pues son, estas enormes bolsas negras, las únicas que guardan celosamente mis secretos y mi olvido. Y ocupó al final esa bolita, aquella que naciera entre mis dedos, cuando hallé la bolsa, con paciencia y sin nada que objetar, su sitio. Dejé la bolsa en el mismo lugar y abierta, como la encontré. Aún no estaba llena.

            Volví a quedarme en blanco, con la mirada perdida en el abismo negro del vientre de esa bolsa inmensa. En silencio me preguntaba ¿qué vine a hacer aquí arriba? No me podía contestar. No podía mientras miraba, solo miraba, aunque fuera otra la impresión que diera, esa impresión de algo intencionado, meditado, esa impresión de estar buscando, a un lado de ese cuarto enorme y tan pobre de luz, y al otro, un poco más iluminada, una respuesta, yo no podría saberla, esa respuesta que me hizo subir, esa respuesta que me trajo a este lugar donde tantas veces encontraba cierta tranquilidad, o quizá no, ahora no, no en este momento que pensar no puedo, pensar, me decía, yendo de un lado para otro, perdido, desorientado, volviendo lenta, pero inexorablemente aquella oscuridad que me ocultó a las diez, ayer, aquel pedazo de papel y todas las palabras.

Inside the Spirals
Imagen tomada de Pinterest

Aquellos tonos grises

Pensaba, muy lejos de su escritorio y en el único y pequeño balcón donde, mirando con frecuencia a un cielo tantas veces, aquel año, cargado de humedad, como enfrentado a un sol que le niega o que le impide que asome, que alumbre con algo de luz al mundo, pensaba, apreciando aquellas tonalidades grises, se lamentaba de lo que ya le era una certeza, una seguridad considerar a su escritura de patética. Pensaba, y no otra cosa, que era cierto, que era incapaz de pertrechar, así se oía en su cabeza, incapaz de, ¿de qué?, de no sabía qué cosa a la que daba vueltas, pero qué, no daba con ello, no daba con la imagen, con el verbo, con cuanto deseaba describir reduciéndose a lo mismo, pues ya solo era un fracaso, un fraude, no le quedaba nada dentro o al menos es lo que sentía.

Pero insistía y, bueno, puedo hacerlo, se decía, y se engañaba tal vez o, tal vez es lo que deseaba, ¿puedo escribir algo que merezca la pena, que me deje satisfecho, que convenza?, no por cierto, y siendo honesto, porque creía conocer el talento, la excelencia, el buen hacer, pero de ahí a ser capaz de, no, capaz ya de nada, ya no, de alcanzar nada, imposible, ya no llegaba. Carecía de imaginación, de creatividad, de ambición. Sentarse todas las tardes a la mesa para ponerse a escribir después de levantarse agotado porque por las noches ya no hay luz que le ilumine, ni descanso, ni horas que le rehabiliten, levantarse casi al mediodía, regresando aún no sabía por qué, ni cómo, a otro nuevo comienzo, una rutina como es la suya, esa que se impuso sin la fuerza, carácter, voluntad que necesitaba y que sin ella acababa, casi siempre, al borde de un ataque porque una tiránica exigencia no le permite encontrar el modo de finalizar un texto, sin apenas tiempo ya para su entrega. No le quedaban fuerzas, ningún resto ¿Qué hacer, entonces?, se decía una y otra, y otra vez, ya solo queda renunciar y sé que lo voy a sentir, sí, pero he de acabar definitivamente, es necesario y aún estoy a tiempo, seguía pensando casi en voz alta sentado hacia la mitad y el centro de una gran escalinata, espacio que encontró vacío, soleado y apetecido para un momento de meditación y descanso. No dejaba de repetirse que deseaba un cambio, quería acabar con tanto vano esfuerzo y, por qué no decirlo, tanto tedio, se decía algo sorprendido por la honesta confesión que nunca, cualquiera que le conociese, le hubiera oído pronunciar de sus labios no hace, aún, o sí, demasiado tiempo.

Y demasiada gente, creyó, iba y venía ahora, fluctuaba igual que las mareas, que los valores de la bolsa, pensó esbozando una sonrisa cuando le distrajo de sus pensamientos una voz que no entendió, la voz de una mujer gesticulante, inquisitiva casi, mirando en esa dirección en la que se encontraba él, sentado, algo inquieto y en sus cosas, y de la que ya no fue posible, no supo o no pudo, ni consiguió quitarse ni un instante de observarla con todo el disimulo, eso sí, de que fue capaz, llamando a otra persona de un grupo sin soltarse del brazo de su acompañante, otra mujer de más edad con la evidente intención de alejarse de la escalinata o regresar quién sabe a qué lugar, dando a la vez una impresión de hartazgo o de impaciencia. En el ejercicio de sus fuerzas ganó la madurez y se alejaron, tal vez debiera regresar a casa él también, se decía, y antes de ponerse en pie buscó en su bolso su cuaderno de tapas negras y un bolígrafo para anotar aquellas frases que pensara antes de la distracción que fue con la mujer. Solo pudo anotar la fecha y una forzada frase mirando de hito en hito como alcanzaba en poco tiempo, el cielo, aquellos tonos grises. Lo había olvidado todo.

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Adónde ir

Caminaba por las calles a pesar del frío, de no saber adónde ir ni de la certeza de la inutilidad de sus esfuerzos por volver atrás y propiciar la reparación de ciertos errores que, estaba convencido, no eran solo culpa suya. Por eso la buscaba desde que acabaron separándose, con tanta violencia, un momento antes, tan solo, de la llegada de sus amigos.

                Recordaba, sin dejar de caminar, cómo ella se puso en pie y oía salir de su boca, con un tono y una fuerza que le sorprendió de tan menudo cuerpo, toda clase de insultos y reproches que pudiera imaginar o recordar. Cayó casi inmediatamente, con brusquedad, llevándose las manos a su rostro cubriendo el súbito torrente que aquellas diminutas compuertas de sus ojos no pudieron contener y al acercarme yo, con una mezcla ambivalente de sentimientos, y sin saber muy bien qué hacer, me puso una barrera inmensa, infranqueable, con su pequeña mano, recogió después algunas cosas, no sé si lo que estuvo a su alcance o lo que necesitaba, abrió la puerta y la cerró al salir.

                Él se quedó paralizado, no supo reaccionar hasta que oyó sonar el timbre de su casa y aun así no contestó inmediatamente, no, seguía como aturdido, necesitó de unos instantes para darse cuenta de en medio de qué circunstancias se hallaba.

                Seguían llamando, fue a contestar, pero ni oyó ni habló ni pudo recordar si les abrió la puerta a sus amigos. Venían a cenar esta noche de Reyes.

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