Si tú supieras

No eligieron cómo, ni dónde, ni a través de qué o cuál medio, conocerse. Solo propusieron decidir, entre ellos, sinceridad, respeto, honestidad, si ello fuera posible bajo un singular y mutuo acuerdo que fueron construyendo como era mostrarse, todo ello públicamente, detrás de una imagen y un nombre falso que no les descubriera ni relacionara y recurrir a otros medios para contactar, pero ya de manera privada entre ellos, donde pudieran conversar por mensaje o llamadas telefónicas y todo, armados de paciencia, para concertar una cita, un día, cuando la ocasión y cierta confianza y conocimiento entre ambos, fuera propicia. Hasta entonces dejarían, en último lugar, conocer el aspecto físico de cada uno pues antes deseaban aprenderse, disfrutarse, entristecerse o sorprenderse con cuanto se contasen.

        La distancia que mediaba entre ellos, que era enorme, menguaría un día para su primer encuentro y, quién sabe, tal vez se decidieran por partir juntos en vez de volver, a sus respectivos hogares, solos.

         Alguna vez, en medio de una conversación, alguno de los dos, Laura o Luis, pensaba qué extraño pudiera parecerle todo esto a sus amigos si supieran de esta relación. Dos que reconocen, por vagos indicios, haberse conocido o coincidido de un modo singular, en uno de sus muchos viajes, visitando toda clase de lugares; descubriendo, con el tiempo, que han podido encontrarse muy próximos, cuando recuerdan, casi al alcance de sus manos, pero sin saberse siquiera, tan absortos caminando por salas largo tiempo abandonadas, aunque tal vez recordaran una mirada, el timbre de una voz o algún gesto singular, quién sabe si no era, si no es tan solo uno de esos extraños, incomprensibles deseos que se les atribuye siempre a los demás. Y es que, quizá por cierto desencanto en el amor, quizá por alguna muy personal intención de no volverse a complicar la vida, pues con la edad y la experiencia valoraban notablemente su espacio y soledad y no es momento de volver a comenzar, de volver a estar en compañía. Todo esto ya no era algo buscado. Todo esto fue una sorpresa que aún no saben si la quieren para sí, quizá todo se acabe en nada al encontrarse un día.

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Foto tomada de Pexels

Vuelve el pasado

No sabía qué hacer a pesar de tener aún muchas cosas pendientes, tampoco adónde ir, así que salí a la calle a practicar uno de mis placeres predilectos, caminar sin rumbo.

            Al cabo de no mucho de mi caminata oí una voz que me llamaba, una voz familiar que llegó a estremecerme, al reconocerla, una voz perteneciente al pasado. Miré y, con sorpresa, supe que eras tú, Alberto que, con una cerveza en la mano y acodado en la puerta de un bar, me saludabas desde el otro lado de la calle. Sonreí, quizá porque soy propenso a ello, procurando no dejar traslucir mi sorpresa, y una cierta violencia, y me dirigí sin demasiada prisa, casi con desgana o incomodo hacia él sin pretender en ningún momento quedarme a tomar una copa o pasar por el mal trago de, posiblemente, las muy previsibles presentaciones de sus conocidos a las que me sometía disfrutando con ello de mi sufrimiento por mi conocida misantropía, pero, muy a mi pesar, Alberto junto con una conocida de ambos, Claudia, me sujetaron por las manos con firmeza nada más hallarme a su alcance y me vi arrastrado al fondo del local donde un grupo de personas conversaban animadamente, algo debían celebrar aparentemente o, tal vez, todo era puro teatro, un falso encuentro donde actuaban como si hubiera hecho demasiado tiempo desde la última vez que se encontraran y yo fuera su principal objetivo.

            No sabía si soltarme con brusquedad o dejarme llevar obedientemente. Accedí al fin y llegamos Alberto, Claudia y yo, su rehén, al final de la barra donde dio comienzo mi sufrimiento, la ronda de las presentaciones. No conocía a nadie, pero a ellos no parecía importarles o, de tanto oír de mí, no bien ni mal, quizá se hicieran ya una idea. Tras tan larga y algo confusa presentación me pidieron algo de beber, aún no sabía si todo esto tenía algún propósito. Alberto no sabía que, hacía ya demasiado tiempo, no probaba una gota de alcohol y mucho menos el porqué lo dejé. Mientras negaba su ofrecimiento y pedía yo otra cosa le oí nombrar a Alberto a alguien para que viniera a conocerme. Me sobrecogí, no podía, ni quería imaginarme, por lo que oí, a su interlocutor, evidentemente no estuvo en la lista de los presentados y al llegar a nosotros, de qué sé yo qué lugar de aquel local enorme, me llamó Alberto, me giré y me presentó a Javier. No pude evitar un torpe mohín de sorpresa y malestar. Alberto no sabía que conocí hace años a Javier y resultaba evidente que jamás le habló a nadie de nuestra ya defenestrada amistad que, debido a mi torpeza, acabé destrozando, pero aquellos eran otros tiempos y, en estos, yo, tan ignorante de todas las cosas, procuré seguir las más elementales norma y corrección que el temor más absurdo me dictaba.

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Fotografía tomada de Pinterest