Eres tan despistada

Te vi bajar hasta la orilla. El tiempo aquí es clemente y no necesitabas abrigarte mucho, tú, que eres tan friolera. Ya te avisé de mi llegada. No has querido esperarme, ni dejarme una nota, tampoco llevas encima tu teléfono para contarte que al fin estoy aquí. Qué cabeza la tuya, tan despistada, a veces. Yo aún no he deshecho la maleta. Después de tan largo viaje necesitaba descansar, sentarme un momento, entender por qué no estás, que me dijeras, si repetías una y otra vez que ansiabas verme. No sé qué ocurre, bueno, tal vez aún nada y me imagine, no sé, porque yo esperaba verte en casa y conversar antes de recorrer la orilla, como sé que te gusta, darnos después un baño, tomar un poco el sol, pero te pudo la impaciencia y me imaginaste aún en pleno viaje decidiendo que me verías al anochecer y entonces nos encontraríamos, cuando ya te hubieras despedido de él que vi cómo se te acercó cuando te vio bajar, tan seguro de mi ausencia, tan confiado de ti que no llegó a mirar a la ventana desde donde os veía besaros, me oculta la penumbra y el mar silencia mi partida.

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