Todo lo que quiero contarte

Hablar, quise tanto hablar, tantas eran mis ganas y mi necesidad, tanto buscarte, tanto llamarte, reclamarte tiempo, ser tan egoísta, solo yo, no es otra cosa, escúchame, es un momento que deseo prolongar al que me aferro y que reduces bruscamente, tanto, que me duele, y me preguntas y no sé qué decirte. Y ahora, ahora quisiera hablarte si te viera alguna vez, pero ya ves, he consumido mi necesidad o no existió jamás y si me cruzara contigo por la calle y no dijéramos adiós aún, me alegraría de verte y te sonreiría, respondería tus preguntas, siempre fuiste muy curiosa, sin apartar de tu mirada, la mía, pensando todo lo que quiero contarte y preguntarte con mis labios cerrados.

En una hora

Es un instante impresionista, onírico, literario ¿o qué otra cosa puede ser este momento?, se preguntaba mirando a través del cristal donde apoyaba su cabeza e imaginaba, y a la vez parpadeaba, cada vez que un sol con fuerza se colaba entre las ramas de su lluvia, sí, impresionista y soñado y ensayado con algún dibujo y frases, y sonreía también porque era como un pulso, la lluvia, el sol, esa impresión que alguna vez, cuando el bosque no era tal, o solo era un fragmento donde también alguna casa llamaba su atención y alguna vez una mirada fue frontera, espejo, pregunta quién, qué, por qué ahora verte, encontrarte.

Y así, sentada en su asiento y apoyada en un frío cristal vivía, se imaginaba uno y otro día, y otro, en un comienzo, algo posible que una conversación que oyera, que una posible mirada, que una fugaz escena le permitiera imaginarse otra, con otras vidas, o con la suya recuperada, mientras llegaba a su destino, tan falso hoy, en este momento, tan difuso, con que pretende cubrir su biografía, algo para contar, justificarse, eludir una verdad llena de alcohol y de dolor, como todas las mañanas, un viaje de una hora que se repetiría por las noches, un viaje después, de vuelta, dentro de otro viaje de muy distinta sensación, duración y tiempo.

Siempre la misma ruta y todo igual aunque le parecía que a veces era el caos, un rostro, una persecución, alguna casa que, sin esperarlo, aparecía en ese instante y era un continuar, o tal vez un comienzo, una historia que ayer dejó inconclusa y que hoy podría resolver, eso sentía, o cambiar su vida, o quizá viera la imagen de un futuro, el suyo, al que no quisiera renunciar y peleara, porque ayer, ese pasado, al que no pudo aferrarse, aquel de su derrota, cuando toda la verdad se le ocultó durante algunos meses, el tiempo suficiente para aquel que le dijera en un susurro amor, y amara después a otra y reservara la violencia, que ya no recuerda, para ella.

Sonreía, imaginaba, mientras viajaba a su destino sentada en un asiento al lado de una ventanilla, sola, con su cuaderno donde plasmaba con sus dibujos y palabras instantes robados en quizá una hora, tan solo, de locura.

(texto reescrito)people-2587426__340

El rescate

Necesitaba expulsar el frío de mi cuerpo. No esperaba que una tarde que se prometía soleada, sin apenas transición, se tornara casi violenta, húmeda, gélida y no encontraba nada más a mano e inmediato que una cafetería y, quizá, pedirte mi rescate que hasta ese momento, el de mi duda por llamarte, he logrado evitar porque aún queriendo, ya no puedo ni quiero volver a verte. Pido un café y miro, mientras tanto, bombillas testigos de otras navidades parpadear en un lugar distinto cada vez quizá por mor de algún capricho técnico o tal vez por algún díscolo dios de los vientos. Nada tenía que hacer en esa tarde vencida ya por la nocturnidad y, maldije, quedé en suspenso al verte entrar ¿cómo supiste?, y dirigirte a mí que no llegué a llamarte.

Eres tan despistada

Te vi bajar hasta la orilla. El tiempo aquí es clemente y no necesitabas abrigarte mucho, tú, que eres tan friolera. Ya te avisé de mi llegada. No has querido esperarme, ni dejarme una nota, tampoco llevas encima tu teléfono para contarte que al fin estoy aquí. Qué cabeza la tuya, tan despistada, a veces. Yo aún no he deshecho la maleta. Después de tan largo viaje necesitaba descansar, sentarme un momento, entender por qué no estás, que me dijeras, si repetías una y otra vez que ansiabas verme. No sé qué ocurre, bueno, tal vez aún nada y me imagine, no sé, porque yo esperaba verte en casa y conversar antes de recorrer la orilla, como sé que te gusta, darnos después un baño, tomar un poco el sol, pero te pudo la impaciencia y me imaginaste aún en pleno viaje decidiendo que me verías al anochecer y entonces nos encontraríamos, cuando ya te hubieras despedido de él que vi cómo se te acercó cuando te vio bajar, tan seguro de mi ausencia, tan confiado de ti que no llegó a mirar a la ventana desde donde os veía besaros, me oculta la penumbra y el mar silencia mi partida.

No sé cómo volver

Abrí la puerta del salón. Vi el fuego de la chimenea y alguien sentado en una silla. No me asusté. Sabía que aún tenías la llave de mi casa y era posible verte alguna vez así, ahí, sin avisar, a oscuras, pasando tardes, y silencios, pues además tampoco hablabas nada, o casi nada solo te limitabas a observar las llamas arrebujándote con una gruesa manta. ¿Qué debía hacer yo?, ya no tenía nada claro, temía, más bien, tu reacción, ya no te conocía apenas, te distanciaste, pusiste tiempo, tierra, silencio entre los dos, pero aún volvías por el fuego. Todo muy extraño para mí que amo lo extraño, pero que a veces no sé por dónde ir para encontrarte. Anochece, me decidí a decirte. Ninguna respuesta. Cerré la puerta al entrar en un salón frío por esa oscuridad y por no haber ni un solo mueble, solo paredes, esa chimenea, unas cortinas, tú y yo. Me acerqué a las puertas del balcón. Llovía. Oí caer un leño. No sé cómo volver, dijiste, no encuentro el modo y me giré, no estabas, pero aún podíamos sentir el fuego.

Un taxi amarillo

Miro una cristalera, no sé durante cuanto tiempo, y solo veo pasar un taxi amarillo hacia donde me encuentro sentado, de espaldas a la carretera, tomando, en la terraza de un bar, una cerveza. No hay nada más cuando me doy cuenta, cuando ese momento hipnótico se desvanece por la débil luz del sol y empieza el vespertino peregrinaje, final de horario laboral al mismo tiempo que me levanto, pago y me decido caminar ahora que me cuesta tanto ver hasta que cae la noche y esa otra luz, la artificial, lo inunda todo. A veces busco un lugar más elevado, me siento, y dejo que mi vista vague entre la luz, la sombra, los objetos, mientras soporte el frío, el tiempo y el vacío. Aún no tengo hambre, pero quiero buscar un sitio acogedor donde cenar y no conozca a nadie. Ya anocheció. Vuelvo a caminar por calles poco transitadas hasta que algo de hambre me lleva a decidir franquear la enorme puerta acristalada de un local donde una vez casi en el centro del lugar me paro, miro para reconocer el sitio y veo a mi derecha que hay bancos y tableros a modo de mesa donde poder acomodarte frente a unas enormes ventanas donde algunas personas sentadas allí conversan, comen, leen o simplemente observan a través de los cristales. Después me tomaré un café y te preguntaré por carta postal por qué tampoco hoy decides visitarme.

Sombras

Hay en el salón una enorme mesa llena de libros colocados de pie y al borde y otro montón de libros, en pilas, a izquierda y derecha y libre el centro de la mesa, donde suele poner su teclado inalámbrico y teclear, mientras consigue ver la imagen siguiente a la que describió en un intento de narrar, frases y frases que va releyendo hasta llegar a un punto en el que se siente satisfecho y decide que es el fin, como le pasa cuando dibuja, jamás pinta, y traza sobre el papel líneas y sombras y no sabe nunca cuándo parar, nunca cuándo ha terminado y todos sus dibujos, como sus textos, muestran sus fallos, muestran lo inacabado, la imperfección, pero le importa poco porque aquello que escribió, aquél dibujo, entre montones de libros, de papeles, son lo que le queda por decirte.

Mis torpes ojos

La verdad es que estoy bloqueado. No me atrevo a empezar de nuevo y borro, borro o tiro a la papelera folios, textos de mi ordenador, notas, todo. Me levanto de la silla y camino por mi casa de una a otra habitación como buscando y termino de pie frente a una ventana mirando con ojos miopes el césped recién cortado y unas nerviosas y oscuras manchas moviéndose de un lado a otro. Paso minutos así, en silencio, con la ventana cerrada por el viento y el frío y trato de ver, sin forzar la vista, como dejándose llevar, la línea que separa el cielo de la montaña, ahora de blanco, sonrío, como yo, y de imaginarme allá en algún refugio, al calor de una chimenea, oyendo a mi espalda murmullos de otras personas que se decidieron por ese lugar, ese tiempo y esa compañía. Paso minutos mirando con mis torpes ojos y viendo en mi mente instantes, oyendo algún sonido, alguna voz o recordando alguna melodía y nada de esto me desbloquea, nada de esto me prepara para enfrentarme con un nuevo texto a un folio, a la pantalla del ordenador, pero me da una cosa que suelo perder y que no encuentro en otra parte y así decido terminar el día.

La cámara de fotos

Aún no era mediodía cuando me decidí por un descanso, no sé si merecido, siempre me digo que no trabajo lo suficiente quizá por excesiva exigencia, aunque sí por una mínima necesidad de imaginarme definitivamente instalado ya, en mi nueva casa, con una taza de café calentando mis manos a comienzos ya de diciembre y mirando a través de la ventana de la cocina que da a mi pequeño jardín y a la calle principal de un tranquilo barrio residencial situado muy cerca de la ciudad. Como digo, me imaginaba y no oí, la primera vez, el sonido del timbre de la puerta. No esperaba a nadie por eso no prestaba atención y quizá me relajé en exceso hasta que el timbre ya me molestó y quise poner cara y fin a esa intrusión antes de sentarme a comer. Llegué a la puerta y sin ver a través de la minúscula mirilla abrí y se me presentó un hombre con una cámara colgada de su cuello con una llamativa y gruesa correa roja y sus manos en los bolsillos ¡sus manos!, y pensé en voz alta ¿puedo ver como sujeta la cámara con sus ganchos cromados?

En los próximos días

Me dio una caja pequeña, precintada, unas llaves y le oí decir adiós cuando cerró la puerta sin esperar que yo le contestara dejándome sentir, en ese momento, estúpido, no sé si por imaginar desdén o por esa fragilidad que nace de mi decisión de abandonarlo todo y el miedo y el error quizá por alejarme, huir dirían algunos, a ese lugar que nadie esperaría aunque, pensando de este modo, acabé por encogerme de hombros y sonreír y sentir algo de alivio que se me esfumó al poner mi atención en la caja que me entregó aquel hombre, su peso, la nota que lo acompañaba ¿de quién vendrá el paquete?, y por recordar en ese instante, que me hizo volverme de espaldas a la puerta, todos los otros enormes paquetes desperdigados por las habitaciones aún sin amueblar. Casi me vi vencido por el peso de todo lo que me esperaba en los próximos días, y excitado, pasaba los minutos de uno a otro estado de ánimo según me iba imaginando cómo resolvería tal caos hasta que mi estómago hizo uso de su singular modo de expresión y, dejando lo que mis manos desempaquetaban, salí de casa, de mi nueva casa, en busca de un lugar donde aprovisionarme de alimentos para los próximos días porque esperaba muebles y ninguna visita.