Ninguna mesa libre

Espero de pie, todo se aquieta y no hay murmullos. Se detiene el tren. Me bajo con cuidado, me asfixia y aturde este comienzo de avalancha. Busco cualquier espacio libre. Camino. Miro constantemente al suelo en un diálogo conmigo y sordo, a veces. Me paro si me desoriento y busco alrededor, de pan, alguna miga, flecha, icono, una palabra, y sonrío, descubro rostros, con mi mismo humor, entre líneas, manchas y en cualquier lugar. Me pongo en marcha.

Quiero un café y me acerco a la cafetería más cercana. Café con bollería. Coloco mi café, la cucharilla, tomo el azucarillo y lo agito imperceptiblemente, rasgo el pequeño sobre y vierto en el café el azúcar, remuevo y remuevo y remuevo hasta apreciar que todo se ha disuelto y al terminar retiro unos centímetros la taza y el platillo, acerco ahora el plato con el bollo y los cubiertos, los tomo y corto tan proporcionalmente como me es posible y como y bebo un sorbo de café.

Te veo, y temo, en ese instante, al otro lado de un pequeño grupo entrando en el local. Te detienes y diriges a alguien que no veo. Mueves tus labios, tus manos que tocan otras manos y escuchas, sonríes, asientes, gesticulas, miras la animación de la cafetería, pero piensas, pensáis que no, muy concurrido, ninguna mesa libre y en la barra, no. Te veo mirar la hora y os ponéis a caminar y miras hacia mí, me reconoces, pero ya no, yo huyo, busco una salida y tú salirme al paso.

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