Una puesta de sol

Yo

Salgo del agua, cojo una toalla, anochece y siento algo de frío. Camino algunos metros, me paro y miro algunas nubes, sus formas, su escarlata y se para el tiempo al menos un instante para mí.

Te veo salir del agua y busco tu mirada. Quiero llamarte pero callo, guardo mi voz con el ocaso. Recojo para ti lo que pedimos, doy un par de pasos, paro y con extrañeza respeto tu silencio, no sé si estás, si aún sigues aquí, conmigo.

Yo

El rojo es poco a poco azul y gris y quieto y fresco y un raudo escalofrío pone en un momento el tiempo en hora.

La misma ruta

vlcsnap-2019-08-02-11h36m47s536Es un instante impresionista, o lluvia o ¿qué más?, se preguntaba mirando a través del cristal donde apoyaba su cabeza e imaginaba, y a la vez parpadeaba, cada vez que un sol con fuerza se colaba entre las ramas de su lluvia, o impresionismo, y sonreía porque era como un pulso, eran la lluvia, el sol, o la pictórica impresión y alguna vez, cuando el bosque no era tal, también alguna casa en busca de atención.

Sentada en su asiento y apoyada en un frío cristal imaginaba un día y otro mientras llegaba a su destino, como todas las mañanas, un viaje de una hora que se repetiría por las noches, un viaje dentro de otro viaje de muy distinta duración y tiempo.

Siempre la misma ruta y todo igual aunque le parecía que a veces era el caos, un rostro, una persecución, alguna casa que, sin esperarlo, aparecía en ese instante y era un continuar, o un comienzo, la historia que ayer dejó inconclusa y hoy podría resolver o cambiar su vida; o quizá la imagen de un futuro, el suyo, que se construía en otra que no quiso renunciar y peleó, pudo aferrarse y vencerse a sí misma, su peor enemiga; o tal vez la verdad que le ocultó durante algunos meses quien le dijera en un susurro amor a otros oídos y todo lo demás lo reservara a gritos para ella.

Sonreía, imaginaba, mientras viajaba a su destino sentada en un asiento al lado de una ventanilla y era una hora, tan solo, de locura.

Hoy no

No pienso, solo observo, no hago nada más, hoy no. Sé qué hora es aunque ignoro el momento exacto de mi viaje, y de mi tiempo dentro de ese otro tiempo, que comienza con mi subida al tren, y mi bajada, durante la mañana en un sentido y más tarde, en sentido contrario, repitiendo, corrigiendo o eliminando mis actos.

Solo observo y es una cosa cada vez, o la misma hipnótica figura o movimiento o sonido que me silencia y aquieta y me permite ver y me regala luces y sombras. Solo observo, no hago nada más, aún no, hasta que algo, alguien, un día, en un instante, se para y se me enfrenta mientras todo aún sigue su ritmo y esto, que me atrapa, se disipa lentamente, y lentamente ingresa el acto, el pensamiento, la pregunta.

De algún lugar surge una línea, alguna sombra, palabras que completan lo que desconozco, y no descubro, con aquello que tomo de uno y otro y otro día y construyo, en una superficie en blanco lo que quiero ver en mi viaje de ida y a mi vuelta. Líneas que se conectan, formas planas esperando luces sombras, unas palabras, frases, porque no hay más, no existe una parada, no hay alguien, no hay puentes, no hay adioses, bienvenidas, todo es, quizá, otra cosa, algo como un anhelo, ahogar una carencia por tan solo un instante, inventarse, creerse, imaginarse otra vida como propia.

Es una forma de empezar

Suele ser un viaje, es muy habitual, sin destino conocido, con música tal vez, o voz en off, o silencios con acompañamiento musical, y gráfico. Suele ser, sí, y es una forma de empezar y hay, también, quien así termina, un punto móvil en el centro de una imagen, la imagen que se abre y aísla y minimiza en un punto ridículo, mínimo, solitario y todo es fin, fundido en negro, créditos y un algo de un dolor como de pérdida, de muerte, de abismo.

¿Y todo para qué?, ¿para empezar en medio del encuentro de unas vidas que se dan en unas circunstancias con unos desenlaces, todo, aparentemente lógicos o, tal vez, increíbles?

Uno principio y fin y vivo el breve, imprevisible instante que hoy ya no, quizá mañana, sea lo que importe.

Tu voz

Termino de comer y me levanto, cojo el teléfono y te escribo dos, tres mensajes, quiero salir dentro de unos minutos y te cuento lo que siento. Termino, para comenzar, con una ducha, el mismo necesitado tiempo, las esperadas sensaciones, mi ritual, como elegir mis ropas y preparar mis cosas, mi bolso con mis libros y cuadernos, llaves, agua, móvil, todo igual y siempre en este orden y una voz, tu voz, que un ruido imita y desconozco su origen, lo mismo, todo, la sombra que al mirar desaparece, la sensación de no estar solo, y todo este silencio. He de salir y ya está todo y me decido. En un instante escucho, de nuevo, me llamas y sonrío. Me vuelvo loco, pienso, no hay nadie cerca y es sólo mi deseo de encontrarte, cierro la puerta de mi casa y salgo hacia el coche y ahora sí, ahora me llamas, ahora se repite aquella voz que vino un poco antes, anticipada a tu llamada. Querías hablarme, contarme mientras recorro unos kilómetros en coche hasta llegar a la ciudad, buscar un sitio y aparcar.