Mientras camino (Eva)

Unos minutos antes de salir de casa, hablamos, después de algunos días de silencios en los que no me atreví a turbar, aunque me sabía equivocado, tu ritmo de trabajo, tus proyectos, tu tiempo. Me decidí y pregunté por ti, por tu salud, trabajo, viajes y me contestabas, como solías, respondiéndome con frases breves, instantes de un tiempo y una luz igual que luminosos y fugaces rayos y sin ruido alguno. Dejaste caer alguna fecha, exposición, próximo viaje, algún relato y entre todas estas frases tuyas se me colaba por algún lugar de mi cabeza o cuello o pecho la sensación de serte conocido y próximo sin habernos visto, apenas, una sola vez, unos minutos.

Y era una sensación indescriptible para mí, ya no sabia por qué, pero esas respuestas, tus palabras, algo contenían, no estaba claro qué y eran, para mí, casi el delirio de un perturbado, de un loco, algo esquizoide, imaginar que tú, de alguna forma llegas a estar tan cerca que logras tocarme, y tan invisible, quiero decir, sentirte casi a mi lado, pero sin estarlo realmente. Parece exagerado pero he conocido, aunque se me objetará que no lo suficiente, tantas personas que ni una sola ha conseguido, hasta este instante, agitar mi alma de igual modo que tú, y todo, he de añadir, con tus breves, sentenciosas, casi aforísticas palabras.

Quería, debía salir ya y seguir con mi rutina, se me hacía tarde. Me cambié de ropa, cogí mis llaves, libros y cuadernos, crucé el umbral, cerré, aspiré hondo y caminé hasta mi coche.

La sensación era muy extraña, la misma que me queda siempre al hablar contigo, con esa tu manera de expresarte y con cuanto dices y cómo lo dices, es algo como habernos conocido o, mejor aún, como que sabes más de mí que yo mismo, o que eres quien me ha de mostrar, sin que ninguno de los dos sepamos cómo, o solo sea yo quien lo ignora, el qué que ha de venir, ese algo como un cambio, un nuevo rumbo, no sé, sinceramente, el qué y ya me parece todo un desvarío, todo esto de que hablo.

Dejé aparcado el coche y comencé a pasear. Camine despacio, por calles solitarias y pensaba en ti, sabía que hoy no te vería, qué tal vez nunca, pero, a pesar de todo, esa sensación de verme sorprendido, de una voz, de algo de ti en cualquier momento, no me abandonaba y tampoco sentí esa desazón que llega al descubrir que, al final, no hay nada de lo esperado o deseado.

Caminé en paz, y en silencio, un buen trecho hasta que fui dueño de mí y quise, sin olvidarte ni un momento, silbar una canción y sonreír aislándome de casi todo.

Eva

Sólo necesitaba cargar la batería de su móvil, era el pequeño favor. Le mostré dónde enchufar su cargador y, me dijo, apenas tuviera carga suficiente reanudaría su viaje, tomaría café, mientras tanto, y guardaría silencio, añado yo al relato, aunque no demasiado tiempo, ni demasiado quieta estuvo, caminando de un lado al otro como nerviosa quizá, o algo impaciente. Quiso que le acompañara, me negué, correcto, pues era tarde para mí y volví a mis asuntos.

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